Los diez mandamientos para el Modelo Agroindustrial del Bicentenario

Por Javier Preciado Patiño

Hay un elemento que puede ser indicador de los tiempos que vive la Argentina en su relación con el mundo y esto tiene que ver con los términos de intercambio. Este concepto refiere a cómo evolucionan los precios de las exportaciones de un país, respecto de las importaciones.

Tradicionalmente, en el Siglo XX la evolución de los mismos fue negativa. Es decir, mientras nuestras exportaciones tendían a decaer en precios, las importaciones evolucionaban en dirección contraria, haciendo que el poder de compra de los productos argentinos de exportación se deteriorara a lo largo del tiempo. Sin embargo, hoy algo ha cambiado.

Si se toma 1993 como base 100, resulta que los términos de intercambio se mantienen sin grandes variaciones hasta 2002, cuando empiezan a evolucionar positivamente hasta alcanzar un índice de 149 en 2011. Esto puede responder a múltiples factores, como ser el aumento de los precios de los commodities, una mayor participación de productos industrializados en las exportaciones, el abaratamiento de los productos importados o su sustitución.

Pero lo relevante acá es que hay un cambio de tendencia que nos favorece y que podemos capitalizar promoviendo la industrialización de las materias primas agrícolas para incrementar la riqueza del país. Este modelo que suma campo e industria, consumo interno y exportación, mercado y Estado puede denominarse Modelo Agroindustrial del Bicentenario.

A modo de decálogo, podríamos citar diez mandamientos para su consolidación:

1.- Producir más. Elevar la producción de materias primas como base para el crecimiento. En el caso de la agricultura extensiva, llegar a las 160 millones de toneladas en 2020, con un portfolio más diversificado, en particular hacia el lado de los cereales.

2.- Procesar más. Fortalecer e incentivar toda actividad transformadora de las materias primas, con el objetivo de agregar valor y generar empleo. Alargar la participación nacional en la cadena tanto como sea posible.

3.- Diversificación. Impulso a las producciones extrapampeanas y a las alternativas, buscando el desarrollo armónico del territorio.

4.- Sustentabilidad social. Sostenimiento de los actores económico sociales actuales y promoción del ingreso de otros nuevos. Promoción del asociativismo y conformación de redes colaborativas.

5.- Integración vertical. Promoción de la participación del productor primario en procesos industriales, con el objeto de incrementar su renta en la cadena agroalimentaria.

6.- Financiamiento. Rol del Estado en la implementación de herramientas de apoyo financiero para capital de inversión, priorizando agregado de valor, generación de empleo y exportaciones.

7.- Sustitución de importaciones. Promoción de la producción nacional de insumos y bienes de capital necesarios para los procesos de producción primaria e industrial.

8.- Desarrollo local científico tecnológico. Articulación público privada para el desarrollo de soluciones agroindustriales para problemáticas no satisfechas.

9.- Vigoroso mercado interno. Políticas favorables al consumo de los argentinos, para sostener un mercado interno en equilibrio con la exportación.

10.- Agresiva política comercial externa. Potenciar los vínculos comerciales con los países demandantes de alimentos, en particular en Asia, África y Sudamérica.

¿Por qué una tonelada de galletitas cuesta 5.300 dólares en la góndola y 1.700 para exportación?

Por Javier Preciado Patiño

Hace cosa de un mes publiqué en el blog datos muy contundentes respecto a cómo la industrialización le agrega valor al trigo y así, mientras la tonelada de trigo pan FOB se exportaba en promedio a 250 dólares, la harina 000 lo hacía a 371, el pan rallado a 900 y las galletitas sin sal a 1.687 dólares. Ahí se resumía el efecto de la agregación de valor sobre las materias primas.

Sentí la curiosidad por conocer cómo esos mismos productos llegaban a las góndolas en la ciudad de Buenos Aires. Lo siguiente no constituye un muestreo estadístico pero sí veraz, dado que es lo que cualquier porteño puede pagar cuando va al chino de la esquina o al supermercado a comprar esos productos básicos.

Por ejemplo, la harina 000 en paquete de 1 kg ronda los $3,75 o 3.750 la tonelada. A un tipo de cambio oficial de $4,40 son 852 dólares o el 230% del valor FOB.

Las cosas empeoran con el pan rallado, cuyo paquete de medio kilo puede valer de $5 a 7 según la marca, pongámosle $12 el kilo, lo que haciendo la misma cuenta nos da u$s2.727 la tonelada, el 303% del valor FOB.

La galletita sin sal, básica, puede costar $7 el paquete de 300 gramos, o sea $23.000 la tonelada o su equivalente de 5.300 dólares, valor 314% superior al del FOB.

Poniendo estos precios vis a vis entre exportación y mercado doméstico, tenemos lo siguiente:



Si tomamos como una referencia el valor de los productos de la molinería y la industria alimenticia puestos en el puerto para su exportación, vemos que en el mercado interno está validando precios muy superiores. El kilo de pan rallado, que listo para embarcarse tiene un precio de 90 centavos de dólar, pasa a 2,70 en el mercado interno.  Las galletitas pasan de u$s1,70 a 5,30 entre el puerto y la góndola del supermercado.

¿Se trata de una brecha razonable basada en el costo argentino, o la cadena está “castigando” a nuestros consumidores con márgenes exorbitantes? Difícil de responder, pero es lo mismo que está pasando con la yerba mate donde la brecha entre lo que recibe el productor y lo que paga el consumidor es abismal. Si bien hay una tendencia general a que la participación de la materia prima se licúa cada vez más en el gasto del consumidor, los números del mercado interno argentino parecen un poco exagerados, ¿no?

Sí, la industria de la sidra le agrega valor a la manzana

Por Javier Preciado Patiño

Hay argentinos que parecen anclados en 1910 y llevan en sus entrañas una fobia inexplicable para todo aquello que suene a industrialización. Y para avalar ese rechazo visceral a la transformación de las materias primas del campo con trabajo argentino crean y difunden falacias para tratar de demostrar la superioridad de los productos que la Argentina exportaba en el Centenario por sobre aquellos fruto de la actividad industrial.

La última de ellas es que una manzana fresca tiene más valor que la sidra, que es una derivación de la mejor de todas estas falacias que es la que proclama que un kilo de lomo vale más que un kilo de Audi como máxima metáfora de la superioridad de la Argentina ganadera sobre la Argentina automotriz, como si nuestra sociedad debiera optar por una u otra y no fuera capaz de integrar industria y campo, consumo interno y exportación. En fin…

Pero tratemos de discernir en dónde se genera esta falacia. Efectivamente, un kilo de manzana seleccionada puesta en la mesa de los argentinos puede costar más que una botella sidra, de la misma manera que un kilo de trigo en una dietética cuesta más que un kilo de harina en el supermercado. ¿Deberíamos entonces demoler los molinos e importar harina?

Lo falaz del argumento radica en comparar un producto (la manzana fresca) que no es la materia prima industrial con el producto manufacturado, porque en verdad la industria de la sidra lo que hace es aprovechar el descarte de la cosecha de manzanas que no entra en el circuito del fresco.

Y acá la cosa cambia radicalmente, porque esa manzana de descarte o industrial puede tener un valor de 50 o 70 centavos el kilo, que una vez procesada, agregada el azúcar, agregado el gas carbónico y envasada se transforma en un producto que llega a la mesa de los argentinos a $4 o un poco más también. Y en el ínterin dan trabajo a otros argentinos, que se tendría que buscar otro modo de vida si esta agroindustria no existiera.

Pongamos el caso de la bodega Sidra Cortesía, ubicada en el Valle de Uco (Tunuyán, Mendoza), que muele 2 millones de kilos de manzanas, con los que produce 1,5 millón de litros de sidra y que para ello le da empleo directo a 40 personas, que sostienen a sus familias gracias a la agregación de valor de un producto que no tendría otra aplicación excepto la producción de jugos.

Es decir, la industria, sea la elaboradora de jugo concentrado como la de sidra, lo que hace es valorizar la ecuación del productor, que sufriría un quebranto si no pudiera colocar el 20% de la producción que suele descartarse. O si se lo quiere ver desde otro punto de vista, abarata el valor que paga el consumidor por el producto fresco.

Por eso la sidra, como el jugo concentrado, como la lata de conserva vacuna (a la que se la acaba de bajar los derechos de exportación) son clarísimos ejemplos de un producto de mayor valor agregado que su materia prima. Los abanderados de la primarización de la economía buscan confundir a la opinión pública mezclando la lata de conserva con el lomo o la sidra con la manzana fresca.

Igualmente no son tontos y jamás dirían que una botella de vino Malbec con denominación de origen y una marca reconocida tiene menos valor agregado que la uva que se vende en una frutería. Pero sí se atreven con un producto mucho menos glamuroso como es la sidra y con un sector que por su menor peso económico no les genera ninguna contrariedad, sin importar el efecto que tiene sobre economías regionales como las del Alto Valle del Río Negro, el oasis de Tunuyán o la región de Calingasta en San Juan.

De todos modos ya hay grandes capitales metiéndose en el negocio de la sidra, muy pequeño en la actualidad, con la idea de inyectarle un envión similar al de la cerveza hace 30 años, salvando todas las distancias. Incluso con un segmento de sidras premiun elaboradas con un sistema similar al de la champaña. Capaz que en ese momento sí resulte que la sidra pase a ser mágicamente un producto “de valor agregado”.

A la Argentina agroalimentaria le tiene que importar más Asia y África que la UE y Norteamérica

Por Ing. Agr. Javier Preciado Patiño

Para un sector social argentino que siempre miró embelesado a los países europeos y a los Estados Unidos (nunca se interesaron demasiado por Canadá y Australia), los datos de nuestro comercio exterior agroalimentario le debe resultar absolutamente decepcionantes. Porque hete aquí que a los principales compradores tanto de nuestras materias primas rurales como de las Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA’s) se encuentran en América latina, Asia y África en ese orden.

Veamos un poco quienes son nuestros clientes. Uno muy importante es Brasil, que tiene unos 200 millones de habitantes y es la sexta economía mundial, con vistas a que prontamente suba al quinto puesto. Nuestro socio del Mercosur es a la vez nuestro mejor comprador de trigo, arroz, harina de trigo y malta. A su vez, en 2011, Colombia fue el principal cliente para el maíz (en ese mercado desplazamos a los Estados Unidos como proveedores) y Arabia Saudita para la cebada, un cereal que viene en ascenso y que va a seguir así, porque China (tercer mejor cliente) finalmente abrió su mercado al grano argentino.

Si hablamos de aceite de soja fue la India quien más nos compró en 2011 y Egipto el principal en cuanto a aceite de girasol. ¿Y dónde está el influyente mundo desarrollado en este concierto? Europa es un buen comprador de harina de soja y los Países Bajos el segundo en aceite de girasol. Los EE.UU., Japón, Canadá, Australia, etcétera, no figuran en el top five de las exportaciones granarias argentinas.

En el rubro de las proteínas animales la cuestión no es muy distinta. Venezuela fue el país que más leche en polvo nos compró el año pasado, seguida muy de cerca por Brasil y Argelia. En carnes bovinas frescas, Israel, Chile y Rusia encabezaron el ránking. En cueros lideró China. En quesos, Brasil. Solo Alemania se destaca como comprador de los valiosos Cortes Hilton. En productos avícolas fueron China, Venezuela, Chile, Sudáfrica y Vietnam los mejores clientes de esta pujante industria.

Sobre 9 productos destacados de origen granario, resulta que los primeros cinco puestos son ocupados en 17 oportunidades por países de América latina, en 12 por países asiáticos, en 10 por países africanos y solo en 6 por europeos.

Esta es la gran diferencia entre el Modelo Agroindustrial del Bicentenario y el Modelo Agroexportador del Centenario. Porque en este último el destino eran los países centrales que vivían su cenit en el proceso de industrialización. Hoy el gran crecimiento económico y demográfico del mundo se explica por los anteriormente conocidos como “países en desarrollo” y/o “países pobres”, hoy los BRIICS y más allá también. La gente que quiere comer más y mejor está en Asia, África y nuestro subcontinente. Posiblemente en Europa nuestros clientes terminen siendo las mascotas, mercado que tampoco es para despreciar.

Un dato que hay que analizar es que los EE.UU. son grandes compradores de agroalimentos. De hecho en 2011 exportaron por unos u$s130.000 millones e importaron por unos u$s100.000 millones. Y la Argentina no está pudiendo ser parte de ese número grosso.

Pero tenemos sin embargo el mundo emergente que quiere comer. Ahí nuestra oportunidad no es solo proveerles el grano o el producto de primera transformación (la malta o la harina), sino entrarles con el mayor agregado de valor posible: proteínas animales o alimentos que van directo a la mesa del consumidor.

La conformación de nuestro portfolio de agronegocios tiene una importancia geopolítica determinante, porque si bien no todo el comercio exterior es agro, los productos primarios  y las MOA’s representan más del 55%. Sin duda esto diluye la influencia de los países desarrollados sobre nuestro país y nos posiciona en un diálogo Sur Sur que si bien también es áspero nos sitúa en un plano más conveniente.

Sí se puede: el corte obligatorio con biodiésel empieza a transitar su tercer año y goza de buena salud

Vamos a la cuestión de fondo. Estamos entrando en el tercer año del corte obligatorio con biodiésel y, de acuerdo a las fuentes que operan dentro del negocio, todo marcha dentro de los carriles adecuados.

En 2011 el corte se ubicó por encima del 6% (recordemos que por ley el piso era 5%), en su segundo año de implementación. Para este 2012, la secretaría de Energía fijó un piso de 7%, lo cual involucra más de 1,3 millón de toneladas de biocombustible destinado a la mezcla, sobre una capacidad instalada de 3,2 millones.

Segundo tema importante: Fueron 27 las empresas productoras de biodiésel que firmaron el convenio para abastecimiento del cupo. De ese total, 17 entrarían el perfil de mediana empresa, con menos de 100.000 toneladas de capacidad anual.

Hay algunos ejemplos interesantes dentro de ese grupo. Uno es del la firma entrerriana Héctor Bolzán y Cía., que opera en la siembra de cultivos, el acopio, la molienda de soja, la fabricación de biodiésel y la ovoavicultura. Es un ejemplo clarísimo de agregación de valor en origen, de “industrializar la ruralidad o ruralizar la industria”, como dijo Gustavo Grobocopatel cuando le tocó inaugurar la fábrica de fideos que levantaron en Chivilcoy. 

O está el caso de Aripar Cereales, de Daireaux, que en 2006 se lanzó a construir su planta de biodiésel a partir de aceite de soja, integrando con fierros y mano de obra, la unidad de negocio del acopio.

O Pitey SA, que tiene la planta en Mercedes (San Luis) y está colocando el expeller en el mercado chileno para las industrias avícolas y porcinas. Ojalá pronto seamos los argentinos los que estemos criando estos monogástricos con destino a la exportación en estas regiones extrapampeanas.

En la otra punta están los grandes players globales, como LDC (Dreyfus) o Cargill, o los joint ventures con compañías locales, o los grandes emprendimientos de las aceiteras argentinas líderes, como AGD y Vicentín, o grupos económicos como Eurnekian (Unitec Bio) o  Lucci (Viluco).

El dato es que las 10 grandes tienen el 83% de la capacidad de producción, pero el 53% del cupo para el corte interno. De acuerdo a lo que dicen los mismos empresarios locales, el precio que establece la Secretaría de Energía deja una utilidad razonable y otorga previsiblidad porque se arbitra en valores de mercado.

En síntesis, un negocio generado a partir de una herramienta de política activa, que nació en 2006 y que hoy está dando oportunidades al pequeño y mediano empresariado nacional. Que va por su tercer año consecutivo de ejecución y que puede ser un ejemplo de que cuando los argentinos queremos, podemos.

Signo de los tiempos: Los Grobo ya no aumentan el área en la Argentina e invierten en industrializar el trigo

El lunes 19 Los Grobo estarán inaugurando en la localidad de Chivilcoy una planta de fabricación de pasta seca, que les demandó una inversión de 20 millones de dólares.

Hace once años, esta empresa familiar originaria de Carlos Casares desembarcaba en el negocio de la molienda adquieriendo una planta en la localidad de Bahía Blanca. Los Grobo encontraron que agregarle valor al cereal que producían por medio de la industrialización era también un buen negocio.

Poco después expandieron su operación comprando la tradicional firma Molinos Cánepa en Chivilcoy, alquilando otros dos, y llevando los negocios a Brasil, con la comercialización de harina de trigo argentino.

Hoy, Los Grobo que son el cuarto grupo molinero argentino en volumen y en exportación, anuncian que tras haber invertido 20 millones de dólares están listos para encarar la fabricación comercial de pasta, es decir fideos secos del tipo spaghettis o tallarines, productos conocidos como “pasta larga” y maccarrone entre la pasta corta.

La inversión está preparada para producir unas 1.800 toneladas de pasta por mes, que requerirá aproximadamente un 15% de la producción de harina de trigo del molino Cánepa.

Así la empresa de Casares sigue avanzando en la cadena de valor. Están en la genética de trigo por medio de su participación en Bioceres; siembran, comercializan y exportan el cereal; industrializan el cereal para obtener distintas harinas y subproductos que también vuelcan al mercado interno y externo. Y a partir de ahora utilizan la harina que fabrican para hacer pasta seca, también con destino a ambos mercados.

Son ya tres eslabones en la cadena del cereal donde están operado, pero van por más. Está en carpeta el armado de un molino de trigo candeal (que ya está comprado), para hacer fideos de esta especie de trigo, que logran en el mercado un valor superiores a los elaborados con trigo pan.

El efecto de la industrialización sobre el valor del producto es notable.

Mientras la tonelada de trigo hoy ronda los $700 (debería ser más si se pagara el FAS teórico), la tonelada de harina común se acerca a los 1.000  y el equivalente en pasta arranca  en un piso de 2.500 y puede llegar tranquilamente a $7.000 según tipo de producto, marca, etcétera.

En este sentido, la compañía de Casares marca un rumbo en cuanto a la visión del negocio.

Y acá podemos trazar una separación entre los 90 y la actualidad. Cuando los casarienses comenzaron a ser noticia en los medios especializados, lo eran por la superficie que sembraban. Su “instalación” pasó porque esta gente del sur hacía más de 70.000 hectáreas y porque habían sido innovadores en el negocio de la agricultura en campos alquilado. En los años subsiguientes esa tendencia a vincularlos noticiosamente con el área sembrad continuó.

Hoy, son noticia por el área sembrada en Brasil, no en la Argentina. Aquí lo son porque están invirtiendo en avanzar en la cadena de valor agroindustrial. Y no es casualidad.

Con esta inversión, Los Grobo están creando puestos de trabajo para la comunidad de Chivilcoy. Están moviendo prestadores de servicios, de bienes de capital y de insumos, que no se mueven con la materia prima. Mario Bragachini, del INTA Manfredi, cita el ejemplo de los italianos, que importan trigo y exportan pasta y menciona que producir 10.000 toneladas de trigo genera 14 puestos de trabajo, pero procesar el trigo para hacer fideos genera 315 puestos.

Comunicacionalmente, para algunos sectores, puede resultar muy vistoso que una empresa que el año pasado sembró 100.000 hectáreas este año aumente el 20%, pero en definitivas son hectáreas que otro está dejando de sembrar. Es vestir a un santo para desvestir otro.

Pero levantar una planta industrial, ahí donde no había nada, ¡eso sí es crear riqueza en forma genuina!

Anticipan que habrá una teleconferencia con la Presidenta de la Nación durante la puesta en marcha de la fábrica. 

Posiblemente no faltará el trasnochado al que no le guste esto. Lo que no se dan cuenta es que la agregación de valor debe ser una Política de Estado que trascienda cualquier gobierno y Los Grobo van en esta línea. En los 90 -cuando la Argentina importaba más pollo del que exportaba- la empresa era básicamente una agropecuaria y cerealera. Hoy, cuando el volumen de pollos exportado se ha multiplicado por 11 respecto de 2000, Los Grobo son una compañía agroindustrial que muele y procesa con productos cada vez más sofisticados.

Efecto agroindustrial: La tonelada de galletita exportada vale siete veces más que la de trigo



Les propongo repasar estos números correspondientes a las exportaciones de febrero de 2012. Mientras que el valor FOB de la tonelada de trigo pan se ubicó en 250 dólares, la de harina lo hizo en 371 u$s, la de pan rallado en 900 y la de galletitas sin sal en 1.687 dólares, es decir casi siete veces más que la del grano.

Esto es agregar valor. Y pensar que hay quienes siguen reclamando la vuelta al Granero del Mundo, metáfora del Modelo Agroexportador del Centenario, soñando con que el grano saliendo de la tranquera en dirección a los puertos será suficiente para generar riqueza para los actuales 40 millones de argentinos.

Por el contrario, el Modelo Agroindustrial del Bicentenario debería apuntalar el direccionamiento de los granos hacia las actividades de transformación de primer y segundo escalón emplazadas en nuestro territorio, porque como dice el economista Gabriel Delgado, es la diferencia entre exportar desempleo o trabajo argentino.

Porque cuando vemos los volúmenes, van en exacto orden inverso al del valor. En febrero exportamos 1,25 millón de toneladas de trigo, contra 84.000 de harina, 22 de pan rallado y 19 de galletitas. El mundo no es tonto y prefiere comprarnos la materia prima para darle empleo a sus trabajadores en vez de productos de alto valor agregado con trabajo argentino.

Entonces, ¿por qué hay compatriotas que se empeñan en levantar la bandera de la exportación de materias primas, aduciendo que llevan “agregado de valor global” o “agregado de valor hacia atrás”? ¿O denostan a la agroindustria por “parasitaria” o “subsidiaria”?

En el mejor de los casos podemos incrementar la producción física y mejorar los saldos exportables (en trigo podríamos estar perfectamente en 22 o 24 millones de toneladas), pero en simultáneo también podemos consolidar los mercados para los productos agroindustirales, las Manufacturas de Origen Agropecuario, que involucran dos, tres o siete veces más de valor por tonelada exportada.

Lo complejo de la situación es que nadie se presenta abiertamente como un primarizador de las exportaciones, sino que son sus argumentos o propuestas lo que llevaría al modelo de la Factoría Fotosintética http://blog.infocampo.com.ar/Con-valor-agregado/factoria-fotosintetica-o-agro-con-desarrollo-industrial.html, es decir la de una cadena agroalimentaria local que privilegia la salida de sus granos hacia los puertos, dándole la espalda a los sectores lácteo, porcino, avícola, de los biocombustibles, de la molienda húmeda y seca, de la molienería, etcétera, etcétera.

El mundo al revés: “preocupa” que se frene la importación de carne porcina brasileña


Lo que el sector porcino argentino presentaría como un logro, es llevado por La Nación a sus lectores como algo negativo. El espíritu que sobrevuela el artículo es claro: hacerse eco del reclamo de los productores de carne porcina brasileña porque caen sus ventas a la Argentina como consecuencia de las trabas gubernamentales al comercio exterior.

¿Qué dirán los Blaquier o los Paladini, o los cooperativistas de la ACA, o el mismo Eduardo Buzzi, del “problema” que tienen los porcicultores brasileños?

La nota de La Nación deja en evidencia dos cosas: a) que cualquier argumento para pegarle a los Kirchner es bueno y b) que no está claro cuál es la visión de la cadena de valor agroalimentaria argentina.

Vayamos al segundo punto, que es el que nos compete. Para lo que es nuestro consumo interno, rebosamos de maíz (aunque podríamos producir perfectamente 50 millones de toneladas) y de soja, dos granos que pasados por el tracto digestivo de un monogástrico (cerdos o pollos) agregan un valor infernal y crean trabajo para argentinos.

El gobernador Urribarri puede dar cuenta de cuánto le cambió la cara a la provincia de Entre Ríos el desarrollo de la industria avícola. Durante la convertibilidad, esta industria languidecía compitiendo únicamente en el mercado interno, encima contralas pavitas de la brasileña Sadia. Pasada la crisis de 2002 arrancó con un plan de crecimiento que duplicó la faena y la llevó a exportar más de 300.000 toneladas contra unas 45.000 en 2001. Así no solo generó empleo directo sino que movió a toda una cadena de prestadores de servicios y de bienes de capital que atienden este fenomenal crecimiento.

La industria porcina está a las puertas de vivir un boom similar. En 2003 se faenaban menos de 2 millones de cabezas. En 2011 se faenaron más de 4 millones y la previsión es llegar a 10 millones en 2016. Estos datos fueron presentados en el último Outlook del Dto. de Agricultura de los Estados Unidos.

Los argentinos estamos comiendo cada vez más carne de cerdo y eso hace que desde el pequeño productor federado hasta el magnate del negocio estén metiendo plata en aumentar la producción. La Asociación de Cooperativas Argentinas está montando un mega emprendimiento en San Luis, para tener 5.000 madres en producción. Ya llevan un tercio de esa cifra. Y con los desechos van a producir biogás para generar electricidad. ¿Qué dirán estos productores rurales que hayan caído las importaciones de carne de cerdo de Brasil? 

Si la industria del chacinado importa carne, es porque todavía la producción nacional no está dando abasto. Pero este es el primer objetivo que se ha propuesto la cadena porcina: autoabastecer a la industria. Como paso número dos viene la etapa exportadora.

En verdad, es absurdo que Brasil esté preocupado por las exportaciones a la Argentina, un mercado que no les mueve la aguja. De ninguna manera esto amenaza al Mercosur. Por el contrario, los dos países deberían encarar una estrategia comercial agresiva para que los países que hoy nos están comprando (a brasileños y argentinos por igual) la soja o el maíz nos tengan que comprar la carne de cerdo o de pollo.

El artículo equivoca el foco en su afán por convertirlo en un hecho político. La realidad es que toda la cadena agroalimentaria está interesada en avanzar en el agregado de valor a los productos del campo. La asociación de la cadena de la soja está trayendo a expertos en acuicultura, porque ven que el desarrollo de esta actividad se constituiría en un buen cliente para los subproductos de la oleaginosa. Ese es el camino y no patalear porque se frena la importación de valor agregado a lo que los argentinos producimos.

La agroindustria transformadora de materias primas muestra signos de evolución

La Argentina se encuentra en una de las pocas regiones del mundo con capacidad para aumentar significativamente su producción agraria, lo cual nos convierte en actores necesarios de las décadas por venir.

Desde siempre, pero más ahora, los caminos a seguir son dos: o proveerle al mundo las materias primas para que le agreguen valor y las transformen en los lugares del destino, o apostar a la industrialización interna, con creación de empleo argentino, forzando a los importadores a comprar productos manufacturados, lo cual además mejora la balanza comercial.

El siglo XX nos muestra que el primer camino fue el que primó y que la inercia de la desindustrialización rural se prolongó hasta la crisis de 2001. La mayor paradoja de la convertibilidad fue al mismo tiempo que la Argentina era el segundo exportador mundial de maíz importaba carne aviar desde Brasil. Y la industria avícola local padecía la carencia de un mercado exportador.

Diez años después, algunas cosas van cambiando, aunque tal vez más lento de lo que esperaríamos, posponiendo la explosión de las exportaciones agroindustriales. Veamos.

1) El año pasado culminó con una industrialización récord de soja. Fueron más de 37 millones de toneladas que pasaron por la poderosa industria del crushing.

Pero al mismo tiempo crece la industria pyme de la molienda por extrusión, menos sofisticada, pero que distribuida en el interior productivo se integra a la red de transformación de granos en carnes. Ahí también se están alcanzando sucesivos records.La estadística oficial informa que el volumen fiscalizado de soja molida para alimento balanceado, que podría asociarse a esta categoría agroindustrial, pasó de menos de 260.000 toneladas en 2005 a casi 500.000 en 2011. Si bien es factible que la estadística oficial subestime largamente el procesamiento real, lo relevado es indicativo de una evolución.

2) Otra actividad que batió sus marcas fue la molienda de trigo, con 6,40 millones de toneladas del cereal. En 2005 se fiscalizaban menos de 5 Mt, es decir que se verifica un aumento de 28% en este lapso.

Con un consumo interno de harina estabilizado, el crecimiento de esta agroindustria viene dado por sus exportaciones, que en 2011 volvieron a superar el millón de toneladas de producto, lo que coloca a nuestro país en tercer o cuarto lugar como exportadores mundiales, cabeza a cabeza con el total de la Unión Europea.

De a poco, esta industria va consolidando la presencia del producto argentino en mercados extra Mercosur, como el Caribe y África.

3) También la cadena arrocera avanza colocando productos de alto valor en mercados como Venezuela, Senegal e Irak, y cada vez en mayor cantidad. El cultivo de arroz en la Argentina se está expandiendo más allá de la Mesopotamia y se amplía en Santa Fe y el NEA. Además, el sector cooperativo, con la de Villa Elisa a la cabeza, está liderando este proceso de agregación de valor y conquista de mercados.

4) Otro dato no menor es que la molienda fiscalizada de maíz se ha duplicado desde 2003 y ya supera las 4 millones de toneladas. Si bien el consumo interno de maíz es aún mayor, el dato oficial proveniente de la fiscalización es indicativo de la tendencia.

5) Por otra parte, los estudios sectoriales realizados por consultoras privadas avalan el fenómeno que se está produciendo. Hoy el sector vinculado a la nutrición animal cuenta con unas 700 empresas que emplean a 17.400 trabajadores. El sector ya está exportando por encima del millón de toneladas, por valor de unos u$s380 millones. El sector privado estima una producción cercana a las 15 Mt de alimento balanceado en 2011.

6) La industria avícola ya marca un rumbo, colocando carne fresca por más de 300 millones de dólares, a un valor de la tonelada que triplica el de la soja y quintuplica la de maíz. Dos datos nomás: en 2001 la faena fue de 343 millones de cabeza.En 2011 pasamos los 700 millones. En 2001 se exportaron 41.000 toneladas de productos, algo más de lo que se importaba. En 2011 se pasaron largamente las 300.000 toneladas. Ahí está la clave de la industrialización del agro.

Todo esto no es un tema menor, sino que tiene un fuerte carácter político. La diferencia esencial entre el modelo del siglo XX y el que el país necesita pasa por la integración de producción e industria.

Por eso llama la atención que desde algunos sectores insistan con solicitar medidas que perjudican la exportación de productos de valor agregado, privilegiando la exportación directa del grano tal cual. Si bien hay un reclamo justo en la merma que recibe el productor por su grano, respecto del FAS teórico, no es la solución reclamar que se anule el diferencial de derechos de exportación entre la materia prima y el producto industrializado. De hecho, en la cadena de la soja, la existencia de un diferencial a favor del biodiésel hace que en algunos momentos el productor llegue a recibir un valor por encima del FAS teórico.

La clave, entonces, es profundizar y acelerar el desarrollo agroindustrial, combinando la visión estratégica con medidas de apoyo, tanto en lo financiero, como en el comercio internacional. Esta es la vía incluso para que el productor rural pueda participar de la parte del león de la cadena, integrándose en escala por medio de esquemas asociativos.

Forestación y agricultura, dos iniciativas que podemos emprender para mitigar el calentamiento global

Sin entrar en gran detalle sobre la cuestión del calentamiento global o cambio climático, podemos decir sí que hay quienes fundamentan su existencia y otros que la minimizan o directamente la niegan.

Posiblemente el conocimiento humano todavía no esté en condiciones de precisar con total certeza si el clima del mundo está cambiando hacia el calentamiento o no. Pero de la misma forma tampoco se podría negar que algo está ocurriendo.

Por eso en esta ocasión es interesante ir al planteo que hiciera en su momento el científico Freeman Dyson en su obra “De Eros a Gaia” y que recientemente relanzara en un debate público sobre el cambio climático. Sintéticamente la propuesta de Dyson sería “haya o no un cambio climático, podemos ir haciendo algo”.

Hay un dato que es prácticamente irrefutable: el incremento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, fruto de la creciente actividad humana y el consumo de combustibles fósiles como el petróleo y carbón.

Todo es carbono que permaneció secuestrado durante millones de años como petróleo, sacado del circuito que integran atmósfera, suelo, plantas y animales, está siendo liberado abruptamente por el hombre, colaborando con el llamado efecto invernadero. El círculo vicioso se acelera por el proceso de deforestación que remueve lo que representaban importantes sumideros de dióxido de carbono.

Y ahí está el quid de la cuestión. No podemos afirmar (o sí) que el aumento de la concentración de carbono en la atmósfera esté cambiando el clima, pero ante la duda podemos tratar de secuestrar dióxido de carbono. ¿Cómo?, por medio de las plantas.

El metabolismo de los vegetales es el mejor aliado contra el posible cambio climático. Gracias al proceso de la fotosíntesis, con luz solar y agua (más nutrientes), las plantas capturan dióxido de carbono del aire, para formar formar compuestos orgánicos que almacenan energía útil para la vida, liberando oxígeno en el proceso.

En los 80, Dyson hablaba sencillamente de plantar árboles para ir removiendo el carbono atmósferico. En la actualidad apuesta a la biotecnología y al desarrollo de árboles genéticamente modificados, intervenidos para maximizar ese secuestro de carbono. Hay otras opciones, como gramíneas altamente eficientes en secuestrar carbono, incluso en forma de fitolitos, es decir biominerales (con sílice mayormente) que mantienen el carbono fuera del circuito atmosférico por cientos o miles de años.

También la siembra directa colabora con dióxido de carbono de la atmósfera en comparación con la agricultura convencional con labranzas, donde el proceso de mineralización promovido por los arados transfería anualmente el carbono del suelo al aire.

Pero tal vez podríamos ir un paso más allá todavía. ¿No puede la humanidad promover un cambio climático, pero positivo?

La mayor parte del planeta que no está cubierta con agua son regiones áridas o semiáridas. Solamente en nuestro país alrededor de un 70% cumple con esta condición.

¿Qué pasaría si en las regiones más cálidas del planeta y de mayor incidencia de la radiación solar, se emprendiera un plan de generación de biomasa a gran escala (combinando árboles con gramíneas), a partir de agua desalinizada?

Imagino grandes superficies colectoras de energía solar que proveen la energía para el proceso de desalinización del agua de mar y una delgada línea verde vegetal que desde la costa avanza hacia el interior del desierto. ¿En qué momento esa superficie de masa vegetal alcanzaría el nivel crítico para impactar sobre la atmósfera (a nivel local), disminuyendo la temperatura del aire y facilitando la ocurrencia de lluvias convectivas, e iniciando así un cambio de sentido en el proceso climático?

Si bien sería ruinosamente deficitario la economía de un sistema así, el servicio que estos países y regiones le estarían brindando al planeta podría ser recompensada por los mismos países emisores de CO2, generando una transferencia de riqueza por el servicio ambiental prestado.

Pero de vuelta a lo cotidiano no estaría mal para la Argentina explorar la vía del secuestro de carbono. Forestación con destino a la construcción o como servicio ambiental (paisajístico o de recreación). Planes para la producción de biomasa a gran escala para la generación de energía limpias (en forma indirecta mitiga la emisión de gases de efecto invernadero por menor consumo de combustibles fósiles). Mantenimiento de coberturas verdes durante las épocas de barbecho, siembra directa y fertilización para la generación de biomasa y secuestro de carbono con los rastrojos.

La Argentina posee una cantidad de interesantes recursos por medio de su agricultura para ayudar a mitigar el cambio climático, si es que efectivamente está en marcha, y contribuir de esa manera a solucionar un problema global.