Molinería, una agroindustria que está consolidando su lugar en el mundo

Cuando se habla de la agroindustria argentina, la atención suele concentrarse en el cluster del crushing de soja, donde somos los terceros productores mundiales y primeros exportadores de aceite, harinas y biodiésel.

El impacto de esta cadena es innegable, al punto de ser el primer generador de divisas del comercio exterior local.

Sin embargo, no es la única actividad de transformación industrial que viene consolidándose interna y externamente en este nuevo orden agroalimentario global.

Una es la cadena avícola, que viene experimentando un crecimiento sostenido merced a las condiciones macro externas e internas y al hecho de tener una visión de desarrollo de largo plazo, plasmada en un plan estratégico.

Es tiempo, ahora, de ocuparnos de la industria molinera

En 2011 volvió a superar la barrera del millón de toneladas exportadas, lo que la ubica entre el tercer y cuarto lugar global, palo y palo con la Unión Europea en su conjunto.

Esta industria tiene la característica de pertenecer a capitales nacionales en su casi totalidad (la única excepción es Cargill), encontrarse bastante desconcentrada y radicada a lo largo y ancho la geografía productiva triguera. Es un buen ejemplo de agregado de valor en origen, con generación de empleo local.

Sin embargo, el comercio mundial de harina de trigo es bastante duro, por la misma razón. Los países prefieren comprar el grano e industrializarlo fronteras adentro, que importar el producto terminado.

Para dimensionar la cuestión, respecto de una producción global de trigo que el International Grain Council estima en 653 millones de toneladas  para la campaña 2010/11, el intercambio del grano asciende a 126 Mt (el 19%) y el de harina a unas 12 Mt expresadas como equivalente trigo.

El primer exportador mundial es Kazajistán (con unas 3 Mt), luego Turquía, con más de 2 y luego vienen la Argentina y la UE, oscilando entre 1,2 y 1,5 Mt equivalente trigo.

Tradicionalmente, la molinería argentina tuvo como principales clientes a Brasil, Bolivia y Chile. Pero en los últimos tiempos parece estar consolidando nuevos mercados, que amplían el horizonte fronterizo.

En 2011, el tercer destino luego de Brasil (674.000 toneladas) y Bolivia (201.000 toneladas) fue la africana Angola, con 70.800 toneladas. En cuarto lugar, y desplazando a Chile (que sabía ser el tercer destino), se ubicó Haití, con casi 22.000 toneladas.

En tanto, Cuba sumó otras 11.000 toneladas a la performance exportadora de esta industria, cuyo valor FOB total rondó los 400 millones de dólares.

En tanto, el volumen procesado va creciendo sin prisa pero sin pausa. La proyección para 2011 (falta el dato oficial correspondiente a diciembre al cierre de esta edición) se ubica en unas 6,5 millones de toneladas cuando en 2005 la estadística señalaba una industrialización de 5 Mt, lo que indica un crecimiento de 30% en ese lapso.

Con un mercado interno ya maduro, que solo crece con el aumento vegetativo de la población, el horizonte de crecimiento de esta industria está en la exportación.

La era de la convertibilidad concluyó para la molinería con magras colocaciones que rondaban las 350.000 toneladas al año.

A partir de ahí comenzó a tomar vuelo hasta cerrar 2006 con cerca de 700.000 toneladas. Y a partir de ahí se consolidó con un volumen que alcanzó su récord en 2008 con 1,03 millón de toneladas, apenas un poco más que en 2011.

El desafío de la cadena triguera es también sostener una industria competitiva y en expansión, que en definitiva es responsable de la adquisición de casi el 50% de una cosecha promedio. Y esa competitividad pasa por sostener la penetración de las harinas argentinas en los mercados de ultramar, tarea compleja pero no imposible como lo demuestra la performance de 2011.

El otro desafío es seguir creciendo en producción, en un mundo donde el consumo de trigo en determinadas regiones goza de buena salud. 

 01 de febrero de 2012

En 1876 Vicente F. López ya anticipaba el debate por el Valor Agregado en Origen

El debate respecto de la orientación del país, si ser proveedor global de materias primas sin valor agregado (factoría fotosintética) o ser proveedor de alimentos de alimentos que han pasado por el proceso industrial (con consiguiente valor agregado) lleva por lo menos  135 años.

Es que en 1876, cuando se debatía la Ley de Aduanas, Vicente Fidel López, hijo del autor del himno nacional y destacada figura de la política, anticipaba la precariedad de una sociedad que no agregaba valor a su producción.  “Él (por Norberto de la Riestra) cree que nosotros, limitándonos a la producción de materias primas, podremos hacer frente con nuestras exportaciones al valor de las importaciones, ahora y siempre… tenemos que aclararlo: o dejamos de ser un país reducido a proveer materias primas, o persistimos en no producir sólo materias primas para llegar a ser ricos.  Si nos limitamos a seguir como hasta ahora, jamás saldremos de la pobreza, de la barbarie y del retroceso”, decía en ese momento en su rol de legislador nacional.

Otra frase es tan esclarecedora como esta: “Llamo la atención sobre la situación difícil en que se encuentra nuestro país (…) ¿y por qué? Porque no sabe manufacturar las materias primas que produce (…) nosotros tenemos nuestro desierto: pero nuestro desierto se agota tanto más cuanto que está habitado por gente que no trabaja y yo le diré al señor ministro por qué es que no trabajan; es porque cuando se tiene una expansión de 20 leguas que da una excelente renta al capitalista se la da a condición de tener la tierra y el país despoblado (…) es necesario que vayamos poblando nuestros inmensos campos y radicaremos menos (…) en la teoría de Azara que quería siempre el desierto con 40.000 habitantes y 40 millones de vacas. La república Argentina cuando tenga 40 millones de habitantes –que algún día no lejano lo llegará a tener- no ha de poder tener desiertos para 240 millones de ganados y aquel número de habitantes no lo podremos tener sino a condición de que seamos ricos por el trabajo. ¿Y sobre qué vamos a trabajar? Sobre nuestras materias primas precisamente”.

La argmentación de Vicente Fidel López es más que clara y cobra un vigencia inusitada. Hoy la remake del modelo agroexportador no alcanzaría para sostener un país de 40 millones de habitantes, como magistralmente preveía López. De ahí que esta reformulación hacia la “industrialización de la ruralidad” o el modelo del “valor agregado en origen” retoma el debate existente en el Siglo XIX.

Recientemente, un documento del INTA Manfredi plantea en términos muy sencillos el desafío que enfrentamos como Nación. Nuestras exportaciones tienen un promedio de 700 dólares por tonelada, mientras que las importaciones lo tienen a 1.800 dólares. Los productos industriales (MOI) exportados por la Argentina constituyen el 30% del conjunto, mientras que en las importaciones trepan al 90%.

Es decir, exportamos productos que dan trabajo fronteras afuera e importamos otros con el trabajo ya incluido. Para el grupo de Mario Bragachini esto significa que nos estamos perdiendo 400.000 puestos de trabajos.

Los de Manfredi traen a colasión ejemplos contundentes. Italia es proveedor reconocido de pastas y artículos de panadería, cuya materia prima es el trigo. El país europeo importa unas 6 millones de toneladas del cereal (mayormente de países de la UE) y le exporta al mundo productos industrializados por unos 4.500 millones de dólares. El documento sostiene que mientras 10.000 toneladas de trigo significan 15 empleos, 10.000 toneladas de pastas y panificados significan unos 314 puestos.

El caso más patente de la falta de agregación de valor lo da el caso del maíz: la Argentina ostenta el segundo lugar en el ránking exportador global, vendiendo unas 15 millones de toneladas sobre una cosecha de 22 Mt (68%). Brasil, que trilla 55 solo exporta 8, es decir el 14%.

La contracara de este proceso es que hasta 2002, la Argentina no existía como exportador de pollo, que es maíz y soja pasados por el tracto digestivo de estas aves. Las ventas externas no superaban los 30 millones de dólares. Hoy estamos ubicándonos como séptimos productores y exportadores mundiales, con exportaciones que se estiman llegarán a 520 millones de dólares este año. Pero el riesgo de perder lo hecho siempre está acechando a la vuelta de la esquina. Por eso es el momento de apretar el acelerador a fondo de la industrialización rural.

Factoría Fotosintética o Agro con Desarrollo Industrial

Hace un tiempo publicaba en este mismo espacio que “la agregación de valor es lo que define al modelo”. Es hora de retomar la cuestión a la luz del debate eleccionario.

Podríamos imaginar una misma producción granaria, por ejemplo la de las 100  millones de toneladas, bajo dos formatos completamente distintos.

En el primero, el país importa todos los insumos y los bienes de capital que se necesitan para alcanzar esa producción -la genética, los fitosanitarios, los fertilizantes, los tractores, sembradoras, cosechadoras- y exporta esos granos tal cual como salen de los lotes.

En el segundo, también producimos 100 millones de toneladas. Pero todos los insumos y bienes se producen dentro de nuestras fronteras y el grano que se cosecha, se procesa y transforma ahí nomás de donde se producen.

En este segundo caso, en la Argentina hay fábricas de tractores, cosechadoras, sembradoras y fumigadoras, que consume energía y acero, y crean puestos de trabajo. Hay fábricas de fertilizante que demandaron inversiones multimillonarias y mucho conocimiento, generando además más puestos de trabajos. Hay ingenieros agrónomos argentinos con doctorados en mejoramiento genético junto a biotecnológos trabajando en semilleras pequeñas, medianas y grandes que crean germoplasma y eventos para los productores locales y licencian los frutos de su trabajo intelectual a otros países del Mercosur y más allá.

En este segundo caso en cada pueblo se ha montado una aceitera, que vuelca las harinas proteicas a los galpones de cría porcina y avícola que han surgido en torno a los campos de producción. Hay también plantas de bioetanol que producen energía para la región no solo a partir de granos sino también de la celulosa que hasta el presente se desperdiciaba.

Las granjas avícolas y porcinas se han integrado a la industria frigorífica y forman sus propias redes asociativas o se integran al tejido cooperativo rural.

De esta forma, el precio del grano ha ido dejando de arbitrarse por los puertos de exportación para basarse en la competencia de los transformadores por la materia prima. Pero muchos productores ya son socios o parte del negocio de la proteína animal, con lo cual ahora captan una tajada mucho mayor en la renta de la cadena agroalimentaria.

Por otra parte se ha desarrollado una fuerte cultura de marketing de los alimentos y ahora cualidades como el origen son reconocidos en el mercado internacional. Los productores, asociados en las industrias alimentarias, participan de los consejos de denominación de origen y marcas, y se integran a las misiones comerciales al exterior para posicionar sus productos.

Medido en toneladas de granos, el resultado sería el mismo, pero estamos hablando de dos países completamente distintos.

En el primero la Argentina constituye una plataforma fotosintética para que los cultivos capten la energía solar y el agua que cae en las pampas y produzcan el grano que necesitan los compradores internacionales.

En el segundo modelo, aprovechamos esa necesidad y la satisfacemos, pero generamos valor aguas arriba y abajo del eslabón productor de los granos. Podemos decir que así creamos riqueza con equidad.

En principio, ningún político diría que está en contra del segundo modelo. Sin embargo, la realidad nos muestra que el modelo de la factoría fotosintética se encuentra tan internalizado en algunos sectores políticos y sociales, que solamente haciendo explícita la necesidad de agregar valor en origen se puede revertir esa concepción del papel del agro en la economía argentina.

La respuesta de JPP a Pedro Peretti

Estimado Pedro

Nadie podría estar en contra -y de hecho estoy a favor- de profundizar tanto como sea posible la industrialización de las materias primas agrícolas en el origen, de la diversificación de la producción y del desarrollo de la Argentina rural.

Ahora bien, de tu respuesta quisiera contestar a dos cosas puntuales: la vuelta a la chacra mixta y la sojización durante el ciclo K a la que hacés mención.

Respecto de este último punto, afirmás que el gobierno de los Kirchner es “concentrador y sojizador” porque en su gobierno el área sembrada aumentó 6 millones de hectáreas.

Veamos un poco la historia. En el tercer gobierno del Gral. Perón, el área se incrementó 160%, porque pasó de 169.000 a 442.000 hectáreas. Durante el Proceso, el salto fue más grande aún, ya que desde esas 442.000 el área creció a 2,36 millones (433%).

Con Alfonsín, no aflojó para nada. Fue un incremento de 98%, hasta llegar a las 4,67 millones.

Menem aportó lo suyo y dejó su gobierno con 8,40 millones de hectáreas, es decir un 80% más.

Tampoco el tándem De la Rúa/Duhalde le sacó el pie del acelerador a la sojización, dejando 12,6 millones para 2003, o sea un salto de 58%.

Con Néstor, el aumento fue de 28% hasta llegar a 16,1 millones y con Cristina del 14% hasta alcanzar 18,7 millones.

O sea, tomás el valor absoluto (que efectivamente ocurrió), pero lo desprendés del resto de la tendencia y se lo imputás a quiénes son hoy tus adversarios políticos, aunque ya no para la Presidencia de la Nación. El hecho es que en el mundo entero, el área con soja creció mucho más que el área con cereales (hay un gráfico muy claro de la fundación Producir Conservando al respecto).

Te propongo, Pedro que tomemos otros indicadores más imputables a la realidad de estos años. Por ejemplo, ¿cuántas nuevas pequeñas aceiteras se abrieron en estos años? ¿Cuántas nuevas plantas de alimento balanceado hay hoy en la Argentina respecto de 2003? Un dato: el consumo de alimentos balanceados pasó de 8 Mt a 14 Mt entre 2004 y 2010, según la misma cámara de balanceadores. Eso, creo yo, tiene que ver con una tendencia a agregar valor en origen , por parte de las pymes, y no de las grandes compañías “concentradas”.

En cuanto a la diversificación, lamentablemente, la agricultura global extensiva es muy poco diversificada. Las 670 Mt de trigo, las 870 Mt de maíz, las 450 Mt de arroz y las 270 Mt de soja, explican casi todo lo que necesita el sistema mundial para producir alimentos, incluyendo las proteínas animales.

La forma de generar trabajo rural no es haciendo cuatro años de agricultura y cuatro de ganadería, sino integrando al productor en la cadena de valor, con la cría porcina, avicultura, acuicultura, etcétera, utilizando las redes de las cooperativas, u otras formas asociativas.

En cualquier pueblo de los que visito me encuentro no con el productor que hace de todo, sino con el que se integra a todo. Pueden ser dueños de campo, que alquilan o no, tienen maquinaria para su propia producción, pero también dan servicios a terceros, se asocian con distribuidores y acopios para sembrar y hasta ya están participando en emprendimientos de transformación industrial o en producciones ganaderas intensificadas, como es la cría porcina.

Coincido en lo de “qué culpa tiene la soja”, pero en vez de combatirla tendríamos que ver cómo la aprovechamos mejor.

Un fuerte abrazo

¿Alianza Anti Soja? Pedro Peretti contesta editorial

Tras la presentación de Chacareros en Proyecto Sur, la agrupación del dirigente de la FAA, Pedro Peretti, realicé una editorial basada en la proclama “ni un metro cuadrado más de soja” que el líder federado había manifestado en la reunión.

El artículo http://infocampo.com.ar/application/output/documentos/1f1abe277e87c5fee0aff8e172b144fd.pdf criticaba el alineamiento de Peretti, un hombre proveniente de la agricultura pampeana, con una fuerza donde sobresalen los críticos de lo que llaman “el modelo sojero”, centrado en que usa glifosato, en que es un cultivo transgénico, en que es donde reinan los monopolios, los pooles de siembra y los grandes grupos concentrados.

Como ya escribí en alguna oportunidad, más bien habría que preguntarse por qué más de 60.000 productores en la Argentina eligen cultivar la soja y no otros cultivos, antes que hacer campaña en contra de su producción.

A continuación, la respuesta de Pedro Peretti, del 03 de mayo de 2011.

En un artículo publicado en la semana del 15 al 21 de abril, Javier Preciado Patiño me ubica como parte de una supuesta “conspiración nacional contra la soja”. Parafraseando una vieja canción de la Guerra Civil española que cantaban los republicanos, decía: “qué culpa tiene el tomate que está tranquilo en la mata, si viene un hdp que lo mete en una lata y lo manda para caracas”, podríamos decir exactamente lo mismo de la soja… qué culpa tiene esta noble oleaginosa de lo que se desata a partir de sus virtudes, ni tampoco puede hacerse cargo de sus exegetas.

No sé de donde sacó Javier que estamos contra la soja. De lo que estamos en contra es del monocultivo, de la deforestación indiscriminada, de los pooles de siembra, de los monopolios exportadores o de los que quieren cobrar patentes sin respetar el uso propio de las semillas, nunca se nos ocurrió asociar a la soja al pecado o al delito. Lo que si creemos fervientemente es que no hay monocultivo bueno, ni concentración económica que no sea perjudicial. Eso es lo que estamos discutiendo y cuestionando, y a eso se refiere la consigna que cita parcialmente Javier en la nota, “Ni un metro más de soja, ni un centímetro menos de bosque”. Como verás no dice no sembremos más soja o dejemos de sembrarla definitivamente, dice: “ni un metros más” o sembremos menos, tratando de explicar que estamos sobre lo razonablemente aconsejado, que es una cosa totalmente distinta.

Es importante remarcar que no somos sólo nosotros los que estamos alertando sobre el monocultivo sojero en el modelo agropecuario nacional. Otto Solbrig, casi el padre de la siembra directa en el mundo, lo señala en la teleconferencia del 20 de octubre de 2010 (que se puede ver en la página web de Agrositio ; también el premio Nóbel de Economía, Prof. Joseph Stiglitz, alerta sobre la primarización de la economía y soja-dependencia en un reportaje efectuado por el diario Clarín el día 25 de diciembre de 2010; y el trabajo del INTA Casilda sobre los efectos nocivos sobre el suelo del monocultivo de soja, publicado en el diario La Nación del día 16 del corriente mes, alerta en el mismo sentido. Son voces más que autorizadas del mundo científico y productivo. 

 Por esto, creo sinceramente que la Argentina debe discutir un plan de diversificación productiva, de agregación de valor en origen y recuperación de sus chacras mixtas, que saque al país de esta primarización de su economía agraria y ponga el field de la balanza también, en las cuestiones del arraigo y las migraciones rurales internas que tantos dolores de cabeza nos trajeron en los últimos tiempos y de las cuales el monocultivo es una de sus génesis.

Javier incurre en una confusión al meter a todos en una misma bolsa, y construye una teoría conspirativa que no tiene nada que ver con la realidad.

El oficialismo es el principal responsable de la sojización en la Argentina. A las pruebas me remito: desde que el kirchnerismo ocupó el sillón de Rivadavia, y tomando cifras oficiales, se sembraron 6.143.155 ha más de soja. Así que aquí el doble discurso de algunos está más que a la vista. Mientras muchos criticamos esta realidad, y actuamos en consecuencia, el oficialismo verbaliza críticas pero actúa a favor de la concentración y el monocultivo.

En cuanto a Proyecto Sur, nosotros hemos planteado con claridad el retorno a la chacra mixta y vamos a poner a consideración de la ciudadanía un proyecto de fideicomiso integrado por el 10% de las retenciones de los 5 principales cultivos, a los efectos de organizar un plan de recuperación de taperas, agregación de valor en origen y diversificación productiva para aquellos pequeños y medianos productores que quieran salir del monocultivo y volver a la ruralidad.

Queremos devolver las retenciones de hasta 10 mil quintales con tal de que se incorporen al programa antes mencionado. Ese es el principal instrumento financiero, con el cual proponemos un programa de retorno a la chacra mixta, que tiene que ver con la rotación y con la vuelta de la ganadería a la Pampa Húmeda.

La Argentina debe, además, discutir un plan de colonización lácteo que proteja a sus cuencas lecheras del avance del monocultivo, y que genere más tambos y más tamberos, pues esta es otra debilidad intrínseca de nuestra economía agraria, que cuenta con una ínfima cantidad de tamberos (apenas un poco más de 8 mil). Todas estas cosas tienen que ver con la seguridad y la soberanía alimentaria, y se relacionan directamente con la sojización.

La creación de una política nacional porcina -actividad típica de la agricultura familiar- que frene las importaciones de carne de Brasil, Chile y Dinamarca, tiene que ser parte de este debate y debemos tratar de construir en conjunto, con la presencia indispensable del Estado, y es el inicio a una salida razonable al monocultivo sojero.

Por lo tanto, estimado amigo, no es una cruzada antisoja, es una cruzada antimonocultivo: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Que exista rotación agrícola-ganadera es absolutamente más eficiente que el monocultivo sojero y no sé por qué Javier la subestima tratándola de “antigua”. Transformar cada chacra en una fábrica, agregando valor y generando trabajo, a mi entender, es la forma más eficiente y moderna de pensar la producción.

Vender soja en grano, sin agregar valor, solamente para satisfacer las necesidades del capitalismo asiático, no parece ser precisamente un modelo moderno y menos aún virtuoso, sino que es algo muy similar a lo que pasaba en la primera mitad del siglo veinte, en donde el “monocultivo era ganadero” y le vendíamos carne solamente a Inglaterra; proceso que terminó haciendo crisis en la década del 30 con el célebre pacto Roca-Runciman.

No creo que sea sólo es cuestión de modernidad o antigüedad, es cuestión de sentido común plantear que este país necesita industrializarse, porque no será reprimarizando la economía agraria ni sembrando soja hasta debajo de la mesa es como se va a generar el trabajo; y menos aún pensando que la Pampa Húmeda sólo puede ser agrícola.

Que en la Argentina haya 60.000 productores de soja es un dato que no dice nada en sí mismo, como tampoco lo hace que haya 211.000 ganaderos o 50842 porcinicultores; el número en sí no significa mucho si no se lo relaciona con el tamaño y facturación de la explotación, allí si podemos sacar conclusiones más significativas que puedan marcar concentración, minifundio, o tamaño óptimo de la chacra. Además, acá no estamos planteando que un pequeño o mediano productor no siembre soja, lo que estamos diciendo es que por el bienestar de él y de la Nación no debe poner todos los huevos en la misma canasta. Es un consejo de sana economía, tan viejo como la humanidad misma.

Proyecto Sur propone un programa completo para la diversificación productiva, con la creación de un fideicomiso que asegure fondos para la agregación de valor en origen y el financiamiento que debe ser necesariamente estatal de esta agricultura que genere arraigo y mucho trabajo, y debe necesariamente imbricarse con la industrialización del país.

Bajo ningún punto de vista estamos en contra del desarrollo científico tecnológico, y menos aún contra el avance en materia de biotecnología. Creemos que la Argentina debe proteger esa vanguardia de inteligencia productiva que tiene en su sector rural y que debe ser la punta de lanza para empresas de mayor valor agregado y generación de trabajo en otras ramas de la economía, como ser la metalmecánica, la siderúrgica, la industria del software, etc.

No tenemos ningún tipo de prejuicio antisoja ni antidesarrollo científico, ni somos atrasistas. Sí somos contundentes a la hora de condenar la concentración de tierras y rentas, los monocultivos, la deforestación y todo aquello que haga que la agricultura no sea sustentable en el tiempo y amigable con su entorno. 

Estados Unidos: u$s60.000 millones al año para que el 14% de su población acceda a los alimentos

 

Cada maestro con su librito. Pero la cuestión de cómo lograr que los alimentos sean accesibles a la población es una política que barre el planeta, más allá de las metodologías implementadas.

El punto es que los Estados Unidos no solo no son ajenos a esta política, sino que destinan importantes partidas presupuestarias a la cuestión.

El último informe de performance del Dto. de Agricultura de los Estados Unidos (2010 Performance and Accountability Report) da cuenta de ello perfectamente. En el ejercicio 2010, el Congreso americano le aprobó a este organismo creado por Abraham Lincoln en 1862, partidas por u$s188.700 millones, cifra 10% superior a la otorgada para el ejercicio fiscal 2009 (es decir, más gasto público).

Esos fondos se aplicaron a programas organizados en cuatro metas. La primera apunta directamente a las comunidades rurales, es decir a asistir al productor y su entorno. La segunda tiene que ver con los recursos naturales y la sostenibilidad del ambiente. La tercera apunta a la promoción de la producción, la biotecnología y las exportaciones agropecuarias. La cuarta y última engloba programas dedicados al acceso de la población a los alimentos, tanto en cantidad como en calidad.

Todos estos programas demandaron unos u$s132.400 millones para su ejecución, pero la sorpresa viene cuando se observa que ha sido el acceso a los alimentos la meta a la que más recursos se aplicaron: unos u$s95.000 millones, o el 72% de esos fondos.

Dentro de esa meta, el programa a su vez que más demandó fue el Supplemental Nutrition Assistance Program (Snap), que resulta una reconversión del Food Stamp, una ley de lucha contra el hambre y cuyo origen se remonta a mediados del Siglo XX.

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La Mesa de Enlace es al kirchnerismo lo que Ubaldini al alfonsinismo

 

¿Busca la dirigencia rural una solución a la problemática de sus representados o su real objetivo es “desgastar al Gobierno” como alguna vez lo admitiera Eduardo Buzzi?

Hay varios elementos que llevan a pensar que la respuesta es el desgaste, bajo la cobertura de soluciones para el sector. A la natural poco afinidad de la dirigencia rural con el peronismo (a las pruebas me remito: ver por qué partidos han entrado los agrodiputados), se le suma el especial encono con el kirchnerismo, al que consideran heredero de la izquierda peronista de los 70.

La cuestión de fondo es la concepción del rol del Estado en la economía. El kirchnerismoles  representa una irreverente forma de protagonismo de la política en el mercado, lo cual resulta asbolutamente inaceptable para la dirigencia, particularmente la más conservadora, que se inclina por la opción liberal, aun dentro de los partidos tradicionales como el radicalismo (por eso no les gusta el alfonsinismo) o el peronismo.

De manera que más allá de la real y legítima problemática de la producción agropecuaria, el ruralismo transmuta de actor económico social a político.

Hurgando en antecedentes recientes sobre actores económicos o sociales que se convierten en herramientas políticas, podríamos remitirnos a Saúl Ubaldini y su CGT Brasil, en los años del alfonsinismo.

Montado sobre el también legítimo reclamo de los trabajadores, el sindicalismo peronista fue un factor clave para profundizar el desgaste del partido radical gobernante.

El disparador pudo haber sido el afán de Alfonsín para cambiar la ley sindical, en el inicio de su gestión, que tocaba los resortes del poder gremial. Tal vez la Ley Mucci haya sido para Alfonsín lo que la 125 fue para Cristina.

Pero más allá de la Ley Mucci o la 125, las condiciones ya estaban dadas para que el fermento de lucha política se expresara de alguna manera.

Hoy el ruralismo acredita en su activo haberle propinado la primera gran paliza política al kirchnerismo. Esto es admitido por la misma Presidenta. Pero la oposición hasta ahora no ha podido capitalizar el servicio que le prestó el campo.

Este año electoral comienza con un paro agropecuario. Las exigencias de la Mesa de Enlace se parecen más a las condiciones del Tratado de Versalles que a una propuesta de negociación.

Así, de acá hasta las elecciones es probable que veamos una situación de tensión permanente -montada sobre distintos disparadores- en función de una dirigencia rural que busca ser el factor decisivo de la derrota política de su gran enemigo.

Semillas y fitosanitarios, dos debates claves que el Congreso debería tratar

Si pensamos en una agenda parlamentaria para 2011, no podríamos ignorar dos cuestiones de alta sensibilidad para la producción agrícola: la reforma de la ley de semillas y la promulgación de una ley sobre fitosanitarios.

Empecemos por lo segundo. Desde el retorno de la democracia, en 1983, que se intenta darle al país una ley que norme sobre los fitosanitarios o agroquímicos.

Los esfuerzos han sido ininterrumpidos a lo largo de estos 27 años, desde el entonces diputado Felipe Solá, hasta los senadores Gioja y Urquía, han intentando que el Parlamento argentino promulgue una ley.

Pero en el mejor de los casos, la ley logró la media sanción de una de las cámaras para perder estado parlamentario en la otra, por falta de tratamiento y hacer que el trámite vuelva a foja cero.

Sobre el filo del año, la comisión de Agricultura del Senado que preside Josefina Meabe buscó reactivar el proyecto vigente, pero que pasará al 2011.

Lo mejor es que sobre este proyectos, las cámaras empresarias vinculadas a la cuestión opinan que es correcto. Entonces, ¿qué frena su discusión habiendo consenso de al menos un eslabón destacable de la cadena?

En cuanto a la reforma de la ley de semillas 20.247, que data de 1973, el debate parlamentario es necesario para que se dirima una puja entre dos visiones sobre el asunto. Es que mientras el sector semillero clama por reforzar el marco de la propiedad intelectual un sector del ruralismo se ancla sobre la defensa del derecho al uso propio y la regulación de la biotecnología bajo el ala de la ley de obtenciones vegetales antes que la de patentes.

La arena donde se debe dirimir este debate  y donde los actores deben sacar lo mejor de sí para convencer a la sociedad de que lo que proponen es lo mejor, es el Parlamento.

Lo peor que podría hacer el Congreso es evitarlo.

De todas maneras, las expectativas son medias, dado que nos enfrentamos a un año electoral, donde la actividad parlamentaria tiende a menguar y a centrarse en la campaña política.

Pero es parte de la responsabilidad del sector instalar la necesidad del debate y la discusión democrática de las visiones sobre dos aspectos fundamentales para la productividad del campo.

Buryaile vs. Buzzi: Una pelea que sintetiza las limitaciones del gremialismo rural

Que los cruces entre el titular de la Federación Agraria y el Presidente de la Comisión de Agricultura y Ganadería de Diputados sea tomado por conductores más relacionados a la farándula y los escándalos que a la economía y el campo habla del marco de sainete en que se ha terminado convirtiendo el accionar del gremialismo rural en su paso por la política.

La ubicuidad no es fácil en estos son tiempos de blanco o negro. O estás con el Gobierno o contra el Gobierno. No hay lugar para tibios o magos escapistas.

El primero que determinó dónde estaba Buzzi fue Clarín. El sábado lo ubicó del lado K de la política, imputándole haber operado a la legisladora cordobesa Estela Garnero para que obre a favor del Gobierno en el tema presupuesto.

No importa lo que haya hecho el federado. La verdadera noticia es que el principal opositor al Gobierno (Clarín) había definido Buzzi ya no era funcional para la gran contienda.

Buzzi lo reconoció entrevistado por Magdalena Ruiz Guiñazú en Continental: “La Federación ya no es herramienta de oposición. Acá a los sectores de oposición, si no sos opositor puro no le servís”, reconoció.

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¿Cuánto glifosato se aplica con avión?

El Movimiento Antisoja Argentino ha instalado en la sociedad, con bastante éxito por cierto, la imagen de un avión fumigando la soja con glifosato, como ícono de la amenaza a la salud y el ambiente.

Ahora bien, realmente, ¿cuánto glifosato se aplica con avión en la Argentina?

Hace pocos días, en Arequito, en una charla que daba para productores pregunté cuántos de ellos habían aplicado glifosato alguna vez con avión. Nadie levantó la mano.

De vuelta en Buenos Aires estuve indagando con aeroaplicadores acerca del uso más frecuente del avión.

Las tres fuentes que consulté indican lo más demandado es la aplicación de insecticidas, seguido de fungicidas.

Herbicidas, en cambio, no es más de un 10% de lo que trata un avión al año y de esa parte, el glifosato es mínimo.

Pero los aplicadores aportaban otro dato: la posibilidad de deriva aplicando herbicidas es mínima porque se usa un tamaño de gota mayor, entre otras cosas para evitar dañar cultivos aledaños.

Otra conclusión que surge de aplicar el sentido común es que al productor no le haría ninguna gracia pagar producto y aplicación que terminen más allá de su lote. Económicamente es un desperdicio.

“El chacarero te da lo justo o un poco menos, incluso”, reconoció uno de los consultados.

Conclusión: el avión que aplica glifosato es algo así como la fotografía de los marines plantando la bandera estadounidense en el monte Suribachi de Iwo Jima, es decir, una ficción magistralmente utilizada.