Archivo - Febrero, 2012

El mundo al revés: “preocupa” que se frene la importación de carne porcina brasileña


Lo que el sector porcino argentino presentaría como un logro, es llevado por La Nación a sus lectores como algo negativo. El espíritu que sobrevuela el artículo es claro: hacerse eco del reclamo de los productores de carne porcina brasileña porque caen sus ventas a la Argentina como consecuencia de las trabas gubernamentales al comercio exterior.

¿Qué dirán los Blaquier o los Paladini, o los cooperativistas de la ACA, o el mismo Eduardo Buzzi, del “problema” que tienen los porcicultores brasileños?

La nota de La Nación deja en evidencia dos cosas: a) que cualquier argumento para pegarle a los Kirchner es bueno y b) que no está claro cuál es la visión de la cadena de valor agroalimentaria argentina.

Vayamos al segundo punto, que es el que nos compete. Para lo que es nuestro consumo interno, rebosamos de maíz (aunque podríamos producir perfectamente 50 millones de toneladas) y de soja, dos granos que pasados por el tracto digestivo de un monogástrico (cerdos o pollos) agregan un valor infernal y crean trabajo para argentinos.

El gobernador Urribarri puede dar cuenta de cuánto le cambió la cara a la provincia de Entre Ríos el desarrollo de la industria avícola. Durante la convertibilidad, esta industria languidecía compitiendo únicamente en el mercado interno, encima contralas pavitas de la brasileña Sadia. Pasada la crisis de 2002 arrancó con un plan de crecimiento que duplicó la faena y la llevó a exportar más de 300.000 toneladas contra unas 45.000 en 2001. Así no solo generó empleo directo sino que movió a toda una cadena de prestadores de servicios y de bienes de capital que atienden este fenomenal crecimiento.

La industria porcina está a las puertas de vivir un boom similar. En 2003 se faenaban menos de 2 millones de cabezas. En 2011 se faenaron más de 4 millones y la previsión es llegar a 10 millones en 2016. Estos datos fueron presentados en el último Outlook del Dto. de Agricultura de los Estados Unidos.

Los argentinos estamos comiendo cada vez más carne de cerdo y eso hace que desde el pequeño productor federado hasta el magnate del negocio estén metiendo plata en aumentar la producción. La Asociación de Cooperativas Argentinas está montando un mega emprendimiento en San Luis, para tener 5.000 madres en producción. Ya llevan un tercio de esa cifra. Y con los desechos van a producir biogás para generar electricidad. ¿Qué dirán estos productores rurales que hayan caído las importaciones de carne de cerdo de Brasil? 

Si la industria del chacinado importa carne, es porque todavía la producción nacional no está dando abasto. Pero este es el primer objetivo que se ha propuesto la cadena porcina: autoabastecer a la industria. Como paso número dos viene la etapa exportadora.

En verdad, es absurdo que Brasil esté preocupado por las exportaciones a la Argentina, un mercado que no les mueve la aguja. De ninguna manera esto amenaza al Mercosur. Por el contrario, los dos países deberían encarar una estrategia comercial agresiva para que los países que hoy nos están comprando (a brasileños y argentinos por igual) la soja o el maíz nos tengan que comprar la carne de cerdo o de pollo.

El artículo equivoca el foco en su afán por convertirlo en un hecho político. La realidad es que toda la cadena agroalimentaria está interesada en avanzar en el agregado de valor a los productos del campo. La asociación de la cadena de la soja está trayendo a expertos en acuicultura, porque ven que el desarrollo de esta actividad se constituiría en un buen cliente para los subproductos de la oleaginosa. Ese es el camino y no patalear porque se frena la importación de valor agregado a lo que los argentinos producimos.

La agroindustria transformadora de materias primas muestra signos de evolución

La Argentina se encuentra en una de las pocas regiones del mundo con capacidad para aumentar significativamente su producción agraria, lo cual nos convierte en actores necesarios de las décadas por venir.

Desde siempre, pero más ahora, los caminos a seguir son dos: o proveerle al mundo las materias primas para que le agreguen valor y las transformen en los lugares del destino, o apostar a la industrialización interna, con creación de empleo argentino, forzando a los importadores a comprar productos manufacturados, lo cual además mejora la balanza comercial.

El siglo XX nos muestra que el primer camino fue el que primó y que la inercia de la desindustrialización rural se prolongó hasta la crisis de 2001. La mayor paradoja de la convertibilidad fue al mismo tiempo que la Argentina era el segundo exportador mundial de maíz importaba carne aviar desde Brasil. Y la industria avícola local padecía la carencia de un mercado exportador.

Diez años después, algunas cosas van cambiando, aunque tal vez más lento de lo que esperaríamos, posponiendo la explosión de las exportaciones agroindustriales. Veamos.

1) El año pasado culminó con una industrialización récord de soja. Fueron más de 37 millones de toneladas que pasaron por la poderosa industria del crushing.

Pero al mismo tiempo crece la industria pyme de la molienda por extrusión, menos sofisticada, pero que distribuida en el interior productivo se integra a la red de transformación de granos en carnes. Ahí también se están alcanzando sucesivos records.La estadística oficial informa que el volumen fiscalizado de soja molida para alimento balanceado, que podría asociarse a esta categoría agroindustrial, pasó de menos de 260.000 toneladas en 2005 a casi 500.000 en 2011. Si bien es factible que la estadística oficial subestime largamente el procesamiento real, lo relevado es indicativo de una evolución.

2) Otra actividad que batió sus marcas fue la molienda de trigo, con 6,40 millones de toneladas del cereal. En 2005 se fiscalizaban menos de 5 Mt, es decir que se verifica un aumento de 28% en este lapso.

Con un consumo interno de harina estabilizado, el crecimiento de esta agroindustria viene dado por sus exportaciones, que en 2011 volvieron a superar el millón de toneladas de producto, lo que coloca a nuestro país en tercer o cuarto lugar como exportadores mundiales, cabeza a cabeza con el total de la Unión Europea.

De a poco, esta industria va consolidando la presencia del producto argentino en mercados extra Mercosur, como el Caribe y África.

3) También la cadena arrocera avanza colocando productos de alto valor en mercados como Venezuela, Senegal e Irak, y cada vez en mayor cantidad. El cultivo de arroz en la Argentina se está expandiendo más allá de la Mesopotamia y se amplía en Santa Fe y el NEA. Además, el sector cooperativo, con la de Villa Elisa a la cabeza, está liderando este proceso de agregación de valor y conquista de mercados.

4) Otro dato no menor es que la molienda fiscalizada de maíz se ha duplicado desde 2003 y ya supera las 4 millones de toneladas. Si bien el consumo interno de maíz es aún mayor, el dato oficial proveniente de la fiscalización es indicativo de la tendencia.

5) Por otra parte, los estudios sectoriales realizados por consultoras privadas avalan el fenómeno que se está produciendo. Hoy el sector vinculado a la nutrición animal cuenta con unas 700 empresas que emplean a 17.400 trabajadores. El sector ya está exportando por encima del millón de toneladas, por valor de unos u$s380 millones. El sector privado estima una producción cercana a las 15 Mt de alimento balanceado en 2011.

6) La industria avícola ya marca un rumbo, colocando carne fresca por más de 300 millones de dólares, a un valor de la tonelada que triplica el de la soja y quintuplica la de maíz. Dos datos nomás: en 2001 la faena fue de 343 millones de cabeza.En 2011 pasamos los 700 millones. En 2001 se exportaron 41.000 toneladas de productos, algo más de lo que se importaba. En 2011 se pasaron largamente las 300.000 toneladas. Ahí está la clave de la industrialización del agro.

Todo esto no es un tema menor, sino que tiene un fuerte carácter político. La diferencia esencial entre el modelo del siglo XX y el que el país necesita pasa por la integración de producción e industria.

Por eso llama la atención que desde algunos sectores insistan con solicitar medidas que perjudican la exportación de productos de valor agregado, privilegiando la exportación directa del grano tal cual. Si bien hay un reclamo justo en la merma que recibe el productor por su grano, respecto del FAS teórico, no es la solución reclamar que se anule el diferencial de derechos de exportación entre la materia prima y el producto industrializado. De hecho, en la cadena de la soja, la existencia de un diferencial a favor del biodiésel hace que en algunos momentos el productor llegue a recibir un valor por encima del FAS teórico.

La clave, entonces, es profundizar y acelerar el desarrollo agroindustrial, combinando la visión estratégica con medidas de apoyo, tanto en lo financiero, como en el comercio internacional. Esta es la vía incluso para que el productor rural pueda participar de la parte del león de la cadena, integrándose en escala por medio de esquemas asociativos.

Forestación y agricultura, dos iniciativas que podemos emprender para mitigar el calentamiento global

Sin entrar en gran detalle sobre la cuestión del calentamiento global o cambio climático, podemos decir sí que hay quienes fundamentan su existencia y otros que la minimizan o directamente la niegan.

Posiblemente el conocimiento humano todavía no esté en condiciones de precisar con total certeza si el clima del mundo está cambiando hacia el calentamiento o no. Pero de la misma forma tampoco se podría negar que algo está ocurriendo.

Por eso en esta ocasión es interesante ir al planteo que hiciera en su momento el científico Freeman Dyson en su obra “De Eros a Gaia” y que recientemente relanzara en un debate público sobre el cambio climático. Sintéticamente la propuesta de Dyson sería “haya o no un cambio climático, podemos ir haciendo algo”.

Hay un dato que es prácticamente irrefutable: el incremento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, fruto de la creciente actividad humana y el consumo de combustibles fósiles como el petróleo y carbón.

Todo es carbono que permaneció secuestrado durante millones de años como petróleo, sacado del circuito que integran atmósfera, suelo, plantas y animales, está siendo liberado abruptamente por el hombre, colaborando con el llamado efecto invernadero. El círculo vicioso se acelera por el proceso de deforestación que remueve lo que representaban importantes sumideros de dióxido de carbono.

Y ahí está el quid de la cuestión. No podemos afirmar (o sí) que el aumento de la concentración de carbono en la atmósfera esté cambiando el clima, pero ante la duda podemos tratar de secuestrar dióxido de carbono. ¿Cómo?, por medio de las plantas.

El metabolismo de los vegetales es el mejor aliado contra el posible cambio climático. Gracias al proceso de la fotosíntesis, con luz solar y agua (más nutrientes), las plantas capturan dióxido de carbono del aire, para formar formar compuestos orgánicos que almacenan energía útil para la vida, liberando oxígeno en el proceso.

En los 80, Dyson hablaba sencillamente de plantar árboles para ir removiendo el carbono atmósferico. En la actualidad apuesta a la biotecnología y al desarrollo de árboles genéticamente modificados, intervenidos para maximizar ese secuestro de carbono. Hay otras opciones, como gramíneas altamente eficientes en secuestrar carbono, incluso en forma de fitolitos, es decir biominerales (con sílice mayormente) que mantienen el carbono fuera del circuito atmosférico por cientos o miles de años.

También la siembra directa colabora con dióxido de carbono de la atmósfera en comparación con la agricultura convencional con labranzas, donde el proceso de mineralización promovido por los arados transfería anualmente el carbono del suelo al aire.

Pero tal vez podríamos ir un paso más allá todavía. ¿No puede la humanidad promover un cambio climático, pero positivo?

La mayor parte del planeta que no está cubierta con agua son regiones áridas o semiáridas. Solamente en nuestro país alrededor de un 70% cumple con esta condición.

¿Qué pasaría si en las regiones más cálidas del planeta y de mayor incidencia de la radiación solar, se emprendiera un plan de generación de biomasa a gran escala (combinando árboles con gramíneas), a partir de agua desalinizada?

Imagino grandes superficies colectoras de energía solar que proveen la energía para el proceso de desalinización del agua de mar y una delgada línea verde vegetal que desde la costa avanza hacia el interior del desierto. ¿En qué momento esa superficie de masa vegetal alcanzaría el nivel crítico para impactar sobre la atmósfera (a nivel local), disminuyendo la temperatura del aire y facilitando la ocurrencia de lluvias convectivas, e iniciando así un cambio de sentido en el proceso climático?

Si bien sería ruinosamente deficitario la economía de un sistema así, el servicio que estos países y regiones le estarían brindando al planeta podría ser recompensada por los mismos países emisores de CO2, generando una transferencia de riqueza por el servicio ambiental prestado.

Pero de vuelta a lo cotidiano no estaría mal para la Argentina explorar la vía del secuestro de carbono. Forestación con destino a la construcción o como servicio ambiental (paisajístico o de recreación). Planes para la producción de biomasa a gran escala para la generación de energía limpias (en forma indirecta mitiga la emisión de gases de efecto invernadero por menor consumo de combustibles fósiles). Mantenimiento de coberturas verdes durante las épocas de barbecho, siembra directa y fertilización para la generación de biomasa y secuestro de carbono con los rastrojos.

La Argentina posee una cantidad de interesantes recursos por medio de su agricultura para ayudar a mitigar el cambio climático, si es que efectivamente está en marcha, y contribuir de esa manera a solucionar un problema global.

Molinería, una agroindustria que está consolidando su lugar en el mundo

Cuando se habla de la agroindustria argentina, la atención suele concentrarse en el cluster del crushing de soja, donde somos los terceros productores mundiales y primeros exportadores de aceite, harinas y biodiésel.

El impacto de esta cadena es innegable, al punto de ser el primer generador de divisas del comercio exterior local.

Sin embargo, no es la única actividad de transformación industrial que viene consolidándose interna y externamente en este nuevo orden agroalimentario global.

Una es la cadena avícola, que viene experimentando un crecimiento sostenido merced a las condiciones macro externas e internas y al hecho de tener una visión de desarrollo de largo plazo, plasmada en un plan estratégico.

Es tiempo, ahora, de ocuparnos de la industria molinera

En 2011 volvió a superar la barrera del millón de toneladas exportadas, lo que la ubica entre el tercer y cuarto lugar global, palo y palo con la Unión Europea en su conjunto.

Esta industria tiene la característica de pertenecer a capitales nacionales en su casi totalidad (la única excepción es Cargill), encontrarse bastante desconcentrada y radicada a lo largo y ancho la geografía productiva triguera. Es un buen ejemplo de agregado de valor en origen, con generación de empleo local.

Sin embargo, el comercio mundial de harina de trigo es bastante duro, por la misma razón. Los países prefieren comprar el grano e industrializarlo fronteras adentro, que importar el producto terminado.

Para dimensionar la cuestión, respecto de una producción global de trigo que el International Grain Council estima en 653 millones de toneladas  para la campaña 2010/11, el intercambio del grano asciende a 126 Mt (el 19%) y el de harina a unas 12 Mt expresadas como equivalente trigo.

El primer exportador mundial es Kazajistán (con unas 3 Mt), luego Turquía, con más de 2 y luego vienen la Argentina y la UE, oscilando entre 1,2 y 1,5 Mt equivalente trigo.

Tradicionalmente, la molinería argentina tuvo como principales clientes a Brasil, Bolivia y Chile. Pero en los últimos tiempos parece estar consolidando nuevos mercados, que amplían el horizonte fronterizo.

En 2011, el tercer destino luego de Brasil (674.000 toneladas) y Bolivia (201.000 toneladas) fue la africana Angola, con 70.800 toneladas. En cuarto lugar, y desplazando a Chile (que sabía ser el tercer destino), se ubicó Haití, con casi 22.000 toneladas.

En tanto, Cuba sumó otras 11.000 toneladas a la performance exportadora de esta industria, cuyo valor FOB total rondó los 400 millones de dólares.

En tanto, el volumen procesado va creciendo sin prisa pero sin pausa. La proyección para 2011 (falta el dato oficial correspondiente a diciembre al cierre de esta edición) se ubica en unas 6,5 millones de toneladas cuando en 2005 la estadística señalaba una industrialización de 5 Mt, lo que indica un crecimiento de 30% en ese lapso.

Con un mercado interno ya maduro, que solo crece con el aumento vegetativo de la población, el horizonte de crecimiento de esta industria está en la exportación.

La era de la convertibilidad concluyó para la molinería con magras colocaciones que rondaban las 350.000 toneladas al año.

A partir de ahí comenzó a tomar vuelo hasta cerrar 2006 con cerca de 700.000 toneladas. Y a partir de ahí se consolidó con un volumen que alcanzó su récord en 2008 con 1,03 millón de toneladas, apenas un poco más que en 2011.

El desafío de la cadena triguera es también sostener una industria competitiva y en expansión, que en definitiva es responsable de la adquisición de casi el 50% de una cosecha promedio. Y esa competitividad pasa por sostener la penetración de las harinas argentinas en los mercados de ultramar, tarea compleja pero no imposible como lo demuestra la performance de 2011.

El otro desafío es seguir creciendo en producción, en un mundo donde el consumo de trigo en determinadas regiones goza de buena salud. 

 01 de febrero de 2012