Archivo - Marzo, 2012

Sí se puede: el corte obligatorio con biodiésel empieza a transitar su tercer año y goza de buena salud

Vamos a la cuestión de fondo. Estamos entrando en el tercer año del corte obligatorio con biodiésel y, de acuerdo a las fuentes que operan dentro del negocio, todo marcha dentro de los carriles adecuados.

En 2011 el corte se ubicó por encima del 6% (recordemos que por ley el piso era 5%), en su segundo año de implementación. Para este 2012, la secretaría de Energía fijó un piso de 7%, lo cual involucra más de 1,3 millón de toneladas de biocombustible destinado a la mezcla, sobre una capacidad instalada de 3,2 millones.

Segundo tema importante: Fueron 27 las empresas productoras de biodiésel que firmaron el convenio para abastecimiento del cupo. De ese total, 17 entrarían el perfil de mediana empresa, con menos de 100.000 toneladas de capacidad anual.

Hay algunos ejemplos interesantes dentro de ese grupo. Uno es del la firma entrerriana Héctor Bolzán y Cía., que opera en la siembra de cultivos, el acopio, la molienda de soja, la fabricación de biodiésel y la ovoavicultura. Es un ejemplo clarísimo de agregación de valor en origen, de “industrializar la ruralidad o ruralizar la industria”, como dijo Gustavo Grobocopatel cuando le tocó inaugurar la fábrica de fideos que levantaron en Chivilcoy. 

O está el caso de Aripar Cereales, de Daireaux, que en 2006 se lanzó a construir su planta de biodiésel a partir de aceite de soja, integrando con fierros y mano de obra, la unidad de negocio del acopio.

O Pitey SA, que tiene la planta en Mercedes (San Luis) y está colocando el expeller en el mercado chileno para las industrias avícolas y porcinas. Ojalá pronto seamos los argentinos los que estemos criando estos monogástricos con destino a la exportación en estas regiones extrapampeanas.

En la otra punta están los grandes players globales, como LDC (Dreyfus) o Cargill, o los joint ventures con compañías locales, o los grandes emprendimientos de las aceiteras argentinas líderes, como AGD y Vicentín, o grupos económicos como Eurnekian (Unitec Bio) o  Lucci (Viluco).

El dato es que las 10 grandes tienen el 83% de la capacidad de producción, pero el 53% del cupo para el corte interno. De acuerdo a lo que dicen los mismos empresarios locales, el precio que establece la Secretaría de Energía deja una utilidad razonable y otorga previsiblidad porque se arbitra en valores de mercado.

En síntesis, un negocio generado a partir de una herramienta de política activa, que nació en 2006 y que hoy está dando oportunidades al pequeño y mediano empresariado nacional. Que va por su tercer año consecutivo de ejecución y que puede ser un ejemplo de que cuando los argentinos queremos, podemos.

Signo de los tiempos: Los Grobo ya no aumentan el área en la Argentina e invierten en industrializar el trigo

El lunes 19 Los Grobo estarán inaugurando en la localidad de Chivilcoy una planta de fabricación de pasta seca, que les demandó una inversión de 20 millones de dólares.

Hace once años, esta empresa familiar originaria de Carlos Casares desembarcaba en el negocio de la molienda adquieriendo una planta en la localidad de Bahía Blanca. Los Grobo encontraron que agregarle valor al cereal que producían por medio de la industrialización era también un buen negocio.

Poco después expandieron su operación comprando la tradicional firma Molinos Cánepa en Chivilcoy, alquilando otros dos, y llevando los negocios a Brasil, con la comercialización de harina de trigo argentino.

Hoy, Los Grobo que son el cuarto grupo molinero argentino en volumen y en exportación, anuncian que tras haber invertido 20 millones de dólares están listos para encarar la fabricación comercial de pasta, es decir fideos secos del tipo spaghettis o tallarines, productos conocidos como “pasta larga” y maccarrone entre la pasta corta.

La inversión está preparada para producir unas 1.800 toneladas de pasta por mes, que requerirá aproximadamente un 15% de la producción de harina de trigo del molino Cánepa.

Así la empresa de Casares sigue avanzando en la cadena de valor. Están en la genética de trigo por medio de su participación en Bioceres; siembran, comercializan y exportan el cereal; industrializan el cereal para obtener distintas harinas y subproductos que también vuelcan al mercado interno y externo. Y a partir de ahora utilizan la harina que fabrican para hacer pasta seca, también con destino a ambos mercados.

Son ya tres eslabones en la cadena del cereal donde están operado, pero van por más. Está en carpeta el armado de un molino de trigo candeal (que ya está comprado), para hacer fideos de esta especie de trigo, que logran en el mercado un valor superiores a los elaborados con trigo pan.

El efecto de la industrialización sobre el valor del producto es notable.

Mientras la tonelada de trigo hoy ronda los $700 (debería ser más si se pagara el FAS teórico), la tonelada de harina común se acerca a los 1.000  y el equivalente en pasta arranca  en un piso de 2.500 y puede llegar tranquilamente a $7.000 según tipo de producto, marca, etcétera.

En este sentido, la compañía de Casares marca un rumbo en cuanto a la visión del negocio.

Y acá podemos trazar una separación entre los 90 y la actualidad. Cuando los casarienses comenzaron a ser noticia en los medios especializados, lo eran por la superficie que sembraban. Su “instalación” pasó porque esta gente del sur hacía más de 70.000 hectáreas y porque habían sido innovadores en el negocio de la agricultura en campos alquilado. En los años subsiguientes esa tendencia a vincularlos noticiosamente con el área sembrad continuó.

Hoy, son noticia por el área sembrada en Brasil, no en la Argentina. Aquí lo son porque están invirtiendo en avanzar en la cadena de valor agroindustrial. Y no es casualidad.

Con esta inversión, Los Grobo están creando puestos de trabajo para la comunidad de Chivilcoy. Están moviendo prestadores de servicios, de bienes de capital y de insumos, que no se mueven con la materia prima. Mario Bragachini, del INTA Manfredi, cita el ejemplo de los italianos, que importan trigo y exportan pasta y menciona que producir 10.000 toneladas de trigo genera 14 puestos de trabajo, pero procesar el trigo para hacer fideos genera 315 puestos.

Comunicacionalmente, para algunos sectores, puede resultar muy vistoso que una empresa que el año pasado sembró 100.000 hectáreas este año aumente el 20%, pero en definitivas son hectáreas que otro está dejando de sembrar. Es vestir a un santo para desvestir otro.

Pero levantar una planta industrial, ahí donde no había nada, ¡eso sí es crear riqueza en forma genuina!

Anticipan que habrá una teleconferencia con la Presidenta de la Nación durante la puesta en marcha de la fábrica. 

Posiblemente no faltará el trasnochado al que no le guste esto. Lo que no se dan cuenta es que la agregación de valor debe ser una Política de Estado que trascienda cualquier gobierno y Los Grobo van en esta línea. En los 90 -cuando la Argentina importaba más pollo del que exportaba- la empresa era básicamente una agropecuaria y cerealera. Hoy, cuando el volumen de pollos exportado se ha multiplicado por 11 respecto de 2000, Los Grobo son una compañía agroindustrial que muele y procesa con productos cada vez más sofisticados.

Efecto agroindustrial: La tonelada de galletita exportada vale siete veces más que la de trigo



Les propongo repasar estos números correspondientes a las exportaciones de febrero de 2012. Mientras que el valor FOB de la tonelada de trigo pan se ubicó en 250 dólares, la de harina lo hizo en 371 u$s, la de pan rallado en 900 y la de galletitas sin sal en 1.687 dólares, es decir casi siete veces más que la del grano.

Esto es agregar valor. Y pensar que hay quienes siguen reclamando la vuelta al Granero del Mundo, metáfora del Modelo Agroexportador del Centenario, soñando con que el grano saliendo de la tranquera en dirección a los puertos será suficiente para generar riqueza para los actuales 40 millones de argentinos.

Por el contrario, el Modelo Agroindustrial del Bicentenario debería apuntalar el direccionamiento de los granos hacia las actividades de transformación de primer y segundo escalón emplazadas en nuestro territorio, porque como dice el economista Gabriel Delgado, es la diferencia entre exportar desempleo o trabajo argentino.

Porque cuando vemos los volúmenes, van en exacto orden inverso al del valor. En febrero exportamos 1,25 millón de toneladas de trigo, contra 84.000 de harina, 22 de pan rallado y 19 de galletitas. El mundo no es tonto y prefiere comprarnos la materia prima para darle empleo a sus trabajadores en vez de productos de alto valor agregado con trabajo argentino.

Entonces, ¿por qué hay compatriotas que se empeñan en levantar la bandera de la exportación de materias primas, aduciendo que llevan “agregado de valor global” o “agregado de valor hacia atrás”? ¿O denostan a la agroindustria por “parasitaria” o “subsidiaria”?

En el mejor de los casos podemos incrementar la producción física y mejorar los saldos exportables (en trigo podríamos estar perfectamente en 22 o 24 millones de toneladas), pero en simultáneo también podemos consolidar los mercados para los productos agroindustirales, las Manufacturas de Origen Agropecuario, que involucran dos, tres o siete veces más de valor por tonelada exportada.

Lo complejo de la situación es que nadie se presenta abiertamente como un primarizador de las exportaciones, sino que son sus argumentos o propuestas lo que llevaría al modelo de la Factoría Fotosintética http://blog.infocampo.com.ar/Con-valor-agregado/factoria-fotosintetica-o-agro-con-desarrollo-industrial.html, es decir la de una cadena agroalimentaria local que privilegia la salida de sus granos hacia los puertos, dándole la espalda a los sectores lácteo, porcino, avícola, de los biocombustibles, de la molienda húmeda y seca, de la molienería, etcétera, etcétera.