Archivo - Abril, 2012

¿Por qué una tonelada de galletitas cuesta 5.300 dólares en la góndola y 1.700 para exportación?

Por Javier Preciado Patiño

Hace cosa de un mes publiqué en el blog datos muy contundentes respecto a cómo la industrialización le agrega valor al trigo y así, mientras la tonelada de trigo pan FOB se exportaba en promedio a 250 dólares, la harina 000 lo hacía a 371, el pan rallado a 900 y las galletitas sin sal a 1.687 dólares. Ahí se resumía el efecto de la agregación de valor sobre las materias primas.

Sentí la curiosidad por conocer cómo esos mismos productos llegaban a las góndolas en la ciudad de Buenos Aires. Lo siguiente no constituye un muestreo estadístico pero sí veraz, dado que es lo que cualquier porteño puede pagar cuando va al chino de la esquina o al supermercado a comprar esos productos básicos.

Por ejemplo, la harina 000 en paquete de 1 kg ronda los $3,75 o 3.750 la tonelada. A un tipo de cambio oficial de $4,40 son 852 dólares o el 230% del valor FOB.

Las cosas empeoran con el pan rallado, cuyo paquete de medio kilo puede valer de $5 a 7 según la marca, pongámosle $12 el kilo, lo que haciendo la misma cuenta nos da u$s2.727 la tonelada, el 303% del valor FOB.

La galletita sin sal, básica, puede costar $7 el paquete de 300 gramos, o sea $23.000 la tonelada o su equivalente de 5.300 dólares, valor 314% superior al del FOB.

Poniendo estos precios vis a vis entre exportación y mercado doméstico, tenemos lo siguiente:



Si tomamos como una referencia el valor de los productos de la molinería y la industria alimenticia puestos en el puerto para su exportación, vemos que en el mercado interno está validando precios muy superiores. El kilo de pan rallado, que listo para embarcarse tiene un precio de 90 centavos de dólar, pasa a 2,70 en el mercado interno.  Las galletitas pasan de u$s1,70 a 5,30 entre el puerto y la góndola del supermercado.

¿Se trata de una brecha razonable basada en el costo argentino, o la cadena está “castigando” a nuestros consumidores con márgenes exorbitantes? Difícil de responder, pero es lo mismo que está pasando con la yerba mate donde la brecha entre lo que recibe el productor y lo que paga el consumidor es abismal. Si bien hay una tendencia general a que la participación de la materia prima se licúa cada vez más en el gasto del consumidor, los números del mercado interno argentino parecen un poco exagerados, ¿no?

Sí, la industria de la sidra le agrega valor a la manzana

Por Javier Preciado Patiño

Hay argentinos que parecen anclados en 1910 y llevan en sus entrañas una fobia inexplicable para todo aquello que suene a industrialización. Y para avalar ese rechazo visceral a la transformación de las materias primas del campo con trabajo argentino crean y difunden falacias para tratar de demostrar la superioridad de los productos que la Argentina exportaba en el Centenario por sobre aquellos fruto de la actividad industrial.

La última de ellas es que una manzana fresca tiene más valor que la sidra, que es una derivación de la mejor de todas estas falacias que es la que proclama que un kilo de lomo vale más que un kilo de Audi como máxima metáfora de la superioridad de la Argentina ganadera sobre la Argentina automotriz, como si nuestra sociedad debiera optar por una u otra y no fuera capaz de integrar industria y campo, consumo interno y exportación. En fin…

Pero tratemos de discernir en dónde se genera esta falacia. Efectivamente, un kilo de manzana seleccionada puesta en la mesa de los argentinos puede costar más que una botella sidra, de la misma manera que un kilo de trigo en una dietética cuesta más que un kilo de harina en el supermercado. ¿Deberíamos entonces demoler los molinos e importar harina?

Lo falaz del argumento radica en comparar un producto (la manzana fresca) que no es la materia prima industrial con el producto manufacturado, porque en verdad la industria de la sidra lo que hace es aprovechar el descarte de la cosecha de manzanas que no entra en el circuito del fresco.

Y acá la cosa cambia radicalmente, porque esa manzana de descarte o industrial puede tener un valor de 50 o 70 centavos el kilo, que una vez procesada, agregada el azúcar, agregado el gas carbónico y envasada se transforma en un producto que llega a la mesa de los argentinos a $4 o un poco más también. Y en el ínterin dan trabajo a otros argentinos, que se tendría que buscar otro modo de vida si esta agroindustria no existiera.

Pongamos el caso de la bodega Sidra Cortesía, ubicada en el Valle de Uco (Tunuyán, Mendoza), que muele 2 millones de kilos de manzanas, con los que produce 1,5 millón de litros de sidra y que para ello le da empleo directo a 40 personas, que sostienen a sus familias gracias a la agregación de valor de un producto que no tendría otra aplicación excepto la producción de jugos.

Es decir, la industria, sea la elaboradora de jugo concentrado como la de sidra, lo que hace es valorizar la ecuación del productor, que sufriría un quebranto si no pudiera colocar el 20% de la producción que suele descartarse. O si se lo quiere ver desde otro punto de vista, abarata el valor que paga el consumidor por el producto fresco.

Por eso la sidra, como el jugo concentrado, como la lata de conserva vacuna (a la que se la acaba de bajar los derechos de exportación) son clarísimos ejemplos de un producto de mayor valor agregado que su materia prima. Los abanderados de la primarización de la economía buscan confundir a la opinión pública mezclando la lata de conserva con el lomo o la sidra con la manzana fresca.

Igualmente no son tontos y jamás dirían que una botella de vino Malbec con denominación de origen y una marca reconocida tiene menos valor agregado que la uva que se vende en una frutería. Pero sí se atreven con un producto mucho menos glamuroso como es la sidra y con un sector que por su menor peso económico no les genera ninguna contrariedad, sin importar el efecto que tiene sobre economías regionales como las del Alto Valle del Río Negro, el oasis de Tunuyán o la región de Calingasta en San Juan.

De todos modos ya hay grandes capitales metiéndose en el negocio de la sidra, muy pequeño en la actualidad, con la idea de inyectarle un envión similar al de la cerveza hace 30 años, salvando todas las distancias. Incluso con un segmento de sidras premiun elaboradas con un sistema similar al de la champaña. Capaz que en ese momento sí resulte que la sidra pase a ser mágicamente un producto “de valor agregado”.

A la Argentina agroalimentaria le tiene que importar más Asia y África que la UE y Norteamérica

Por Ing. Agr. Javier Preciado Patiño

Para un sector social argentino que siempre miró embelesado a los países europeos y a los Estados Unidos (nunca se interesaron demasiado por Canadá y Australia), los datos de nuestro comercio exterior agroalimentario le debe resultar absolutamente decepcionantes. Porque hete aquí que a los principales compradores tanto de nuestras materias primas rurales como de las Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA’s) se encuentran en América latina, Asia y África en ese orden.

Veamos un poco quienes son nuestros clientes. Uno muy importante es Brasil, que tiene unos 200 millones de habitantes y es la sexta economía mundial, con vistas a que prontamente suba al quinto puesto. Nuestro socio del Mercosur es a la vez nuestro mejor comprador de trigo, arroz, harina de trigo y malta. A su vez, en 2011, Colombia fue el principal cliente para el maíz (en ese mercado desplazamos a los Estados Unidos como proveedores) y Arabia Saudita para la cebada, un cereal que viene en ascenso y que va a seguir así, porque China (tercer mejor cliente) finalmente abrió su mercado al grano argentino.

Si hablamos de aceite de soja fue la India quien más nos compró en 2011 y Egipto el principal en cuanto a aceite de girasol. ¿Y dónde está el influyente mundo desarrollado en este concierto? Europa es un buen comprador de harina de soja y los Países Bajos el segundo en aceite de girasol. Los EE.UU., Japón, Canadá, Australia, etcétera, no figuran en el top five de las exportaciones granarias argentinas.

En el rubro de las proteínas animales la cuestión no es muy distinta. Venezuela fue el país que más leche en polvo nos compró el año pasado, seguida muy de cerca por Brasil y Argelia. En carnes bovinas frescas, Israel, Chile y Rusia encabezaron el ránking. En cueros lideró China. En quesos, Brasil. Solo Alemania se destaca como comprador de los valiosos Cortes Hilton. En productos avícolas fueron China, Venezuela, Chile, Sudáfrica y Vietnam los mejores clientes de esta pujante industria.

Sobre 9 productos destacados de origen granario, resulta que los primeros cinco puestos son ocupados en 17 oportunidades por países de América latina, en 12 por países asiáticos, en 10 por países africanos y solo en 6 por europeos.

Esta es la gran diferencia entre el Modelo Agroindustrial del Bicentenario y el Modelo Agroexportador del Centenario. Porque en este último el destino eran los países centrales que vivían su cenit en el proceso de industrialización. Hoy el gran crecimiento económico y demográfico del mundo se explica por los anteriormente conocidos como “países en desarrollo” y/o “países pobres”, hoy los BRIICS y más allá también. La gente que quiere comer más y mejor está en Asia, África y nuestro subcontinente. Posiblemente en Europa nuestros clientes terminen siendo las mascotas, mercado que tampoco es para despreciar.

Un dato que hay que analizar es que los EE.UU. son grandes compradores de agroalimentos. De hecho en 2011 exportaron por unos u$s130.000 millones e importaron por unos u$s100.000 millones. Y la Argentina no está pudiendo ser parte de ese número grosso.

Pero tenemos sin embargo el mundo emergente que quiere comer. Ahí nuestra oportunidad no es solo proveerles el grano o el producto de primera transformación (la malta o la harina), sino entrarles con el mayor agregado de valor posible: proteínas animales o alimentos que van directo a la mesa del consumidor.

La conformación de nuestro portfolio de agronegocios tiene una importancia geopolítica determinante, porque si bien no todo el comercio exterior es agro, los productos primarios  y las MOA’s representan más del 55%. Sin duda esto diluye la influencia de los países desarrollados sobre nuestro país y nos posiciona en un diálogo Sur Sur que si bien también es áspero nos sitúa en un plano más conveniente.