Archivo - Junio, 2012

Por qué es trascendental la visita del Sr. Wen Jiabao a la Argentina

Por Javier Preciado Patiño

A ver si nos entendemos: La República Popular China tiene casi la quinta parte de la población mundial y su PBI supera los 10,6 billones de dólares. Son 1.300 millones de personas que están mejorando sus ingresos, cambiando sus hábitos alimentarios, pasando de la vida rural a la urbana y formando parte de un colectivo que en los próximos diez o veinte años pasará a ser la primera economía mundial.

Atrás habrán quedado los tiempos en los que Europa le marcaba el paso al mundo. Los tiempos de aquella Argentina y América latina subordinada a un orden global donde nosotros éramos productores y exportadores de materias primas, para luego importar bienes industriales con mano de obra extranjera.

Hoy los tiempos han cambiado. El crecimiento mundial se sostiene gracias a las economías emergentes, mientras la vieja Europa tambalea de crisis en crisis. Surgen las naciones del este asiático, del Asia Central, de América latina, del sur de África. Es la juventud emergente frente a la declinación del mundo desarrollado.

Los clientes para la Argentina están allí. En norte de África, en medio Oriente, en el extremo oriente, acá nomás en América latina (en Colombia hemos desplazado a los Estados Unidos como proveedor de granos) y en África.

Ese mundo unipolar, Norte Sur, se ha dado paso a uno multipolar, de relación entre pares. Lo dijo el embajador chino previo a la llegada de Wen Jiabao: ambas naciones somos economías emergentes, más allá de la escala.

De hecho China, con 1.300 millones de habitantes produce 500 millones de toneladas de granos, mientras que la Argentina, con 40 millones produce 100 de granos y puede llegar a 160 en el transcurso de esta década.

China necesita de nuestros productos y nosotros de sus consumidores.

Pero el secreto del éxito de nuestra vinculación no pasa por venderle únicamente el poroto de soja. Pasa por entrar con lácteos, vinos, ovoproductos, carne aviar, cerdo, carne vacuna, productos de la acuicultura, aceites, harinas, etcétera, etcétera. Necesitamos exportarles productos que conlleven mano de obra argentino, para que este Modelo Agroindustrial del Bicentenario actúe redistribuyendo riqueza.

Afianzar el círculo virtuoso de industrialización de la ruralidad es una de las claves para consolidar este esquema. Veamos en este ejemplo las externalidades que se generan. Por la política de sustitución de importaciones una empresa que prestaba servicios para la industria eléctrica decidió establecerse en el distrito de Gral. Rodríguez, cerca de Buenos Aires. Pero una vez instalada encontraron que había un potencial mucho más interesante en el tratamiento de las instalaciones para las granjas porcinas, cuyas partes metálicas se deterioran con los efluentes de los cerdos.

Que esta empresa haya encontrado una oportunidad en la actividad menos esperada es el resultado de empresarios que apuestan a la cría porcina. Si ello ocurre es porque es rentable producir cerdos y si es restanble res porque los argentinos estamos comiendo más de esta carne alternativa. Y a su vez ello ocurre porque el poder adquisitivo ha mejorado -más allá del problema inflacionario- y más gente accede a una dieta más rica en proteínas animales y de mayor variedad.

Ahora el próximo paso es que la actividad porcina salga al mundo y multiplicar un pequeño mercado de 40 millones de argentinos, por los 7.000 millones que habitan el mundo, tal como lo viene haciendo Brasil, otra de las economías emergentes.

Por eso es tremendamente relevante la visita de Wen Jiabao, porque estamos frente a la posibilidad de crear un esquema de cooperación con equidad entre ambas naciones, pero que exige un cambio de actitud frente a un cambio de época.

Otro signo de los tiempos: la cooperativa AFA compra las plantas de acopio a Los Grobo

Por Javier Preciado Patiño

El viernes 8 se rubricó el boleto de compra venta de la planta de acopio que Los Grobo tenían en San Pedro, sobre la Ruta 9. Otro tanto ocurrió con una planta en la localidad de General Villegas, que ahora pasan a mano de Agricultores Federados Argentinos.

No es una noticia menor, sin duda, que el ícono de los pooles de siembra se esté desprendiendo de estos activos y que estos estén pasando a manos de una cooperativa agrícola. La pregunta es, ¿se puede descontextualizar la noticia de la coyuntura política y económica?

Hace poco, en ocasión de la inauguración de la planta de pasta seca en Chivilcoy, escribía que Los Grobo estaban reconfigurando su negocio. Este movimiento parece ir en esa misma dirección, es decir salir de un modelo basado en la escala a otro basado en la industrialización, la integración vertical y la agregación de valor por medio de la transformación.

En paralelo se profundiza el ascenso de AFA. Esta cooperativa de primer grado es una de las más fuertes del país y está moviendo unas 4 millones de toneladas de grano por año, a partir de sus 26 centros primarios y sus 15.000 socios activos que operan con ella.

El Centro Primario Arrecifes, que ahora pasa a ser responsable de la ex Planta San Pedro de Los Grobo, tenía ya el terreno listo para construir su depósito de insumos y su planta de cereal. Pero surgió la oportunidad y directamente decidió alzarse con el activo de los casarenses.

A fines de los 90 y comienzos de este siglo, los apologistas de la escala como medida del éxito en la agricultura habían rescatado a Los Grobo como nave insignia. Los artículos que se escribían hablaban de cómo crecían campaña tras campaña y parecía ser que el éxito estaba asociado a cuántas hectáreas sembraban y cuántas se habían agregado respecto de la campaña anterior. En verdad, además de la familia de Carlos Casares había otros grupos de siembra tanto o más importantes que ellos, pero que mantenían y mantienen un perfil mucho más bajo y por ello no tienen tanta notoriedad, pero que fueron montados sobre esa lógica de expansión horizontal.

Pero los mismos Grobo iniciaron luego de la devaluación un proceso de integración agroindustrial, hasta convertirse en el cuarto grupo molinero argentino, y ahora agregando la fabricación de pasta seca.

Ahora, la escala queda para una cooperativa de productores que al mismo tiempo que crece en volumen crece también en integración agroindustrial. Muele oleaginosas, refina el aceite, lo envasa y lo distribuye. Convierte granos en balanceado, el balanceado en carne vacuna y la carne la vende en carnicerías propias. Industrializa arvejas y va por la fabricación de los insumos que necesitan sus agricultores para producir.

No están teniendo la posibilidad por ahora de integrar mejor su negocio exportador, dado que carecen de una terminal propia como sí tiene, por ejemplo, la ACA.

Por otro lado, este momento de AFA coincide con un nuevo boom de las cooperativas. Recientemente se presentó un trabajo de investigación sobre cooperativismo rural, elaborado por el Ministerio de Agricultura y el IICA, que aporta como dato que sobre 1.606 cooperativas activas existentes al 31 de diciembre de 2010, la mitad se constituyeron entre 2001 y 2010. Solo durante la primera y segunda presidencia de Perón, a mediados del Siglo XX, ocurrió un fenómeno similar señala el estudio. 

En síntesis: una empresa nacional y familiar agropecuaria empieza a cambiar el formato de su negocio: deja de ser una pila de contratos de arrendamientos y entrega de cereal y se focaliza en crear puestos de trabajo asociados a la industrialización. Y la escala queda para los productores rurales organizados en una cooperativa. El lema “Juntos Agregamos Valor” parece quedarle bien a los dos.

“Agrotóxico”, un término que no refleja la realidad de la producción agrícola argentina

Por Javier Preciado Patiño

En los últimos tiempos, la embestida de los sectores ultra ambientalistas contra la producción agrícola argentina ha encontrado en el término “agrotóxico” el caballo de Troya para poner a la opinión pública en contra de la producción de cereales y oleaginosas.

La palabra correcta para definir a los agroquímicos sería fitosanitarios o defensivos agrícolas. En Brasil es común el término agrotóxico como sinónimo de agroquímicos, pero allí no tiene la impronta negativa con el que se está introduciendo en nuestra sociedad.

La realidad la muestra el informe de Casafe correspondiente al mercado de fitosanitarios en 2011: el 80% de este mercado corresponde a productos de las dos clases toxicológicas más bajas, es decir de menor riesgo, que existen en el mercado. Solo el 20% restante pertenece a las Clases Ia, Ib y II.

Pero hace 25 años, la cosa era exactamente al revés. El 80% del mercado estaba dominado por productos de alto riesgo.

Lo que vino a transformar un poco todo fue el glifosato y la soja RR. El herbicida encuadra en los productos de “banda verde”, es decir de menor riesgo (Clase IV), y hasta la Unión Europea que hizo una revisión de su toxicidad no encontró razones para modificar su categoría. El glifosato reemplazó a herbicidas de clásica toxicológica superior.

Por otra parte la biotecnología está ayudando a que la producción sea menos riesgosa para el ambiente y la salud humana. Con la aparición del algodón Bt, que resiste la acción de los insectos, la utilización de insecticidas se redujo más del 50%.

Y si se aprobara la soja Bt, el impacto sobre el mercado de plaguicidas sería importante.

La opinión pública tiene que conocer acerca de esto. De cómo se están produciendo los granos en la Argentina y de cómo los agricultores y el sector tecnológico desarrollan soluciones lo más amigables posibles para el ambiente y la salud, más allá de las correcciones y mejores que haya que introducir.

Crear conciencia sobre esto es también una de las obligaciones que tiene el sector para con la sociedad.