Archivo - Febrero, 2014

La industria del trigo ya podría volver a exportar un millón de toneladas de harina

Por Javier Preciado Patiño

Tras la salida de la devaluación, la industria de la molienda de trigo inició un fuerte camino hacia el mercado exterior; así pasó de exportar menos de 400.000 toneladas por año en 2001, a más de un millón a partir de 2008. Con esos números, la Argentina se convirtió en el tercer exportador mundial, un podio rara vez o nunca mencionado en los foros sectoriales.

El trigo, pasado por los bancos de molienda, gana no menos de 50% en valor gracias a este proceso de industrialización, generando más divisas por tonelada exportada y más puestos de trabajo para los argentinos. Se trata, sin duda, de un ejemplo del agregado de valor en origen.

Sin embargo, en 2013, la escasa producción de trigo en la Argentina, llevó al cierre del mercado exportador (tampoco se habla tanto en la prensa de este cepo a la exportación como cuando se trata de la carne vacuna), y del millón de toneladas se cayó a la décima parte.

Esto implicó un traumático proceso para la actividad, que llegó hasta el cierre de plantas, más la pérdida de mercados que había costado años empezar a consolidar, como son los extra Mercosur.

De acuerdo a los datos oficiales del Ministerio de Agricultura, en 2011 se procesó un récord de 6,4 millones de toneladas del cereal, mientras que en 2013, debido al cierre de la exportación, ese volumen cayó a 5 millones. En definitiva, de un extremo a otro en las exportaciones, la diferencia es 1,3 millón de toneladas.

Entrando al tercer mes de 2014, las autoridades nacionales han liberado apenas 50.000 toneladas de harina de trigo. Sobre una producción inicialmente estimada en 9,2 millones de toneladas, pero que podrían ser un poco más, ¿no sería hora de brindarle a la industria molinera ese 1,3 millón de toneladas más, para que pueda recuperar los mercados externos y generar más divisas que con ese mismo volumen exportado como trigo?

La industria molinera tiene un plan estratégico que va de la mano del aumento de la producción nacional, que implicaría pasar a moler 10 millones de toneladas y posicionar a la Argentina como el primer exportador mundial de harina de trigo. La producción nacional podría ser tranquilamente de 20 millones de toneladas, volumen suficiente como para garantizar la mesa de los argentinos, las exportaciones del cereal y las de aquellas con valor agregado.

Comercio de granos: Incluso China se basa en el aprovisionamiento de las grandes traders globales

Por Javier Preciado Patiño

En su editorial del domingo 7 de febrero, el periodista Horacio Verbitsky, del cual se puede cualquier cosa menos que sea opositor, admite que la idea de recrear una suerte de Junta Nacional de Granos o IAPI es en la práctica, imposible y encuadra esas iniciativas en lo que identifica como “sectores de lo que podría denominarse la izquierda K”.

La lógica que esgrime el editorialista es que no hay tiempo (considerando los dos años que restan del mandato de CFK), que hay iniciativas que no resisten el menor análisis (por ejemplo incautar los silos bolsa, como proponía Luis D’Elía) y que la estructura de la producción granaria argentina hoy es muy distinta  a la existente en el primer gobierno de Perón.

Incluso en un momento se muestra sorprendido que un cuarto de las exportaciones de poroto de soja sean manejadas por el cooperativismo agrario, es decir ACA y AFA, o que la ACA supere en ese ítem a las grandes multis.

Pero el baño de pragmatismo al que se sometió la principal pluma de Página 12 no contempló algunos factores estructurales del trading de commodities agrícolas que hoy hacen muy difícil pensar en la estatización del comercio granario.

El mejor ejemplo puede ser China, la segunda economía mundial y sobre la que nadie duda que podría manejar íntegramente la compra de granos si así quisiera.  La  nación asiática está importando casi 70 millones de toneladas esta campaña (de acuerdo al Dto. de Agricultura de los EE.UU.), que es casi una vez y media la cosecha argentina.

Semejante volumen es llevado a China por las grandes compañías globales, que adquieren el poroto en los EE.UU., Brasil, la Argentina y Paraguay.

Cargill, una compañía estadounidense que está en este negocio desde hace 150 años, comenzó a operar en China en la década del 70 y aceleró su desembarco a partir de los 90. Hoy cuenta con cuatro plantas de molienda de soja, tres en la provincia de Guandong y una en la de Jiangsu. Además actúa en el negocio de la nutrición animal, los almidones y edulcorantes. Allí emplea a más de 7.000 personas.

Pero no solo eso. Cargill es clave en la logística oceánica moviendo con habilitad todo tipo de graneles de un lugar a otro del mundo.

Pero además de Cargill, se encuentran en China operando sus pares ADM, Bunge y Dreyfus. De acuerdo a un artículo del portal Dailynews, estas empresas manejan el 80% del crushing de soja en la nación asiática.

En síntesis: Si uno piensa que estas empresas ya se acercan a los 200 años de existencia y que han sobrevivido a todo tipo de circunstancias políticas, económicas y sociales, es hora de pensar o mejor dicho de repensar cuál es el límite de la Argentina para avanzar sobre la comercialización granaria.

Es factible que China tenga interés en algún tipo de acuerdo país- país con la Argentina, pero que en todo caso sería complementario y no sustituto de su actual sistema de aprovisionamiento. En el mejor de los casos podría funcionar como un esquema sobre el cual se arbitraría el resto de las operaciones, pero hasta ahora esta voluntad, manifestada en más de un encuentro bilateral, no ha avanzado hacia acciones concretas.

Más pronto que tarde la soja de los silos bolsa va a ser vendida para su exportación

La “tragedia” de esta temporada de verano parece radicar en las 8 millones de toneladas de soja que todavía no entraron al circuito comercial de la exportación.

Con la habitual tendencia vernácula al paroxismo, sazonada con una buena dosis de histeria e ignorancia por parte de los medios de comunicación, dirigentes y líderes de opinión, comienzan a tejerse fábulas destituyentes y complots internacionales, mientras se vuelcan ríos de tinta por enésima vez sobre la constitución de una nueva Junta Nacional de Granos, que termina de enervar los ánimos a ambas orillas del Jordán.

La realidad es que la soja -como cualquier otro grano- es un bien que no se puede guardar indefinidamente. Dura un poco más en los silos metálicos y un poco menos en los plásticos y más temprano que tarde tiene que venderse.

En abril/mayo comenzará a entrar una nueva zafra, cuya cotización se encuentra unos 40 dólares por debajo del disponible, a principios de febrero. ¿Es lógico pensar que el productor no la va a realizar antes de que ese gap desaparezca? Los Estados Unidos ya han tenido una gran cosecha y ahora se espera una ultra récord por parte de Brasil, con más de 90 millones de toneladas.

Por otra parte, es claro que la soja no está en manos de los exportadores sino de los eslabones anteriores, seguramente el productivo. Las estadísticas oficiales muestran que el ritmo de molienda de la soja cayó abruptamente en el último trimestre de 2013 y la realidad de plantas que adelantaron su parada, o compañías que concentraron toda la actividad en las de mayor escala para eficientizar costos es una señal clara de las dificultades que enfrentan para originar la materia prima.

Es cierto que la devaluación del peso frente al dólar ha mejorado sensiblemente los márgenes de la oleaginosa. En comparación con mayo de 2013, a pesar de que el precio de la soja cayó 7%, la cuenta para el productor mejora 41% gracias a un peso que perdió 53% frente a la divisa norteamericana. ¿Es lógico jugarse el físico a la espera de una segunda devaluación?

Por otra parte, la estimación realizada por los exportadores ante el Jefe de Gabinete de Ministros, Jorge Capitanich, es que durante el corriente año estarían liquidando entre 27 y 29.000 millones, entre 15 y 30% más que en 2013 y a un tipo de cambio mayor, que aliviaría las cuentas públicas.

En síntesis: un escenario posible es que estemos atravesando un bache financiero que se compensará en unos meses y que no amerita que toda la atención esté volcada en ver si se liquidan o no los agro dólares o si hay que recrear la junta de granos o tejer fantasías estatistas (altamente funcionales a la oposición). Más bien la cadena y el sector público deberían ejercitar el diálogo y pensar en cómo producir más en la próxima campaña.