La presentación del presidente de la Cámara de Empresas Procesadoras Avícolas, este miércoles 23 de junio y en ocasión de un nuevo festejo del Día Nacional de la Avicultura, deja mucha tela para cortar.
Para este 2010, la industria estima que producirá 1,65 millón de toneladas de pollo, más del doble de lo que producían en 2003. En tanto, las exportaciones superarán las 330.000 toneladas, por un valor de 450 millones de dólares, mientras que lo que va al mercado interno (el 80% de la producción) sostiene un consumo de 34 kilos por habitante y por año.
Si comparamos estos números con los de la carne vacuna, podemos decir que la diferencia en esta década se han acortado sustancialmente. En 2009 la producción de carne bovina fue de 3,4 millones de toneladas, con exportaciones por 660.000 toneladas y un valor de u$s1.650 millones.
Es decir, la avicultura hoy ya representa un tercio aproximadamente de la ganadería vacuna, una actividad tan arraigada en nuestra tradición que data de la época del virreynato.
Pero en estos siete años u ocho años las avícolas le ha descontado una distancia sideral y ahora van por más.
En su discurso, Roberto Domenech dijo que la cadena apunta a llegar a 2017 con una producción de 2,5 millones de toneladas de carne de pollo, exportaciones por 600.000 toneladas y un valor de 1.500 millones de dólares. La ganadería va a tener que esforzarse mucho para sostener la diferencia que hoy tiene con la avicultura. De lo contrario, su estrella quedará opacada por una cadena que viene creciendo en forma ordenada y que promete seguir haciéndolo al 6% de acá a los próximos seis años.
Y acá llega el punto de debate: ¿Es fruto de la suerte o las casualidades que a una carne le vaya bien y a la otra mal, o por el contrario es el resultado de sus propias fortalezas y debilidades?
Mucha gente -particularmente entre los ganaderos- tiende a decir “lo que pasa es que los avícolas son pocos y además tienen un buen lobby”. De esa forma tienden a excusarse de su destino, aceptándolo fatilísticamente por ser muchos y no tener una buena representación.
La realidad es que también cada vez menos gente acepta esa visión simplista y tiende a buscar primero puertas adentro de la cadena las razones del presente de la ganadería, al tiempo que entiende y respeta el trabajo que realizan los avícolas.
Porque lobby no es una mala palabra, sino el ejercicio de la representación de los intereses de terceros, cosa que la avicultura no hace, sino que ejerce por sí misma el derecho constitucional de peticionar.
Lo que hay sí, son gestiones exitosas o no. Y aquí aparece el problema de organización de la cadena del ganado y la carne bovina. ¿Cuántas organizaciones hay en representación de los productores, los engordadores, los cabañeros, los consignatarios y los frigoríficos? Encima muchas de ellas con intereses claramente opuestos que tornan imposible siquiera la armonización de metas comunes.
Más bien lo que habría que hacer es estudiar el caso de la industria avícola -en casi 100% en manos de capitales nacionales- y analizarlo a la luz de su aplicación para otras cadenas de valor.
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