‘Agronegocios’

¿Por qué una tonelada de galletitas cuesta 5.300 dólares en la góndola y 1.700 para exportación?

Por Javier Preciado Patiño

Hace cosa de un mes publiqué en el blog datos muy contundentes respecto a cómo la industrialización le agrega valor al trigo y así, mientras la tonelada de trigo pan FOB se exportaba en promedio a 250 dólares, la harina 000 lo hacía a 371, el pan rallado a 900 y las galletitas sin sal a 1.687 dólares. Ahí se resumía el efecto de la agregación de valor sobre las materias primas.

Sentí la curiosidad por conocer cómo esos mismos productos llegaban a las góndolas en la ciudad de Buenos Aires. Lo siguiente no constituye un muestreo estadístico pero sí veraz, dado que es lo que cualquier porteño puede pagar cuando va al chino de la esquina o al supermercado a comprar esos productos básicos.

Por ejemplo, la harina 000 en paquete de 1 kg ronda los $3,75 o 3.750 la tonelada. A un tipo de cambio oficial de $4,40 son 852 dólares o el 230% del valor FOB.

Las cosas empeoran con el pan rallado, cuyo paquete de medio kilo puede valer de $5 a 7 según la marca, pongámosle $12 el kilo, lo que haciendo la misma cuenta nos da u$s2.727 la tonelada, el 303% del valor FOB.

La galletita sin sal, básica, puede costar $7 el paquete de 300 gramos, o sea $23.000 la tonelada o su equivalente de 5.300 dólares, valor 314% superior al del FOB.

Poniendo estos precios vis a vis entre exportación y mercado doméstico, tenemos lo siguiente:



Si tomamos como una referencia el valor de los productos de la molinería y la industria alimenticia puestos en el puerto para su exportación, vemos que en el mercado interno está validando precios muy superiores. El kilo de pan rallado, que listo para embarcarse tiene un precio de 90 centavos de dólar, pasa a 2,70 en el mercado interno.  Las galletitas pasan de u$s1,70 a 5,30 entre el puerto y la góndola del supermercado.

¿Se trata de una brecha razonable basada en el costo argentino, o la cadena está “castigando” a nuestros consumidores con márgenes exorbitantes? Difícil de responder, pero es lo mismo que está pasando con la yerba mate donde la brecha entre lo que recibe el productor y lo que paga el consumidor es abismal. Si bien hay una tendencia general a que la participación de la materia prima se licúa cada vez más en el gasto del consumidor, los números del mercado interno argentino parecen un poco exagerados, ¿no?

Sí, la industria de la sidra le agrega valor a la manzana

Por Javier Preciado Patiño

Hay argentinos que parecen anclados en 1910 y llevan en sus entrañas una fobia inexplicable para todo aquello que suene a industrialización. Y para avalar ese rechazo visceral a la transformación de las materias primas del campo con trabajo argentino crean y difunden falacias para tratar de demostrar la superioridad de los productos que la Argentina exportaba en el Centenario por sobre aquellos fruto de la actividad industrial.

La última de ellas es que una manzana fresca tiene más valor que la sidra, que es una derivación de la mejor de todas estas falacias que es la que proclama que un kilo de lomo vale más que un kilo de Audi como máxima metáfora de la superioridad de la Argentina ganadera sobre la Argentina automotriz, como si nuestra sociedad debiera optar por una u otra y no fuera capaz de integrar industria y campo, consumo interno y exportación. En fin…

Pero tratemos de discernir en dónde se genera esta falacia. Efectivamente, un kilo de manzana seleccionada puesta en la mesa de los argentinos puede costar más que una botella sidra, de la misma manera que un kilo de trigo en una dietética cuesta más que un kilo de harina en el supermercado. ¿Deberíamos entonces demoler los molinos e importar harina?

Lo falaz del argumento radica en comparar un producto (la manzana fresca) que no es la materia prima industrial con el producto manufacturado, porque en verdad la industria de la sidra lo que hace es aprovechar el descarte de la cosecha de manzanas que no entra en el circuito del fresco.

Y acá la cosa cambia radicalmente, porque esa manzana de descarte o industrial puede tener un valor de 50 o 70 centavos el kilo, que una vez procesada, agregada el azúcar, agregado el gas carbónico y envasada se transforma en un producto que llega a la mesa de los argentinos a $4 o un poco más también. Y en el ínterin dan trabajo a otros argentinos, que se tendría que buscar otro modo de vida si esta agroindustria no existiera.

Pongamos el caso de la bodega Sidra Cortesía, ubicada en el Valle de Uco (Tunuyán, Mendoza), que muele 2 millones de kilos de manzanas, con los que produce 1,5 millón de litros de sidra y que para ello le da empleo directo a 40 personas, que sostienen a sus familias gracias a la agregación de valor de un producto que no tendría otra aplicación excepto la producción de jugos.

Es decir, la industria, sea la elaboradora de jugo concentrado como la de sidra, lo que hace es valorizar la ecuación del productor, que sufriría un quebranto si no pudiera colocar el 20% de la producción que suele descartarse. O si se lo quiere ver desde otro punto de vista, abarata el valor que paga el consumidor por el producto fresco.

Por eso la sidra, como el jugo concentrado, como la lata de conserva vacuna (a la que se la acaba de bajar los derechos de exportación) son clarísimos ejemplos de un producto de mayor valor agregado que su materia prima. Los abanderados de la primarización de la economía buscan confundir a la opinión pública mezclando la lata de conserva con el lomo o la sidra con la manzana fresca.

Igualmente no son tontos y jamás dirían que una botella de vino Malbec con denominación de origen y una marca reconocida tiene menos valor agregado que la uva que se vende en una frutería. Pero sí se atreven con un producto mucho menos glamuroso como es la sidra y con un sector que por su menor peso económico no les genera ninguna contrariedad, sin importar el efecto que tiene sobre economías regionales como las del Alto Valle del Río Negro, el oasis de Tunuyán o la región de Calingasta en San Juan.

De todos modos ya hay grandes capitales metiéndose en el negocio de la sidra, muy pequeño en la actualidad, con la idea de inyectarle un envión similar al de la cerveza hace 30 años, salvando todas las distancias. Incluso con un segmento de sidras premiun elaboradas con un sistema similar al de la champaña. Capaz que en ese momento sí resulte que la sidra pase a ser mágicamente un producto “de valor agregado”.

A la Argentina agroalimentaria le tiene que importar más Asia y África que la UE y Norteamérica

Por Ing. Agr. Javier Preciado Patiño

Para un sector social argentino que siempre miró embelesado a los países europeos y a los Estados Unidos (nunca se interesaron demasiado por Canadá y Australia), los datos de nuestro comercio exterior agroalimentario le debe resultar absolutamente decepcionantes. Porque hete aquí que a los principales compradores tanto de nuestras materias primas rurales como de las Manufacturas de Origen Agropecuario (MOA’s) se encuentran en América latina, Asia y África en ese orden.

Veamos un poco quienes son nuestros clientes. Uno muy importante es Brasil, que tiene unos 200 millones de habitantes y es la sexta economía mundial, con vistas a que prontamente suba al quinto puesto. Nuestro socio del Mercosur es a la vez nuestro mejor comprador de trigo, arroz, harina de trigo y malta. A su vez, en 2011, Colombia fue el principal cliente para el maíz (en ese mercado desplazamos a los Estados Unidos como proveedores) y Arabia Saudita para la cebada, un cereal que viene en ascenso y que va a seguir así, porque China (tercer mejor cliente) finalmente abrió su mercado al grano argentino.

Si hablamos de aceite de soja fue la India quien más nos compró en 2011 y Egipto el principal en cuanto a aceite de girasol. ¿Y dónde está el influyente mundo desarrollado en este concierto? Europa es un buen comprador de harina de soja y los Países Bajos el segundo en aceite de girasol. Los EE.UU., Japón, Canadá, Australia, etcétera, no figuran en el top five de las exportaciones granarias argentinas.

En el rubro de las proteínas animales la cuestión no es muy distinta. Venezuela fue el país que más leche en polvo nos compró el año pasado, seguida muy de cerca por Brasil y Argelia. En carnes bovinas frescas, Israel, Chile y Rusia encabezaron el ránking. En cueros lideró China. En quesos, Brasil. Solo Alemania se destaca como comprador de los valiosos Cortes Hilton. En productos avícolas fueron China, Venezuela, Chile, Sudáfrica y Vietnam los mejores clientes de esta pujante industria.

Sobre 9 productos destacados de origen granario, resulta que los primeros cinco puestos son ocupados en 17 oportunidades por países de América latina, en 12 por países asiáticos, en 10 por países africanos y solo en 6 por europeos.

Esta es la gran diferencia entre el Modelo Agroindustrial del Bicentenario y el Modelo Agroexportador del Centenario. Porque en este último el destino eran los países centrales que vivían su cenit en el proceso de industrialización. Hoy el gran crecimiento económico y demográfico del mundo se explica por los anteriormente conocidos como “países en desarrollo” y/o “países pobres”, hoy los BRIICS y más allá también. La gente que quiere comer más y mejor está en Asia, África y nuestro subcontinente. Posiblemente en Europa nuestros clientes terminen siendo las mascotas, mercado que tampoco es para despreciar.

Un dato que hay que analizar es que los EE.UU. son grandes compradores de agroalimentos. De hecho en 2011 exportaron por unos u$s130.000 millones e importaron por unos u$s100.000 millones. Y la Argentina no está pudiendo ser parte de ese número grosso.

Pero tenemos sin embargo el mundo emergente que quiere comer. Ahí nuestra oportunidad no es solo proveerles el grano o el producto de primera transformación (la malta o la harina), sino entrarles con el mayor agregado de valor posible: proteínas animales o alimentos que van directo a la mesa del consumidor.

La conformación de nuestro portfolio de agronegocios tiene una importancia geopolítica determinante, porque si bien no todo el comercio exterior es agro, los productos primarios  y las MOA’s representan más del 55%. Sin duda esto diluye la influencia de los países desarrollados sobre nuestro país y nos posiciona en un diálogo Sur Sur que si bien también es áspero nos sitúa en un plano más conveniente.

Sí se puede: el corte obligatorio con biodiésel empieza a transitar su tercer año y goza de buena salud

Vamos a la cuestión de fondo. Estamos entrando en el tercer año del corte obligatorio con biodiésel y, de acuerdo a las fuentes que operan dentro del negocio, todo marcha dentro de los carriles adecuados.

En 2011 el corte se ubicó por encima del 6% (recordemos que por ley el piso era 5%), en su segundo año de implementación. Para este 2012, la secretaría de Energía fijó un piso de 7%, lo cual involucra más de 1,3 millón de toneladas de biocombustible destinado a la mezcla, sobre una capacidad instalada de 3,2 millones.

Segundo tema importante: Fueron 27 las empresas productoras de biodiésel que firmaron el convenio para abastecimiento del cupo. De ese total, 17 entrarían el perfil de mediana empresa, con menos de 100.000 toneladas de capacidad anual.

Hay algunos ejemplos interesantes dentro de ese grupo. Uno es del la firma entrerriana Héctor Bolzán y Cía., que opera en la siembra de cultivos, el acopio, la molienda de soja, la fabricación de biodiésel y la ovoavicultura. Es un ejemplo clarísimo de agregación de valor en origen, de “industrializar la ruralidad o ruralizar la industria”, como dijo Gustavo Grobocopatel cuando le tocó inaugurar la fábrica de fideos que levantaron en Chivilcoy. 

O está el caso de Aripar Cereales, de Daireaux, que en 2006 se lanzó a construir su planta de biodiésel a partir de aceite de soja, integrando con fierros y mano de obra, la unidad de negocio del acopio.

O Pitey SA, que tiene la planta en Mercedes (San Luis) y está colocando el expeller en el mercado chileno para las industrias avícolas y porcinas. Ojalá pronto seamos los argentinos los que estemos criando estos monogástricos con destino a la exportación en estas regiones extrapampeanas.

En la otra punta están los grandes players globales, como LDC (Dreyfus) o Cargill, o los joint ventures con compañías locales, o los grandes emprendimientos de las aceiteras argentinas líderes, como AGD y Vicentín, o grupos económicos como Eurnekian (Unitec Bio) o  Lucci (Viluco).

El dato es que las 10 grandes tienen el 83% de la capacidad de producción, pero el 53% del cupo para el corte interno. De acuerdo a lo que dicen los mismos empresarios locales, el precio que establece la Secretaría de Energía deja una utilidad razonable y otorga previsiblidad porque se arbitra en valores de mercado.

En síntesis, un negocio generado a partir de una herramienta de política activa, que nació en 2006 y que hoy está dando oportunidades al pequeño y mediano empresariado nacional. Que va por su tercer año consecutivo de ejecución y que puede ser un ejemplo de que cuando los argentinos queremos, podemos.

Signo de los tiempos: Los Grobo ya no aumentan el área en la Argentina e invierten en industrializar el trigo

El lunes 19 Los Grobo estarán inaugurando en la localidad de Chivilcoy una planta de fabricación de pasta seca, que les demandó una inversión de 20 millones de dólares.

Hace once años, esta empresa familiar originaria de Carlos Casares desembarcaba en el negocio de la molienda adquieriendo una planta en la localidad de Bahía Blanca. Los Grobo encontraron que agregarle valor al cereal que producían por medio de la industrialización era también un buen negocio.

Poco después expandieron su operación comprando la tradicional firma Molinos Cánepa en Chivilcoy, alquilando otros dos, y llevando los negocios a Brasil, con la comercialización de harina de trigo argentino.

Hoy, Los Grobo que son el cuarto grupo molinero argentino en volumen y en exportación, anuncian que tras haber invertido 20 millones de dólares están listos para encarar la fabricación comercial de pasta, es decir fideos secos del tipo spaghettis o tallarines, productos conocidos como “pasta larga” y maccarrone entre la pasta corta.

La inversión está preparada para producir unas 1.800 toneladas de pasta por mes, que requerirá aproximadamente un 15% de la producción de harina de trigo del molino Cánepa.

Así la empresa de Casares sigue avanzando en la cadena de valor. Están en la genética de trigo por medio de su participación en Bioceres; siembran, comercializan y exportan el cereal; industrializan el cereal para obtener distintas harinas y subproductos que también vuelcan al mercado interno y externo. Y a partir de ahora utilizan la harina que fabrican para hacer pasta seca, también con destino a ambos mercados.

Son ya tres eslabones en la cadena del cereal donde están operado, pero van por más. Está en carpeta el armado de un molino de trigo candeal (que ya está comprado), para hacer fideos de esta especie de trigo, que logran en el mercado un valor superiores a los elaborados con trigo pan.

El efecto de la industrialización sobre el valor del producto es notable.

Mientras la tonelada de trigo hoy ronda los $700 (debería ser más si se pagara el FAS teórico), la tonelada de harina común se acerca a los 1.000  y el equivalente en pasta arranca  en un piso de 2.500 y puede llegar tranquilamente a $7.000 según tipo de producto, marca, etcétera.

En este sentido, la compañía de Casares marca un rumbo en cuanto a la visión del negocio.

Y acá podemos trazar una separación entre los 90 y la actualidad. Cuando los casarienses comenzaron a ser noticia en los medios especializados, lo eran por la superficie que sembraban. Su “instalación” pasó porque esta gente del sur hacía más de 70.000 hectáreas y porque habían sido innovadores en el negocio de la agricultura en campos alquilado. En los años subsiguientes esa tendencia a vincularlos noticiosamente con el área sembrad continuó.

Hoy, son noticia por el área sembrada en Brasil, no en la Argentina. Aquí lo son porque están invirtiendo en avanzar en la cadena de valor agroindustrial. Y no es casualidad.

Con esta inversión, Los Grobo están creando puestos de trabajo para la comunidad de Chivilcoy. Están moviendo prestadores de servicios, de bienes de capital y de insumos, que no se mueven con la materia prima. Mario Bragachini, del INTA Manfredi, cita el ejemplo de los italianos, que importan trigo y exportan pasta y menciona que producir 10.000 toneladas de trigo genera 14 puestos de trabajo, pero procesar el trigo para hacer fideos genera 315 puestos.

Comunicacionalmente, para algunos sectores, puede resultar muy vistoso que una empresa que el año pasado sembró 100.000 hectáreas este año aumente el 20%, pero en definitivas son hectáreas que otro está dejando de sembrar. Es vestir a un santo para desvestir otro.

Pero levantar una planta industrial, ahí donde no había nada, ¡eso sí es crear riqueza en forma genuina!

Anticipan que habrá una teleconferencia con la Presidenta de la Nación durante la puesta en marcha de la fábrica. 

Posiblemente no faltará el trasnochado al que no le guste esto. Lo que no se dan cuenta es que la agregación de valor debe ser una Política de Estado que trascienda cualquier gobierno y Los Grobo van en esta línea. En los 90 -cuando la Argentina importaba más pollo del que exportaba- la empresa era básicamente una agropecuaria y cerealera. Hoy, cuando el volumen de pollos exportado se ha multiplicado por 11 respecto de 2000, Los Grobo son una compañía agroindustrial que muele y procesa con productos cada vez más sofisticados.

Forestación y agricultura, dos iniciativas que podemos emprender para mitigar el calentamiento global

Sin entrar en gran detalle sobre la cuestión del calentamiento global o cambio climático, podemos decir sí que hay quienes fundamentan su existencia y otros que la minimizan o directamente la niegan.

Posiblemente el conocimiento humano todavía no esté en condiciones de precisar con total certeza si el clima del mundo está cambiando hacia el calentamiento o no. Pero de la misma forma tampoco se podría negar que algo está ocurriendo.

Por eso en esta ocasión es interesante ir al planteo que hiciera en su momento el científico Freeman Dyson en su obra “De Eros a Gaia” y que recientemente relanzara en un debate público sobre el cambio climático. Sintéticamente la propuesta de Dyson sería “haya o no un cambio climático, podemos ir haciendo algo”.

Hay un dato que es prácticamente irrefutable: el incremento de la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera, fruto de la creciente actividad humana y el consumo de combustibles fósiles como el petróleo y carbón.

Todo es carbono que permaneció secuestrado durante millones de años como petróleo, sacado del circuito que integran atmósfera, suelo, plantas y animales, está siendo liberado abruptamente por el hombre, colaborando con el llamado efecto invernadero. El círculo vicioso se acelera por el proceso de deforestación que remueve lo que representaban importantes sumideros de dióxido de carbono.

Y ahí está el quid de la cuestión. No podemos afirmar (o sí) que el aumento de la concentración de carbono en la atmósfera esté cambiando el clima, pero ante la duda podemos tratar de secuestrar dióxido de carbono. ¿Cómo?, por medio de las plantas.

El metabolismo de los vegetales es el mejor aliado contra el posible cambio climático. Gracias al proceso de la fotosíntesis, con luz solar y agua (más nutrientes), las plantas capturan dióxido de carbono del aire, para formar formar compuestos orgánicos que almacenan energía útil para la vida, liberando oxígeno en el proceso.

En los 80, Dyson hablaba sencillamente de plantar árboles para ir removiendo el carbono atmósferico. En la actualidad apuesta a la biotecnología y al desarrollo de árboles genéticamente modificados, intervenidos para maximizar ese secuestro de carbono. Hay otras opciones, como gramíneas altamente eficientes en secuestrar carbono, incluso en forma de fitolitos, es decir biominerales (con sílice mayormente) que mantienen el carbono fuera del circuito atmosférico por cientos o miles de años.

También la siembra directa colabora con dióxido de carbono de la atmósfera en comparación con la agricultura convencional con labranzas, donde el proceso de mineralización promovido por los arados transfería anualmente el carbono del suelo al aire.

Pero tal vez podríamos ir un paso más allá todavía. ¿No puede la humanidad promover un cambio climático, pero positivo?

La mayor parte del planeta que no está cubierta con agua son regiones áridas o semiáridas. Solamente en nuestro país alrededor de un 70% cumple con esta condición.

¿Qué pasaría si en las regiones más cálidas del planeta y de mayor incidencia de la radiación solar, se emprendiera un plan de generación de biomasa a gran escala (combinando árboles con gramíneas), a partir de agua desalinizada?

Imagino grandes superficies colectoras de energía solar que proveen la energía para el proceso de desalinización del agua de mar y una delgada línea verde vegetal que desde la costa avanza hacia el interior del desierto. ¿En qué momento esa superficie de masa vegetal alcanzaría el nivel crítico para impactar sobre la atmósfera (a nivel local), disminuyendo la temperatura del aire y facilitando la ocurrencia de lluvias convectivas, e iniciando así un cambio de sentido en el proceso climático?

Si bien sería ruinosamente deficitario la economía de un sistema así, el servicio que estos países y regiones le estarían brindando al planeta podría ser recompensada por los mismos países emisores de CO2, generando una transferencia de riqueza por el servicio ambiental prestado.

Pero de vuelta a lo cotidiano no estaría mal para la Argentina explorar la vía del secuestro de carbono. Forestación con destino a la construcción o como servicio ambiental (paisajístico o de recreación). Planes para la producción de biomasa a gran escala para la generación de energía limpias (en forma indirecta mitiga la emisión de gases de efecto invernadero por menor consumo de combustibles fósiles). Mantenimiento de coberturas verdes durante las épocas de barbecho, siembra directa y fertilización para la generación de biomasa y secuestro de carbono con los rastrojos.

La Argentina posee una cantidad de interesantes recursos por medio de su agricultura para ayudar a mitigar el cambio climático, si es que efectivamente está en marcha, y contribuir de esa manera a solucionar un problema global.

Molinería, una agroindustria que está consolidando su lugar en el mundo

Cuando se habla de la agroindustria argentina, la atención suele concentrarse en el cluster del crushing de soja, donde somos los terceros productores mundiales y primeros exportadores de aceite, harinas y biodiésel.

El impacto de esta cadena es innegable, al punto de ser el primer generador de divisas del comercio exterior local.

Sin embargo, no es la única actividad de transformación industrial que viene consolidándose interna y externamente en este nuevo orden agroalimentario global.

Una es la cadena avícola, que viene experimentando un crecimiento sostenido merced a las condiciones macro externas e internas y al hecho de tener una visión de desarrollo de largo plazo, plasmada en un plan estratégico.

Es tiempo, ahora, de ocuparnos de la industria molinera

En 2011 volvió a superar la barrera del millón de toneladas exportadas, lo que la ubica entre el tercer y cuarto lugar global, palo y palo con la Unión Europea en su conjunto.

Esta industria tiene la característica de pertenecer a capitales nacionales en su casi totalidad (la única excepción es Cargill), encontrarse bastante desconcentrada y radicada a lo largo y ancho la geografía productiva triguera. Es un buen ejemplo de agregado de valor en origen, con generación de empleo local.

Sin embargo, el comercio mundial de harina de trigo es bastante duro, por la misma razón. Los países prefieren comprar el grano e industrializarlo fronteras adentro, que importar el producto terminado.

Para dimensionar la cuestión, respecto de una producción global de trigo que el International Grain Council estima en 653 millones de toneladas  para la campaña 2010/11, el intercambio del grano asciende a 126 Mt (el 19%) y el de harina a unas 12 Mt expresadas como equivalente trigo.

El primer exportador mundial es Kazajistán (con unas 3 Mt), luego Turquía, con más de 2 y luego vienen la Argentina y la UE, oscilando entre 1,2 y 1,5 Mt equivalente trigo.

Tradicionalmente, la molinería argentina tuvo como principales clientes a Brasil, Bolivia y Chile. Pero en los últimos tiempos parece estar consolidando nuevos mercados, que amplían el horizonte fronterizo.

En 2011, el tercer destino luego de Brasil (674.000 toneladas) y Bolivia (201.000 toneladas) fue la africana Angola, con 70.800 toneladas. En cuarto lugar, y desplazando a Chile (que sabía ser el tercer destino), se ubicó Haití, con casi 22.000 toneladas.

En tanto, Cuba sumó otras 11.000 toneladas a la performance exportadora de esta industria, cuyo valor FOB total rondó los 400 millones de dólares.

En tanto, el volumen procesado va creciendo sin prisa pero sin pausa. La proyección para 2011 (falta el dato oficial correspondiente a diciembre al cierre de esta edición) se ubica en unas 6,5 millones de toneladas cuando en 2005 la estadística señalaba una industrialización de 5 Mt, lo que indica un crecimiento de 30% en ese lapso.

Con un mercado interno ya maduro, que solo crece con el aumento vegetativo de la población, el horizonte de crecimiento de esta industria está en la exportación.

La era de la convertibilidad concluyó para la molinería con magras colocaciones que rondaban las 350.000 toneladas al año.

A partir de ahí comenzó a tomar vuelo hasta cerrar 2006 con cerca de 700.000 toneladas. Y a partir de ahí se consolidó con un volumen que alcanzó su récord en 2008 con 1,03 millón de toneladas, apenas un poco más que en 2011.

El desafío de la cadena triguera es también sostener una industria competitiva y en expansión, que en definitiva es responsable de la adquisición de casi el 50% de una cosecha promedio. Y esa competitividad pasa por sostener la penetración de las harinas argentinas en los mercados de ultramar, tarea compleja pero no imposible como lo demuestra la performance de 2011.

El otro desafío es seguir creciendo en producción, en un mundo donde el consumo de trigo en determinadas regiones goza de buena salud. 

 01 de febrero de 2012

Factoría Fotosintética o Agro con Desarrollo Industrial

Hace un tiempo publicaba en este mismo espacio que “la agregación de valor es lo que define al modelo”. Es hora de retomar la cuestión a la luz del debate eleccionario.

Podríamos imaginar una misma producción granaria, por ejemplo la de las 100  millones de toneladas, bajo dos formatos completamente distintos.

En el primero, el país importa todos los insumos y los bienes de capital que se necesitan para alcanzar esa producción -la genética, los fitosanitarios, los fertilizantes, los tractores, sembradoras, cosechadoras- y exporta esos granos tal cual como salen de los lotes.

En el segundo, también producimos 100 millones de toneladas. Pero todos los insumos y bienes se producen dentro de nuestras fronteras y el grano que se cosecha, se procesa y transforma ahí nomás de donde se producen.

En este segundo caso, en la Argentina hay fábricas de tractores, cosechadoras, sembradoras y fumigadoras, que consume energía y acero, y crean puestos de trabajo. Hay fábricas de fertilizante que demandaron inversiones multimillonarias y mucho conocimiento, generando además más puestos de trabajos. Hay ingenieros agrónomos argentinos con doctorados en mejoramiento genético junto a biotecnológos trabajando en semilleras pequeñas, medianas y grandes que crean germoplasma y eventos para los productores locales y licencian los frutos de su trabajo intelectual a otros países del Mercosur y más allá.

En este segundo caso en cada pueblo se ha montado una aceitera, que vuelca las harinas proteicas a los galpones de cría porcina y avícola que han surgido en torno a los campos de producción. Hay también plantas de bioetanol que producen energía para la región no solo a partir de granos sino también de la celulosa que hasta el presente se desperdiciaba.

Las granjas avícolas y porcinas se han integrado a la industria frigorífica y forman sus propias redes asociativas o se integran al tejido cooperativo rural.

De esta forma, el precio del grano ha ido dejando de arbitrarse por los puertos de exportación para basarse en la competencia de los transformadores por la materia prima. Pero muchos productores ya son socios o parte del negocio de la proteína animal, con lo cual ahora captan una tajada mucho mayor en la renta de la cadena agroalimentaria.

Por otra parte se ha desarrollado una fuerte cultura de marketing de los alimentos y ahora cualidades como el origen son reconocidos en el mercado internacional. Los productores, asociados en las industrias alimentarias, participan de los consejos de denominación de origen y marcas, y se integran a las misiones comerciales al exterior para posicionar sus productos.

Medido en toneladas de granos, el resultado sería el mismo, pero estamos hablando de dos países completamente distintos.

En el primero la Argentina constituye una plataforma fotosintética para que los cultivos capten la energía solar y el agua que cae en las pampas y produzcan el grano que necesitan los compradores internacionales.

En el segundo modelo, aprovechamos esa necesidad y la satisfacemos, pero generamos valor aguas arriba y abajo del eslabón productor de los granos. Podemos decir que así creamos riqueza con equidad.

En principio, ningún político diría que está en contra del segundo modelo. Sin embargo, la realidad nos muestra que el modelo de la factoría fotosintética se encuentra tan internalizado en algunos sectores políticos y sociales, que solamente haciendo explícita la necesidad de agregar valor en origen se puede revertir esa concepción del papel del agro en la economía argentina.

La respuesta de JPP a Pedro Peretti

Estimado Pedro

Nadie podría estar en contra -y de hecho estoy a favor- de profundizar tanto como sea posible la industrialización de las materias primas agrícolas en el origen, de la diversificación de la producción y del desarrollo de la Argentina rural.

Ahora bien, de tu respuesta quisiera contestar a dos cosas puntuales: la vuelta a la chacra mixta y la sojización durante el ciclo K a la que hacés mención.

Respecto de este último punto, afirmás que el gobierno de los Kirchner es “concentrador y sojizador” porque en su gobierno el área sembrada aumentó 6 millones de hectáreas.

Veamos un poco la historia. En el tercer gobierno del Gral. Perón, el área se incrementó 160%, porque pasó de 169.000 a 442.000 hectáreas. Durante el Proceso, el salto fue más grande aún, ya que desde esas 442.000 el área creció a 2,36 millones (433%).

Con Alfonsín, no aflojó para nada. Fue un incremento de 98%, hasta llegar a las 4,67 millones.

Menem aportó lo suyo y dejó su gobierno con 8,40 millones de hectáreas, es decir un 80% más.

Tampoco el tándem De la Rúa/Duhalde le sacó el pie del acelerador a la sojización, dejando 12,6 millones para 2003, o sea un salto de 58%.

Con Néstor, el aumento fue de 28% hasta llegar a 16,1 millones y con Cristina del 14% hasta alcanzar 18,7 millones.

O sea, tomás el valor absoluto (que efectivamente ocurrió), pero lo desprendés del resto de la tendencia y se lo imputás a quiénes son hoy tus adversarios políticos, aunque ya no para la Presidencia de la Nación. El hecho es que en el mundo entero, el área con soja creció mucho más que el área con cereales (hay un gráfico muy claro de la fundación Producir Conservando al respecto).

Te propongo, Pedro que tomemos otros indicadores más imputables a la realidad de estos años. Por ejemplo, ¿cuántas nuevas pequeñas aceiteras se abrieron en estos años? ¿Cuántas nuevas plantas de alimento balanceado hay hoy en la Argentina respecto de 2003? Un dato: el consumo de alimentos balanceados pasó de 8 Mt a 14 Mt entre 2004 y 2010, según la misma cámara de balanceadores. Eso, creo yo, tiene que ver con una tendencia a agregar valor en origen , por parte de las pymes, y no de las grandes compañías “concentradas”.

En cuanto a la diversificación, lamentablemente, la agricultura global extensiva es muy poco diversificada. Las 670 Mt de trigo, las 870 Mt de maíz, las 450 Mt de arroz y las 270 Mt de soja, explican casi todo lo que necesita el sistema mundial para producir alimentos, incluyendo las proteínas animales.

La forma de generar trabajo rural no es haciendo cuatro años de agricultura y cuatro de ganadería, sino integrando al productor en la cadena de valor, con la cría porcina, avicultura, acuicultura, etcétera, utilizando las redes de las cooperativas, u otras formas asociativas.

En cualquier pueblo de los que visito me encuentro no con el productor que hace de todo, sino con el que se integra a todo. Pueden ser dueños de campo, que alquilan o no, tienen maquinaria para su propia producción, pero también dan servicios a terceros, se asocian con distribuidores y acopios para sembrar y hasta ya están participando en emprendimientos de transformación industrial o en producciones ganaderas intensificadas, como es la cría porcina.

Coincido en lo de “qué culpa tiene la soja”, pero en vez de combatirla tendríamos que ver cómo la aprovechamos mejor.

Un fuerte abrazo

¿Alianza Anti Soja? Pedro Peretti contesta editorial

Tras la presentación de Chacareros en Proyecto Sur, la agrupación del dirigente de la FAA, Pedro Peretti, realicé una editorial basada en la proclama “ni un metro cuadrado más de soja” que el líder federado había manifestado en la reunión.

El artículo http://infocampo.com.ar/application/output/documentos/1f1abe277e87c5fee0aff8e172b144fd.pdf criticaba el alineamiento de Peretti, un hombre proveniente de la agricultura pampeana, con una fuerza donde sobresalen los críticos de lo que llaman “el modelo sojero”, centrado en que usa glifosato, en que es un cultivo transgénico, en que es donde reinan los monopolios, los pooles de siembra y los grandes grupos concentrados.

Como ya escribí en alguna oportunidad, más bien habría que preguntarse por qué más de 60.000 productores en la Argentina eligen cultivar la soja y no otros cultivos, antes que hacer campaña en contra de su producción.

A continuación, la respuesta de Pedro Peretti, del 03 de mayo de 2011.

En un artículo publicado en la semana del 15 al 21 de abril, Javier Preciado Patiño me ubica como parte de una supuesta “conspiración nacional contra la soja”. Parafraseando una vieja canción de la Guerra Civil española que cantaban los republicanos, decía: “qué culpa tiene el tomate que está tranquilo en la mata, si viene un hdp que lo mete en una lata y lo manda para caracas”, podríamos decir exactamente lo mismo de la soja… qué culpa tiene esta noble oleaginosa de lo que se desata a partir de sus virtudes, ni tampoco puede hacerse cargo de sus exegetas.

No sé de donde sacó Javier que estamos contra la soja. De lo que estamos en contra es del monocultivo, de la deforestación indiscriminada, de los pooles de siembra, de los monopolios exportadores o de los que quieren cobrar patentes sin respetar el uso propio de las semillas, nunca se nos ocurrió asociar a la soja al pecado o al delito. Lo que si creemos fervientemente es que no hay monocultivo bueno, ni concentración económica que no sea perjudicial. Eso es lo que estamos discutiendo y cuestionando, y a eso se refiere la consigna que cita parcialmente Javier en la nota, “Ni un metro más de soja, ni un centímetro menos de bosque”. Como verás no dice no sembremos más soja o dejemos de sembrarla definitivamente, dice: “ni un metros más” o sembremos menos, tratando de explicar que estamos sobre lo razonablemente aconsejado, que es una cosa totalmente distinta.

Es importante remarcar que no somos sólo nosotros los que estamos alertando sobre el monocultivo sojero en el modelo agropecuario nacional. Otto Solbrig, casi el padre de la siembra directa en el mundo, lo señala en la teleconferencia del 20 de octubre de 2010 (que se puede ver en la página web de Agrositio ; también el premio Nóbel de Economía, Prof. Joseph Stiglitz, alerta sobre la primarización de la economía y soja-dependencia en un reportaje efectuado por el diario Clarín el día 25 de diciembre de 2010; y el trabajo del INTA Casilda sobre los efectos nocivos sobre el suelo del monocultivo de soja, publicado en el diario La Nación del día 16 del corriente mes, alerta en el mismo sentido. Son voces más que autorizadas del mundo científico y productivo. 

 Por esto, creo sinceramente que la Argentina debe discutir un plan de diversificación productiva, de agregación de valor en origen y recuperación de sus chacras mixtas, que saque al país de esta primarización de su economía agraria y ponga el field de la balanza también, en las cuestiones del arraigo y las migraciones rurales internas que tantos dolores de cabeza nos trajeron en los últimos tiempos y de las cuales el monocultivo es una de sus génesis.

Javier incurre en una confusión al meter a todos en una misma bolsa, y construye una teoría conspirativa que no tiene nada que ver con la realidad.

El oficialismo es el principal responsable de la sojización en la Argentina. A las pruebas me remito: desde que el kirchnerismo ocupó el sillón de Rivadavia, y tomando cifras oficiales, se sembraron 6.143.155 ha más de soja. Así que aquí el doble discurso de algunos está más que a la vista. Mientras muchos criticamos esta realidad, y actuamos en consecuencia, el oficialismo verbaliza críticas pero actúa a favor de la concentración y el monocultivo.

En cuanto a Proyecto Sur, nosotros hemos planteado con claridad el retorno a la chacra mixta y vamos a poner a consideración de la ciudadanía un proyecto de fideicomiso integrado por el 10% de las retenciones de los 5 principales cultivos, a los efectos de organizar un plan de recuperación de taperas, agregación de valor en origen y diversificación productiva para aquellos pequeños y medianos productores que quieran salir del monocultivo y volver a la ruralidad.

Queremos devolver las retenciones de hasta 10 mil quintales con tal de que se incorporen al programa antes mencionado. Ese es el principal instrumento financiero, con el cual proponemos un programa de retorno a la chacra mixta, que tiene que ver con la rotación y con la vuelta de la ganadería a la Pampa Húmeda.

La Argentina debe, además, discutir un plan de colonización lácteo que proteja a sus cuencas lecheras del avance del monocultivo, y que genere más tambos y más tamberos, pues esta es otra debilidad intrínseca de nuestra economía agraria, que cuenta con una ínfima cantidad de tamberos (apenas un poco más de 8 mil). Todas estas cosas tienen que ver con la seguridad y la soberanía alimentaria, y se relacionan directamente con la sojización.

La creación de una política nacional porcina -actividad típica de la agricultura familiar- que frene las importaciones de carne de Brasil, Chile y Dinamarca, tiene que ser parte de este debate y debemos tratar de construir en conjunto, con la presencia indispensable del Estado, y es el inicio a una salida razonable al monocultivo sojero.

Por lo tanto, estimado amigo, no es una cruzada antisoja, es una cruzada antimonocultivo: una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa.

Que exista rotación agrícola-ganadera es absolutamente más eficiente que el monocultivo sojero y no sé por qué Javier la subestima tratándola de “antigua”. Transformar cada chacra en una fábrica, agregando valor y generando trabajo, a mi entender, es la forma más eficiente y moderna de pensar la producción.

Vender soja en grano, sin agregar valor, solamente para satisfacer las necesidades del capitalismo asiático, no parece ser precisamente un modelo moderno y menos aún virtuoso, sino que es algo muy similar a lo que pasaba en la primera mitad del siglo veinte, en donde el “monocultivo era ganadero” y le vendíamos carne solamente a Inglaterra; proceso que terminó haciendo crisis en la década del 30 con el célebre pacto Roca-Runciman.

No creo que sea sólo es cuestión de modernidad o antigüedad, es cuestión de sentido común plantear que este país necesita industrializarse, porque no será reprimarizando la economía agraria ni sembrando soja hasta debajo de la mesa es como se va a generar el trabajo; y menos aún pensando que la Pampa Húmeda sólo puede ser agrícola.

Que en la Argentina haya 60.000 productores de soja es un dato que no dice nada en sí mismo, como tampoco lo hace que haya 211.000 ganaderos o 50842 porcinicultores; el número en sí no significa mucho si no se lo relaciona con el tamaño y facturación de la explotación, allí si podemos sacar conclusiones más significativas que puedan marcar concentración, minifundio, o tamaño óptimo de la chacra. Además, acá no estamos planteando que un pequeño o mediano productor no siembre soja, lo que estamos diciendo es que por el bienestar de él y de la Nación no debe poner todos los huevos en la misma canasta. Es un consejo de sana economía, tan viejo como la humanidad misma.

Proyecto Sur propone un programa completo para la diversificación productiva, con la creación de un fideicomiso que asegure fondos para la agregación de valor en origen y el financiamiento que debe ser necesariamente estatal de esta agricultura que genere arraigo y mucho trabajo, y debe necesariamente imbricarse con la industrialización del país.

Bajo ningún punto de vista estamos en contra del desarrollo científico tecnológico, y menos aún contra el avance en materia de biotecnología. Creemos que la Argentina debe proteger esa vanguardia de inteligencia productiva que tiene en su sector rural y que debe ser la punta de lanza para empresas de mayor valor agregado y generación de trabajo en otras ramas de la economía, como ser la metalmecánica, la siderúrgica, la industria del software, etc.

No tenemos ningún tipo de prejuicio antisoja ni antidesarrollo científico, ni somos atrasistas. Sí somos contundentes a la hora de condenar la concentración de tierras y rentas, los monocultivos, la deforestación y todo aquello que haga que la agricultura no sea sustentable en el tiempo y amigable con su entorno.