‘Política’

Los diez mandamientos para el Modelo Agroindustrial del Bicentenario

Por Javier Preciado Patiño

Hay un elemento que puede ser indicador de los tiempos que vive la Argentina en su relación con el mundo y esto tiene que ver con los términos de intercambio. Este concepto refiere a cómo evolucionan los precios de las exportaciones de un país, respecto de las importaciones.

Tradicionalmente, en el Siglo XX la evolución de los mismos fue negativa. Es decir, mientras nuestras exportaciones tendían a decaer en precios, las importaciones evolucionaban en dirección contraria, haciendo que el poder de compra de los productos argentinos de exportación se deteriorara a lo largo del tiempo. Sin embargo, hoy algo ha cambiado.

Si se toma 1993 como base 100, resulta que los términos de intercambio se mantienen sin grandes variaciones hasta 2002, cuando empiezan a evolucionar positivamente hasta alcanzar un índice de 149 en 2011. Esto puede responder a múltiples factores, como ser el aumento de los precios de los commodities, una mayor participación de productos industrializados en las exportaciones, el abaratamiento de los productos importados o su sustitución.

Pero lo relevante acá es que hay un cambio de tendencia que nos favorece y que podemos capitalizar promoviendo la industrialización de las materias primas agrícolas para incrementar la riqueza del país. Este modelo que suma campo e industria, consumo interno y exportación, mercado y Estado puede denominarse Modelo Agroindustrial del Bicentenario.

A modo de decálogo, podríamos citar diez mandamientos para su consolidación:

1.- Producir más. Elevar la producción de materias primas como base para el crecimiento. En el caso de la agricultura extensiva, llegar a las 160 millones de toneladas en 2020, con un portfolio más diversificado, en particular hacia el lado de los cereales.

2.- Procesar más. Fortalecer e incentivar toda actividad transformadora de las materias primas, con el objetivo de agregar valor y generar empleo. Alargar la participación nacional en la cadena tanto como sea posible.

3.- Diversificación. Impulso a las producciones extrapampeanas y a las alternativas, buscando el desarrollo armónico del territorio.

4.- Sustentabilidad social. Sostenimiento de los actores económico sociales actuales y promoción del ingreso de otros nuevos. Promoción del asociativismo y conformación de redes colaborativas.

5.- Integración vertical. Promoción de la participación del productor primario en procesos industriales, con el objeto de incrementar su renta en la cadena agroalimentaria.

6.- Financiamiento. Rol del Estado en la implementación de herramientas de apoyo financiero para capital de inversión, priorizando agregado de valor, generación de empleo y exportaciones.

7.- Sustitución de importaciones. Promoción de la producción nacional de insumos y bienes de capital necesarios para los procesos de producción primaria e industrial.

8.- Desarrollo local científico tecnológico. Articulación público privada para el desarrollo de soluciones agroindustriales para problemáticas no satisfechas.

9.- Vigoroso mercado interno. Políticas favorables al consumo de los argentinos, para sostener un mercado interno en equilibrio con la exportación.

10.- Agresiva política comercial externa. Potenciar los vínculos comerciales con los países demandantes de alimentos, en particular en Asia, África y Sudamérica.

Efecto agroindustrial: La tonelada de galletita exportada vale siete veces más que la de trigo



Les propongo repasar estos números correspondientes a las exportaciones de febrero de 2012. Mientras que el valor FOB de la tonelada de trigo pan se ubicó en 250 dólares, la de harina lo hizo en 371 u$s, la de pan rallado en 900 y la de galletitas sin sal en 1.687 dólares, es decir casi siete veces más que la del grano.

Esto es agregar valor. Y pensar que hay quienes siguen reclamando la vuelta al Granero del Mundo, metáfora del Modelo Agroexportador del Centenario, soñando con que el grano saliendo de la tranquera en dirección a los puertos será suficiente para generar riqueza para los actuales 40 millones de argentinos.

Por el contrario, el Modelo Agroindustrial del Bicentenario debería apuntalar el direccionamiento de los granos hacia las actividades de transformación de primer y segundo escalón emplazadas en nuestro territorio, porque como dice el economista Gabriel Delgado, es la diferencia entre exportar desempleo o trabajo argentino.

Porque cuando vemos los volúmenes, van en exacto orden inverso al del valor. En febrero exportamos 1,25 millón de toneladas de trigo, contra 84.000 de harina, 22 de pan rallado y 19 de galletitas. El mundo no es tonto y prefiere comprarnos la materia prima para darle empleo a sus trabajadores en vez de productos de alto valor agregado con trabajo argentino.

Entonces, ¿por qué hay compatriotas que se empeñan en levantar la bandera de la exportación de materias primas, aduciendo que llevan “agregado de valor global” o “agregado de valor hacia atrás”? ¿O denostan a la agroindustria por “parasitaria” o “subsidiaria”?

En el mejor de los casos podemos incrementar la producción física y mejorar los saldos exportables (en trigo podríamos estar perfectamente en 22 o 24 millones de toneladas), pero en simultáneo también podemos consolidar los mercados para los productos agroindustirales, las Manufacturas de Origen Agropecuario, que involucran dos, tres o siete veces más de valor por tonelada exportada.

Lo complejo de la situación es que nadie se presenta abiertamente como un primarizador de las exportaciones, sino que son sus argumentos o propuestas lo que llevaría al modelo de la Factoría Fotosintética http://blog.infocampo.com.ar/Con-valor-agregado/factoria-fotosintetica-o-agro-con-desarrollo-industrial.html, es decir la de una cadena agroalimentaria local que privilegia la salida de sus granos hacia los puertos, dándole la espalda a los sectores lácteo, porcino, avícola, de los biocombustibles, de la molienda húmeda y seca, de la molienería, etcétera, etcétera.

El mundo al revés: “preocupa” que se frene la importación de carne porcina brasileña


Lo que el sector porcino argentino presentaría como un logro, es llevado por La Nación a sus lectores como algo negativo. El espíritu que sobrevuela el artículo es claro: hacerse eco del reclamo de los productores de carne porcina brasileña porque caen sus ventas a la Argentina como consecuencia de las trabas gubernamentales al comercio exterior.

¿Qué dirán los Blaquier o los Paladini, o los cooperativistas de la ACA, o el mismo Eduardo Buzzi, del “problema” que tienen los porcicultores brasileños?

La nota de La Nación deja en evidencia dos cosas: a) que cualquier argumento para pegarle a los Kirchner es bueno y b) que no está claro cuál es la visión de la cadena de valor agroalimentaria argentina.

Vayamos al segundo punto, que es el que nos compete. Para lo que es nuestro consumo interno, rebosamos de maíz (aunque podríamos producir perfectamente 50 millones de toneladas) y de soja, dos granos que pasados por el tracto digestivo de un monogástrico (cerdos o pollos) agregan un valor infernal y crean trabajo para argentinos.

El gobernador Urribarri puede dar cuenta de cuánto le cambió la cara a la provincia de Entre Ríos el desarrollo de la industria avícola. Durante la convertibilidad, esta industria languidecía compitiendo únicamente en el mercado interno, encima contralas pavitas de la brasileña Sadia. Pasada la crisis de 2002 arrancó con un plan de crecimiento que duplicó la faena y la llevó a exportar más de 300.000 toneladas contra unas 45.000 en 2001. Así no solo generó empleo directo sino que movió a toda una cadena de prestadores de servicios y de bienes de capital que atienden este fenomenal crecimiento.

La industria porcina está a las puertas de vivir un boom similar. En 2003 se faenaban menos de 2 millones de cabezas. En 2011 se faenaron más de 4 millones y la previsión es llegar a 10 millones en 2016. Estos datos fueron presentados en el último Outlook del Dto. de Agricultura de los Estados Unidos.

Los argentinos estamos comiendo cada vez más carne de cerdo y eso hace que desde el pequeño productor federado hasta el magnate del negocio estén metiendo plata en aumentar la producción. La Asociación de Cooperativas Argentinas está montando un mega emprendimiento en San Luis, para tener 5.000 madres en producción. Ya llevan un tercio de esa cifra. Y con los desechos van a producir biogás para generar electricidad. ¿Qué dirán estos productores rurales que hayan caído las importaciones de carne de cerdo de Brasil? 

Si la industria del chacinado importa carne, es porque todavía la producción nacional no está dando abasto. Pero este es el primer objetivo que se ha propuesto la cadena porcina: autoabastecer a la industria. Como paso número dos viene la etapa exportadora.

En verdad, es absurdo que Brasil esté preocupado por las exportaciones a la Argentina, un mercado que no les mueve la aguja. De ninguna manera esto amenaza al Mercosur. Por el contrario, los dos países deberían encarar una estrategia comercial agresiva para que los países que hoy nos están comprando (a brasileños y argentinos por igual) la soja o el maíz nos tengan que comprar la carne de cerdo o de pollo.

El artículo equivoca el foco en su afán por convertirlo en un hecho político. La realidad es que toda la cadena agroalimentaria está interesada en avanzar en el agregado de valor a los productos del campo. La asociación de la cadena de la soja está trayendo a expertos en acuicultura, porque ven que el desarrollo de esta actividad se constituiría en un buen cliente para los subproductos de la oleaginosa. Ese es el camino y no patalear porque se frena la importación de valor agregado a lo que los argentinos producimos.

La agroindustria transformadora de materias primas muestra signos de evolución

La Argentina se encuentra en una de las pocas regiones del mundo con capacidad para aumentar significativamente su producción agraria, lo cual nos convierte en actores necesarios de las décadas por venir.

Desde siempre, pero más ahora, los caminos a seguir son dos: o proveerle al mundo las materias primas para que le agreguen valor y las transformen en los lugares del destino, o apostar a la industrialización interna, con creación de empleo argentino, forzando a los importadores a comprar productos manufacturados, lo cual además mejora la balanza comercial.

El siglo XX nos muestra que el primer camino fue el que primó y que la inercia de la desindustrialización rural se prolongó hasta la crisis de 2001. La mayor paradoja de la convertibilidad fue al mismo tiempo que la Argentina era el segundo exportador mundial de maíz importaba carne aviar desde Brasil. Y la industria avícola local padecía la carencia de un mercado exportador.

Diez años después, algunas cosas van cambiando, aunque tal vez más lento de lo que esperaríamos, posponiendo la explosión de las exportaciones agroindustriales. Veamos.

1) El año pasado culminó con una industrialización récord de soja. Fueron más de 37 millones de toneladas que pasaron por la poderosa industria del crushing.

Pero al mismo tiempo crece la industria pyme de la molienda por extrusión, menos sofisticada, pero que distribuida en el interior productivo se integra a la red de transformación de granos en carnes. Ahí también se están alcanzando sucesivos records.La estadística oficial informa que el volumen fiscalizado de soja molida para alimento balanceado, que podría asociarse a esta categoría agroindustrial, pasó de menos de 260.000 toneladas en 2005 a casi 500.000 en 2011. Si bien es factible que la estadística oficial subestime largamente el procesamiento real, lo relevado es indicativo de una evolución.

2) Otra actividad que batió sus marcas fue la molienda de trigo, con 6,40 millones de toneladas del cereal. En 2005 se fiscalizaban menos de 5 Mt, es decir que se verifica un aumento de 28% en este lapso.

Con un consumo interno de harina estabilizado, el crecimiento de esta agroindustria viene dado por sus exportaciones, que en 2011 volvieron a superar el millón de toneladas de producto, lo que coloca a nuestro país en tercer o cuarto lugar como exportadores mundiales, cabeza a cabeza con el total de la Unión Europea.

De a poco, esta industria va consolidando la presencia del producto argentino en mercados extra Mercosur, como el Caribe y África.

3) También la cadena arrocera avanza colocando productos de alto valor en mercados como Venezuela, Senegal e Irak, y cada vez en mayor cantidad. El cultivo de arroz en la Argentina se está expandiendo más allá de la Mesopotamia y se amplía en Santa Fe y el NEA. Además, el sector cooperativo, con la de Villa Elisa a la cabeza, está liderando este proceso de agregación de valor y conquista de mercados.

4) Otro dato no menor es que la molienda fiscalizada de maíz se ha duplicado desde 2003 y ya supera las 4 millones de toneladas. Si bien el consumo interno de maíz es aún mayor, el dato oficial proveniente de la fiscalización es indicativo de la tendencia.

5) Por otra parte, los estudios sectoriales realizados por consultoras privadas avalan el fenómeno que se está produciendo. Hoy el sector vinculado a la nutrición animal cuenta con unas 700 empresas que emplean a 17.400 trabajadores. El sector ya está exportando por encima del millón de toneladas, por valor de unos u$s380 millones. El sector privado estima una producción cercana a las 15 Mt de alimento balanceado en 2011.

6) La industria avícola ya marca un rumbo, colocando carne fresca por más de 300 millones de dólares, a un valor de la tonelada que triplica el de la soja y quintuplica la de maíz. Dos datos nomás: en 2001 la faena fue de 343 millones de cabeza.En 2011 pasamos los 700 millones. En 2001 se exportaron 41.000 toneladas de productos, algo más de lo que se importaba. En 2011 se pasaron largamente las 300.000 toneladas. Ahí está la clave de la industrialización del agro.

Todo esto no es un tema menor, sino que tiene un fuerte carácter político. La diferencia esencial entre el modelo del siglo XX y el que el país necesita pasa por la integración de producción e industria.

Por eso llama la atención que desde algunos sectores insistan con solicitar medidas que perjudican la exportación de productos de valor agregado, privilegiando la exportación directa del grano tal cual. Si bien hay un reclamo justo en la merma que recibe el productor por su grano, respecto del FAS teórico, no es la solución reclamar que se anule el diferencial de derechos de exportación entre la materia prima y el producto industrializado. De hecho, en la cadena de la soja, la existencia de un diferencial a favor del biodiésel hace que en algunos momentos el productor llegue a recibir un valor por encima del FAS teórico.

La clave, entonces, es profundizar y acelerar el desarrollo agroindustrial, combinando la visión estratégica con medidas de apoyo, tanto en lo financiero, como en el comercio internacional. Esta es la vía incluso para que el productor rural pueda participar de la parte del león de la cadena, integrándose en escala por medio de esquemas asociativos.

En 1876 Vicente F. López ya anticipaba el debate por el Valor Agregado en Origen

El debate respecto de la orientación del país, si ser proveedor global de materias primas sin valor agregado (factoría fotosintética) o ser proveedor de alimentos de alimentos que han pasado por el proceso industrial (con consiguiente valor agregado) lleva por lo menos  135 años.

Es que en 1876, cuando se debatía la Ley de Aduanas, Vicente Fidel López, hijo del autor del himno nacional y destacada figura de la política, anticipaba la precariedad de una sociedad que no agregaba valor a su producción.  “Él (por Norberto de la Riestra) cree que nosotros, limitándonos a la producción de materias primas, podremos hacer frente con nuestras exportaciones al valor de las importaciones, ahora y siempre… tenemos que aclararlo: o dejamos de ser un país reducido a proveer materias primas, o persistimos en no producir sólo materias primas para llegar a ser ricos.  Si nos limitamos a seguir como hasta ahora, jamás saldremos de la pobreza, de la barbarie y del retroceso”, decía en ese momento en su rol de legislador nacional.

Otra frase es tan esclarecedora como esta: “Llamo la atención sobre la situación difícil en que se encuentra nuestro país (…) ¿y por qué? Porque no sabe manufacturar las materias primas que produce (…) nosotros tenemos nuestro desierto: pero nuestro desierto se agota tanto más cuanto que está habitado por gente que no trabaja y yo le diré al señor ministro por qué es que no trabajan; es porque cuando se tiene una expansión de 20 leguas que da una excelente renta al capitalista se la da a condición de tener la tierra y el país despoblado (…) es necesario que vayamos poblando nuestros inmensos campos y radicaremos menos (…) en la teoría de Azara que quería siempre el desierto con 40.000 habitantes y 40 millones de vacas. La república Argentina cuando tenga 40 millones de habitantes –que algún día no lejano lo llegará a tener- no ha de poder tener desiertos para 240 millones de ganados y aquel número de habitantes no lo podremos tener sino a condición de que seamos ricos por el trabajo. ¿Y sobre qué vamos a trabajar? Sobre nuestras materias primas precisamente”.

La argmentación de Vicente Fidel López es más que clara y cobra un vigencia inusitada. Hoy la remake del modelo agroexportador no alcanzaría para sostener un país de 40 millones de habitantes, como magistralmente preveía López. De ahí que esta reformulación hacia la “industrialización de la ruralidad” o el modelo del “valor agregado en origen” retoma el debate existente en el Siglo XIX.

Recientemente, un documento del INTA Manfredi plantea en términos muy sencillos el desafío que enfrentamos como Nación. Nuestras exportaciones tienen un promedio de 700 dólares por tonelada, mientras que las importaciones lo tienen a 1.800 dólares. Los productos industriales (MOI) exportados por la Argentina constituyen el 30% del conjunto, mientras que en las importaciones trepan al 90%.

Es decir, exportamos productos que dan trabajo fronteras afuera e importamos otros con el trabajo ya incluido. Para el grupo de Mario Bragachini esto significa que nos estamos perdiendo 400.000 puestos de trabajos.

Los de Manfredi traen a colasión ejemplos contundentes. Italia es proveedor reconocido de pastas y artículos de panadería, cuya materia prima es el trigo. El país europeo importa unas 6 millones de toneladas del cereal (mayormente de países de la UE) y le exporta al mundo productos industrializados por unos 4.500 millones de dólares. El documento sostiene que mientras 10.000 toneladas de trigo significan 15 empleos, 10.000 toneladas de pastas y panificados significan unos 314 puestos.

El caso más patente de la falta de agregación de valor lo da el caso del maíz: la Argentina ostenta el segundo lugar en el ránking exportador global, vendiendo unas 15 millones de toneladas sobre una cosecha de 22 Mt (68%). Brasil, que trilla 55 solo exporta 8, es decir el 14%.

La contracara de este proceso es que hasta 2002, la Argentina no existía como exportador de pollo, que es maíz y soja pasados por el tracto digestivo de estas aves. Las ventas externas no superaban los 30 millones de dólares. Hoy estamos ubicándonos como séptimos productores y exportadores mundiales, con exportaciones que se estiman llegarán a 520 millones de dólares este año. Pero el riesgo de perder lo hecho siempre está acechando a la vuelta de la esquina. Por eso es el momento de apretar el acelerador a fondo de la industrialización rural.

Retenciones: la propia trampa en la que está cayendo la oposición


A 22 días de que el Congreso posiblemente retome la facultad de establecer los aranceles al comercio exterior, el titular de la bancada radical en la cámara baja, Oscar Aguad, declara: “En cuanto a las retenciones, no creo que haya que hacer una exagerada rebaja”, para largar a continuación, “habría que explorar también e pago de retenciones a cuenta del impuesto a las ganancias”. ¿Qué entenderá Aguad por “exagerada”?

Pero el radical cordobés no está solo. Lo acompaña el líder del peronismo no K, Eduardo Duhalde. “Tampoco es cosa de definanciar el Estado”, sostiene. 

Lo curioso es que estas declaraciones ocurran apenas horas después de haber participado en el acto de fe que la oposición realizó en la casa palermitana de la Sociedad Rural Argentina, justamente en contra de las retenciones.

A la luz de estas declaraciones toma fuerza la idea de que el objetivo que persiguen es el veto del Poder Ejecutivo con la sola intención de crearle un costo político adicional y montarse sobre la ola de simpatía del campo.

Es que si realmente piensan en gestionar la Argentina a partir del 10 de diciembre de 2011, ya tienen que ir pensando de dónde saldrán los recursos si las eliminan ahora. Usando la lógica política: ¿No sería más redituable sacar o reducir las retenciones una vez llegados al gobierno que hacerlo cuando son opositores? (más…)

Una buena: duplicamos el consumo de maíz y soja para fabricar balanceados

“Good news, no new” (anónimo)

Las buenas noticias, paradójicamente no suelen ser noticia. A los fines de la comunicación resulta más interesante un asesinato que el hecho de cientos de miles de personas continúen con su vida normalmente.

Son las reglas del juego en el periodismo y el sector agro no iba a ser la excepción. Resulta más atractivo machacar en el cierre de tambos que en la apertura de plantas de balanceado.

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El desafío del gremialismo rural en el Siglo XXI

Veamos dos noticias difundidas en los últimos días. Por un lado, Marfrig anunció que constuirá un feedlot para 20.000 cabezas en Córdoba. “Nuestra intención es que estas empresas (por Marfrig) se integren a la cadena cárnica de Córdoba a través de su participación en los proyectos de fideicomisos ganaderos que estamos desarrollando”, dijo el ministro de Agricultura provincial, Carlos Gutiérrez (el texto resaltado es mío).

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¿Qué ganadería veremos en los próximos años?

Este miércoles tuve la oportunidad de participar del Seminario de Aprocaboa sobre ganadería en el Mercosur.

El primer comentario que hay que hacer es que el tema sigue siendo convocante. Hace rato que no veía el auditorio de la Bolsa de Comercio de Rosario tan lleno, fenómeno que ocurrió desde la apertura y se profundizó sobre el cierre, lógicamente con la atracción que provoca el Rabino Bergman.

Pero vayamos al tema que nos convoca, la ganadería.

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¿De Quién es la Culpa de que cada vez haya Menos Productores?

Parece que de vez en cuando los números del Indec son creíbles. Ahora la oposición los utiliza para decir que de 2002 a la fecha, salieron del sistema 60.000 productores agropecuarios.

La conclusión, en manos del senador provincial bonaerense por la Coalición Cívica y dirigente de la FAA, Roberto Molini, es obvia: “El único responsable de esta destrucción es Néstor Kirchner“.

Dejemos por ahora de lado los avatares de la política y concentrémonos en los datos detrás de la noticia. Evidentemente hay un proceso de concentración o de pérdida de diversidad productiva, que atraviesa gobiernos tan dispares como el menemismo, la Alianza (sí, no se olviden), Duhalde y el kirchnerato.

¿Es evitable este proceso? ¿Se da en la Argentina únicamente? ¿Ocurre solo en el sector agropecuario?

Mi intuición me dice que en líneas generales hay menos de todo. Hay menos fabricantes de agroquímicos, menos semilleros, menos agronomías, menos almacenes, incluso menos cadenas de supermercados, etcétera, etcétera. Y no solo aquí, sino en todo el mundo.

Pero no quiero mirar la realidad desde mi intuición, sino compartir algunos números con los que me he topado en los últimos días.
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