Veamos dos noticias difundidas en los últimos días. Por un lado, Marfrig anunció que constuirá un feedlot para 20.000 cabezas en Córdoba. “Nuestra intención es que estas empresas (por Marfrig) se integren a la cadena cárnica de Córdoba a través de su participación en los proyectos de fideicomisos ganaderos que estamos desarrollando”, dijo el ministro de Agricultura provincial, Carlos Gutiérrez (el texto resaltado es mío).
En tanto, desde el Hemisferio Norte, el Rabobank emitió un informe donde sostiene que tras el sacudón de la crisis financiera las fusiones y adquisiciones de empresas en el agribusiness volverán a estar a la orden del día, particularmente en los Estados Unidos.
Es interesante el panorama que plantea para el sector de carnes y de granos. En el primero, se acentuará la tendencia a que las compañías operen en las tres carnes (porcina, vacuna y aviar) y desde distintos orígenes (países y regiones). En el segundo, producción de granos y bionergía seguirán integrándose. El único potencial freno a esta concentración del negocio puede llegar de la legislación antimonopolio, opina el Rabo.
Es evidente que los cambios no solo continúan sino que se aceleran y complejizan en nuestras sociedades. Hay una filmina que suele mostrar el economista Carlos Seggiaro que es ilustrativa de las transformaciones que ocurren en el agro.
En los años 30, el 50% del valor de los alimentos quedaba en manos del productor. Otro 40% iba para el sector comercial y transformador y finalmente un 10% iba para el insumero.
En la primera década del Siglo XXI, el sector comercial y transformador se lleva más del 70% del valor del producto final, mientras que el insumero participa con un 20% y el productor con un 5 a 7%. Los números podrán variar algo según la región del mundo, pero indican una tendencia.
También han cambiado dramáticamente las tecnologías de producción, el acceso al conocimiento, su generación y las comunicaciones. Hoy, en nuestra geografía pampeana, ver un lote de maíz o soja feo es la excepción.
Y los cambios siguen. Pongo dos ejemplos. Hasta ahora, la producción de semilla híbrida es mano de obra intensiva. Pero ya está disponible una tecnología transgénica que produce androesterilidad en la línea parental y que no se transmite al híbrido. Cuando se desregule el evento, nos encontraremos con la desocupación de los miles de trabajadores golondrinas que hoy realizan el deschalado.
El otro ejemplo tiene que ver con los servicios. Hoy está casi todo tercerizado en prestadores, pero se viene un fondo que prestará el servicio del riego. Va a comprar los equipos y se los va a alquilar a los agricultores, o se asociará.
Y acá viene el desafío del gremialismo rural: el sujeto de su representación está mutando, en especial cuando nos referimos a los cultivos extensivos pampeanos. La idea de la persona física agricultor que cultiva su campo y vende su producción va quedando desfasada en el tiempo. Pero paradójicamente el discurso del ruralismo -fundacional para la definición de las políticas- pivota sobre la figura de “el productor”.
Los números que se manejan en el negocio indican otra cosa. La casi totalidad de la leche que produce la Argentina viene de no más de 10.000 Cuits, y empleo la palabra Cuit, porque acá conviven desde la persona física hasta la grandes compañías agropecuarias. En maíz, no son más de 6.000 según han estudiado las mismas semilleras. En girasol, es factible que no superen los 2.000. Tal vez las actividades más “populares” en lo que hace a cantidad sean la soja y la ganadería de carne, sobre todo la cría.
La Federación Agraria ha definido muy bien su peor pesadilla: “la agricultura sin agricultores”. Y la base de la amenaza es que en una enorme cantidad de aspectos las toneladas y las hectáreas importan más que la gente. Es que desde la recaudación de impuestos al servicio de cosecha, no importa tanto quien produce como los quintales que salen del lote. Es duro de digerir pero es así.
El conflicto agrario dinamitó al poder K en su apogeo y le abrió el camino a una oposición que no encontraba como mellar el andamiaje político del oficialismo. En ese sentido le ha prestado una valiosa contribución.
Pero mientras la política dirime la cuota de poder que le toca a cada uno, los procesos de cambio en la estructura agropecuaria continúan. Y al gremialismo rural le corresponde actuar con la inteligencia necesaria para la defensa de su sujeto de representación, en un escenario general que no le juega a favor.
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