Las estadísticas sobre exportaciones de arroz para los primeros once meses de 2009 (últimas disponibles) dan cuenta de que el cereal producido en la Argentina llegó a 39 países. El principal destino sigue siendo Brasil, que se quedó con el 38% de las 571.000 toneladas embarcadas.
En el puesto número 2 aparece Chile con el 17%, al que siguen Irak con el 15% y Senegal y Venezuela con el 8% cada uno.
Otros destinos como Bolivia, Gambia, España, Turquía y Haití sumaron un 10% adicional.
Si bien estos números pueden no significar nada, implican nada más ni nada menos que la cadena arrocera logró romper la “brasildependencia” que la asfixiaba en los 90 y que ahora tiene buenos clientes repartidos en todo el mundo, compitiendo por quedarse con su producto.
Pero, ¿qué hay detrás de este espectacular logro?
Años ha, una pequeña noticia desde Entre Ríos indicaba que productores y empresarios arroceros junto con el por entonces gobernador Jorge Busti habían ido a ver a los chilenos en misión comercial. Por separado no podían garantizar volumen, pero como cadena sí. Y eso fue lo que hicieron.
El arroz ocupa una superficie menor respecto de otros cultivos extensivos y también implica a menos jugadores. Pero como dice Jorge Paoloni, presidente de la Federación Nacional de Entidades Arroceras, “los seiscientos que somos estamos todos juntos”.
Desde Entre Ríos, la Fedenar fue construyendo un sólido trabajo con el sector público. Sobre el paradigma de la colaboración mutua, llevando reclamos y pedidos concretos, pero sin estridencias, la cadena comenzó a transitar un camino de recuperación acompañando la vigorización de la demanda global de arroz.
Por empezar, la Fedenar es “el” interlocutor cuando el sector público quiere hablar con la actividad privada. Allí participan los molinos, las cooperativas arroceras, la exportación, los productores tradicionales, las grandes firmas productoras. No hay en esta actividad dos o tres cámaras con intereses divergentes por cada eslabón, factor que traba cualquier posibilidad de concertación.
En su momento, con Busti y Urribarri los arroceros lo fueron a ver a Kirchner cuando era presidente. Le hablaron sobre la necesidad de extender la red eléctrica a los campos, porque es más barato bombear el agua con energía eléctrica que con gasoil. La Nación puso $10 millones y la provincia otro tanto, y la red comenzó a avanzar.
Hoy, uno de los proyectos más ambiciosos es la realización de 19 km de canales para encadenar ocho represas en el norte provincial y garantizar la provisión de agua para los productores. Como beneficio colateral se van a regar hectáreas de producción de citrus. El Prosap, que maneja fondos del BID y el Banco Mundial está detrás de esto y se espera que lo licite antes de octubre.
Pero uno de los factores de la competitividad que viene teniendo la cadena es haberla embocado con las variedades que el mercado mundial paga mejor. Y acá aparece otra vez la sinergia público privada.
En el 99, el gobierno de Entre Ríos sancionó la ley 9.228 que estableció una tasa a la primera venta de arroz cáscara (0,2%) y arroz procesado (0,1%) con la cual se nutrió un fondo, administrado por la Fundación Proarroz, integrada también por la cadena.
Uno de los usos de esos fondos fue financiar el desarrollo de los cultivares que necesitaba el productor. Lo hizo con el INTA Concepción del Uruguay, donde está la base del programa de mejoramiento y así es como lograron las variedades Cambá y Puitá, esta última resistente a los herbicidas imidazolinonas, lo cual significó el fácil control de la maleza arroz colorado, un dolor de cabeza para los productores. Fue algo así como desarrollar la propia soja RR.
La paradoja es que del aporte de los entrerrianos se benefician todos. Ahora el cultivo está creciendo en Santa Fe, más precisamente en San Javier. Según Paoloni, el impacto económico le está cambiando la cara a esa zona.
La coordinación intra cadena también está siendo notable. En la exportación de arroz blanco para Venezuela están participando muchos molinos, aportando el producto, ya que la operación se hace por medio de dos empresas. Para el arroz de terceros, estas compañías cobran un pequeño fee, lo que permite que un molino que no podría exportar per se, participa igual del negocio. Y otro tanto se está haciendo con los productores primarios para la exportación del maíz cáscara, es decir, sin industrializar.
De esta forma, el karma de depender del capricho de los compradores brasileños, a lo que cada tanto se sumaba la furia de los productores de ese país que veían a los chacareros argentinos como el enemigo, va siendo superado.
Si bien el desafío que enfrenta la cadena es importante y pasa por sostener la rentabilidad cuando aumente la superficie, lo hecho hasta acá amerita un estudio más profundo. La hipótesis es que una actividad bien articulada y coordinada, con un liderazgo institucional pragmático y eficiente, puede obtener resultados positivos para sus representados en el mismo contexto político donde otras cadenas encuentran solo problemas.
RSS Feed
Twitter
Linkedin
