“Empujar la vaca”, ¿una historia aplicable a nuestra realidad?

Almorzando con un referente de los agronegocios local, el otro día recordaba un cuento que alguna vez me llegó, vinculado al mundo de los negocios y que creo que vale la pena compartirlo. Es más o menos así.

Mucho tiempo atrás, en algún recóndito lugar de Asia, el Maestro estaba terminando de formar a su Discípulo. Después de años de reclusión, la última enseñanza del maestro fue llevarlo a recorrer la región y la gente.

En una escarpada y agreste zona, la noche sorprendió a maestro y discípulo. Cerca de un risco, la luz de una modesta casa era el único refugio para ambos.

Se acercaron hasta sus moradores para pedir cobijo.

Era una modesta familia que aceptó compartir el techo y lo poco que tenían para comer con los dos viajeros.

¿Y ustedes de qué viven?”, preguntó el maestro al padre de familia.

“De la vaca que ustedes vieron al entrar. Ella nos da la leche que necesitamos para alimentarnos y una vez al año un ternero que cambiamos por ropa y cosas que necesitamos. No es mucho pero nos alcanza para vivir. Somos pobres, pero agradecemos la suerte de tener esta vaca”.

Cuando hubieron terminado de beber la aguachenta sopa, los visitantes se recostaron a dormir sobre unas literas de paja. 

No había empezado a clarear, cuando el maestro levantó al alumno diciéndole que era hora de partir. No hubo tiempo de despedidas para agradecer la hospitalidad, pero una vez afuera el joven discípulo se percató que la vaca no estaba.

La empujé al precipicio“, contestó el maestro ante el comentario del alumno. “¡Pero maestro, esta era la única fuente de vida de esta familia! ¿Qué ha hecho?”, lo increpó. El viejo lo miró y le dijo: “Esta ha sido tu última lección”.

Muchos años después, convertido ya en maestro, aquel joven recorría la región acompañado de su discípulo.

La noche los tomó en el mismo lugar donde algunas vez había pernoctado. Pero ahora había una casa bien puesta, con jóvenes bien abrigados y comidos, y donde se veía prosperidad.

El maestro pidió asilo, que le fue concedido. Agradeciendo, le dijo a su anfitrión. “Mire qué curioso. Hace muchos años estuve aquí, pero había una familia muy pobre. Me pregunto qué habrá sido de ella

“Eramos nosotros”, le contestó el anfitrión. “Pasó que un día nuestra vaca desapareció. Al principio nos desesperamos, pero después nos dimos cuenta que podíamos sembrar y tener cosechas. Y hacer forrajes para los animales de otros vecinos. Y con los granos y los fardos podíamos comprar mejor comida y buen abrigo. Y así pudimos producir más y mejorar nuestro hogar y la educación de nuestros hijos. No sé que fue de la pobre vaca, pero entendimos que lo que creíamos que era la solución, era en verdad el problema”.

El maestro calló y entendió que recién ahora había comprendido la última lección de su maestro.

Yendo a lo nuestro. Creo saber cuál es nuestra “vaca” que tenemos que empujar al precipicio. Pero prefiero que cada uno reflexione acerca de cuál es la “vaca” que hay empujar.

Deja tu comentario