En los últimos tiempos he comenzado a percibir un cambio en el discurso del sector agropecuario. Empieza a hablarse de dejar de espiar la realidad desde el ojo de la cerradura de la actividad y abrir la puerta hacia una mirada inclusiva y más abarcativa.
Hace más de un mes en un encuentro realizado en Rosario, Lucio Aspiazu, diputado electo por Corrientes (Acuerdo Cívico y Social) lo expresó con total claridad. Cuenta que cuando asumió el compromiso de aspirar a una banca comenzó a recorrer la provincia como político y que allí se dio cuenta (“darse cuenta”) que la realidad de su Corrientes era mucho más amplia de la que se veía desde el sector agropecuario. Planteó entonces la necesidad de construir agenda que vaya mucho más allá de las retenciones.
En esta misma línea se inscribieron las palabras de Juan Llach en una reciente conferencia que dio para líderes del sector. Palabra más, palabra menos, planteó que la actividad tiene que darse una agenda abarcativa y discutir cuestiones que son sensibles al propio sector, pero que no pueden ser barridas debajo de la alfombra.
Un paréntesis: Llach se refirió al pensamiento anestesiante (corre por mi cuenta) de que los granos “agregan valor para atrás” y sostuvo que hay que asumir que de todo el valor agregado que se les puede dar, es muy poco lo que hacemos fronteras adentro. Rescató como ejemplo el caso de Oncativo, donde no solo hay un cluster armado en torno a los embutidos, sino también hay pymes aceiteras que están desarrollando harinas proteicas de calidad.
En líneas generales, el sector agropecuario es esquivo a debatir en profundidad aspectos que pueden entrar en contradicción consigo mismo y prefiere plantear que el problema y la solución está de la tranquera para afuera. En este sentido, el conflicto de la 125 fue un potenciador de esta trampa mental: todo el problema de la cadena agropecuaria se reduce a una sola letra, la K.
Tal vez sea una obsesión argentina, pero hay que admitir que amamos las soluciones fáciles e indoloras. La culpa es de la soja (que hace que no llueva en Córdoba), la culpa es de los Kirchner, la culpa es de los europeos que aplican subsidios, la culpa es de la oligarquía, la culpa la tiene el referí.
Lamentablemente las soluciones a nuestros problemas serán complejas y dolorosas. No es posible proclamar la teoría geocéntrica de que el agro es el motor de la economía y luego quejarse de la altísima presión impositiva, anunciando un efecto derrame de riqueza si las retenciones desaparecieran de la noche a la mañana.
Tampoco tiene sentido hablar que todo se reduce a “un problema de comunicación”, cliché muy a mano al que todo el mundo recurre cuando no sabe por qué las cosas no funcionan como se quiere.
La posición que empieza a asomar es la de un sector que se siente parte integrante de una sociedad más amplia, pero no para imponerle su visión, sino para compartirla, aceptando que también deberá alguna o algunas del resto.
El desafío de los líderes donde esta idea está prendiendo es cómo romper el paradigma vigente, que dice que o bien se impone la visión pro-agro o bien se queda sometido a la visión anti-agro.
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