
Con Carlos Steiger, Luis Alberto Porzio, Roberto Feeney y Bernardo Piazzardi, durante la presentación en la Maestría de Agronegocios de la U. Austral, en Rosario
Así como los niños no nacen de un repollo, la soja no apareció en la Argentina por obra y gracia de la fortuna.
A fines de marzo tuve la grata oportunidad de presentar en la Maestría de Agronegocios de la Universidad Austral el fruto de un trabajo que me ha ocupado los últimos doce meses: bucear en los orígenes del cultivo de la oleaginosa en nuestro país -desde la óptica de las instituciones- hasta lo que podría llamarse su “instalación” definitiva en la agricultura argentina, cosa que ocurrió a mediados de los 70.
Puede decirse que es un proceso que arranca a fines de los 50, cuando el ingeniero Ramón Agrasar funda Agrosoja, y concluye en la campaña 1976/77, cuando la producción argentina trepa a un millón y medio de toneladas y ya es el 2% de la cosecha mundial.
En el medio hay un sinnúmero de micro historias, vinculadas al empeño personal de quienes podrían denominarse los “padres” del cultivo en la Argentina.
Uno de ellos es Antonio Pascale, quien a los 82 años sigue concurriendo a la Facultad de Agronomía de la UBA y mantiene una lúcida memoria sobre su trabajo en los 60, cuando junto con su par Carlos Remussi condujeron los ensayos que armaron el mapa agroecológico del cultivo en nuestro país.
Otro es Luis Alberto Porzio, gerente de La Plata Cereal a fines de los 60 y quien tuvo la deferencia de acompañarme durante la presentación. LPC era dueña en ese tiempo de Indo SA, una de las primeras plantas en procesar soja en nuestra país. Generosamente, Porzio compartió las anécdotas de estos pioneros y brindó detalles sorprendentes sobre lo que era el cultivo en esos momentos.
Un aspecto poco conocido es el papel del ingeniero Walter Kugler y su asesor, el economista Adolfo Coscia. Cuando el primero ocupó el cargo de secretario de Estado de Agricultura y Ganadería, en el gobierno de Arturo Illia, tomó los trabajos económicos de Coscia como fundamentos para que en 1965 ese gobierno estableciera los primeros precios mínimos para la oleaginosa, medida que por otra parte era reclamada por el sector privado.
Años más tarde, de vuelta en la función, Kugler estableció la fiscalización obligatoria para la semilla de soja. En charla con Carlos Senigagliesi, del Inta, este recordaba el espíritu innovador y amplio de Kugler, que lo llevaba a apoyar este tipo de iniciativas.
Otro papel destacado lo cumplió la Bolsa de Cereales de Buenos Aires, quien puso a disposición del proyecto su revista, que actuó como caja de resonancia de las propuestas y reclamos del sector, su estructura física para reunir a los impulsores del cultivo, ya fuera en cónclaves, jornadas, congresos, cenas, etcétera.
Dentro de la institución, la cucarda se la lleva Andrés Cama, un idóneo de la entidad, que tomó como propia la causa y formó parte de la Comisión Permanente para el Fomento del Cultivo de la Soja. Junto con él se destacaron Jorge Cort y José María Gogna.
Por la industria aparecen Ernesto Parellada y por el corretaje Enrique Zeni, este último haciendo público el objetivo de llegar al millón de toneladas.
Desde el Inta, el hombre era Alberto Piquín, desde la experimental de Cerrillos (Salta), donde coordinaba el Programa Nacional de Soja. Es probable que el Inta haya considerado inicialmente que la soja era un cultivo más que nada para el NOA y NEA.
Pero para fines de los 60 y principios de los 70, la presión de los productores por conocimiento para la producción del cultivo desbordó a las agencias de extensión de la pampa húmeda, que se convirtieron en los catalizadores de la alquimia que se estaba gestando. Especial mención para las agencias de Casilda y San José de la Esquina y la experimental de San Pedro.
El trabajo previo se vio coronado por un par de sucesos como la caída de la oferta de harina de pescado (utilizada como fuente de proteína por la industria de los balanceados), fallas en la producción de los Estados Unidos (que en 1973 se vio obligado a cerrar la exportación) y al trepada de precios de los commodities tras la guerra de Yom Kipur y la crisis del petróleo.
Ahí llegó el tercer gobierno de Juan Domingo Perón. El viejo líder tenía cabal conciencia del papel que las proteínas iban a jugar en el futuro. Su discurso evidencia la influencia del Club de Roma y la agenda del momento: contaminación, superpoblación, agotamiento de los recursos naturales.
Llegó Horacio Giberti de la mano del desarrollismo a la secretaría de Agricultura y con él Armando Palau a la subsecretaría. Se le dio forma de Programa a todo el trabajo realizado por el sector privado y público en los años previos, y se impulsó decididamente el cultivo. Ahí llega la anécdota de los Hércules trayendo semilla para multiplicar.
Pero el vértigo político y social de esos años interrumpió el trabajo. De todos modos las condiciones previas y externas ya habían volcado la suerte a favor de la soja. El resto es historia más conocida.
Para comunicarse con Javier Preciado Patiño: jpreciadopatino@yahoo.com.ar
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le escribo para comunicarle que he tomado un artículo suyo de infocampo,com.ar para publicar una nota en facebook, no sé si debía pedir permiso primero o sólo avisarle que lo había tomado, el artículo no fue editado, salvo colocar un nombre en particular en negrita, tampoco se hace critica alguna sobre él, sólo lo tomé y reproduje como información, por cualquier cosa que haya estado fuera de lugar, le agradezco comunicarse conmigo y seguramente lo resolveremos.
Comentario publicado por: j.alberto | 23 Agosto, 2010 en 0:33