Tag : ‘agroindustria’

A la soja no hubo con qué darle como generadora de divisas en todos estos años

Por Javier Preciado Patiño

En el periodo que va de 2002 a 2014, los productos del complejo soja nunca representaron menos del 19% del total de las exportaciones argentinas y llegaron a alcanzar topes de 30 por ciento. Para ponerlo en términos prácticos, la soja aportó entre 1 de cada tres a cinco dólares que ingresaron al país en este periodo.

Como se ve en el gráfico, en los años siguientes a la salida de la convertibilidad, la participación de la soja se ubicó entre el 19 y el 24% del total de las exportaciones, con un promedio de 22 por ciento. En la segunda parte del período, es decir de 2008 a 2014, la participación del complejo trepó a entre el 25 y el 30%, con un promedio de 26%.

Metodológicamente, para la realización del gráfico se consideró el aceite de soja, las harinas proteicas, el poroto y el biodiésel, tal como lo discrimina el INDEC en sus informes.

El caso es que durante este periodo hubo productos agroindustriales de gran crecimiento, al menos hasta 2012, como fueron las harinas de trigo, los balanceados, los pet foods, la carne aviar y los lácteos. Sin embargo, todo este crecimiento conjunto no logró mover el amperímetro de la generación de divisas, que siguió funcionando al compás del complejo soja.

De todos modos no debería sorprender. La matriz exportadora argentina ha estado históricamente marcada por la demanda externa. El cuero en la época del virreinato (para lo cual se habilitaban las vaquerías), el charque o tasajo en el Siglo XIX, para darle de comer a los esclavos en el continente americano (negocio que se acabó cuando Brasil abolió la esclavitud), la lana para las factorías textiles de Inglaterra y Europa, la carne bovina fresca y congelada a partir de la aparición del frigorífico, el trigo y el maíz, ya en el Siglo XX, y finalmente la soja, motorizada por la demanda china.

¿Cómo continuará la evolución agroindustrial no sojera en los próximos años? ¿Involucionará debido al atraso cambiario y la creciente competencia en los mercados globales? ¿Se verá asimismo muy afectada por una eliminación o reducción de las retenciones? ¿Podrá mejorar su competitividad gracias a la incorporación de tecnología y un paquete de estímulos fiscales? ¿O su futuro solo dependerá de una fuerte devaluación que licúe los costos en pesos? Son muchas preguntas que no tardarán mucho en responderse.

Diego Cifarelli: “Queremos moler 9 millones de toneladas de trigo y exportar 2,2 de harina”

La industria molinera tiene capacidad hoy para moler  12 millones de toneladas de trigo, el 80% de la última cosecha. Sin embargo, está operando a la mitad de ese volumen. “Perfectamente podríamos estar exportando 2,2 millones de toneladas de harina“, apunta Diego Cifarelli, presidente de la Federación Argentina de la Industria Molinera.

Sin embargo, al ritmo actual, esta agroindustria que le agrega valor al cereal, terminará exportando entre 600 y 700.000 toneladas este año. Hasta 2012, la molinería había mostrado una constante expansión hasta superar el millón de toneladas exportadas; ahí había comenzado a romper la dependencia de los mercados de proximidad, como son Brasil, Bolivia y Chile que explican la casi totalidad de las colocaciones externas, abriendo otros nuevos en Centroamérica y Àfrica.

Sin embargo, la mala cosecha de ese año, llevó al cierre de las exportaciones y de ese volumen se pasó a exportar menos de 300.000 toneladas. Las cosas algo mejoraron en 2014 y un poco más en este año, pero la senda del crecimiento se cortó abruptamente, justo cuando el país se había convertido en el tercer exportador mundial.

“Hoy nos complican los subsidios de países como Turquía, que subsidia la importación de trigo de alta calidad y después la exportación de harina. Hoy la harina argentina llega a Venezuela a 500 dólares la tonelada, mientras la de Turquía lo hace a 400 dólares, y no hay otra explicación que los subsidios que aplica ese país, como también lo hacen los de la Unión Europea”, explica Cifarelli.

Cifarelli señala que la industria tiene un plan, basado en incorporar tecnología a los procesos industriales, formalizar el ciento por ciento de la actividad por la vía del autocontrol y dotarse de una mayor competitividad. “Nuestra fórmula es diálogo y más diálogo, propuestas y más propuestas”, en relación con el ida y vuelta que están teniendo con el Gobierno para llegar al objetivo de procesar 9 millones de toneladas y exportar más de 2 millones como harina y otros productos con valor agregado.

Efecto Agroindustrial: Ahora se importan 7 veces más equipos de molienda que en la convertibilidad

Por Javier Preciado Patiño

La irrupción del Este y Sur asiáticos en la economía global y particularmente en lo que a la Argentina refiere constituyó una autopista de dos vías. Por un lado esa enorme masa poblacional que comenzó a acceder a un salario más alto, mejoró la calidad de su dieta, lo que significó comenzar a agregar a su dieta basada en cereales las proteínas animales, es decir los lácteos y las carnes de pollo, cerdo o pescado.

Esto derivó en la fase de sostenimiento del precio de las materias primas del agro, de las cuales nuestro país es un gran productor y proveedor global.

Pero al mismo tiempo las economías emergentes, focalizadas en la producción de bienes de capital y bienes de consumo durables quebraron el monopolio que hasta ese momento detentaban los países industrializados de Occidente.

Esa fue la otra vía que nos abrió la gran autopista Sur – Sur que está en plena construcción. Porque al mismo tiempo que se incrementó la demanda agroalimentaria  se volcaron al mundo productos industrializados muy competitivos y de relativo bajo valor, gracias a los menores salarios relativos de los trabajadores asiáticos.

Qué paradoja. Hasta hace 20 años Occidente era superavitario en alimentos y monopolizaba la alta tecnología industrial, es decir la peor ecuación para la Argentina: bajos valores para nuestras exportaciones y altos para las importaciones. Ahora el mundo emergente nos demanda más alimentos y produce bienes a menor costo, una situación inversa y casi ideal.

Así cambió la tendencia histórica del “deterioro de los términos de intercambio” que describiera con total exactitud Raúl Prebisch a mediados del siglo pasado.

Pero ¿cómo podríamos mensurar este momento en el proceso de industrialización de la ruralidad?

Un indicador podría ser, precisamente, la importación de estos bienes de capital, como los bancos de molienda por cilindros, utilizado por la industria molinera. De acuerdo a los datos de la Aduana, entre 1999 y 2001 se importaron un total de 48 equipos. Los principales proveedores eran Suiza, Italia, Austria y los Estados Unidos.

En el trienio 2009/2011 se importaron 349 máquinas, 7,3 veces más que cuando la convertibilidad tocaba a su fin. Y de ese total, China fue responsable de la provisión del 58% de los equipos.

“Todo el mundo conoce la calidad de los proveedores europeos, pero la realidad es que los chinos están haciendo equipos tan buenos como aquellos a un tercio del valor”, opina Carlos Seggiaro, un economista cordobés que ha levantando la bandera del agregado de valor en origen. “Solo la cantidad de proyectos que estamos asesorando ha pasado de 3 o 4 por año a 3 o 4 por mes”, acota.

Ahora viene la segunda etapa de este proceso virtuoso. Porque el fuerte desarrollo asiático puede reprimarizar las exportaciones argentinas. En definitiva con cada banco de molienda que importamos, importamos el salario del trabajador asiático, cuando deberíamos generar puestos de trabajo para los argentinos, a partir de la demanda de la agroindustria.

Algo de esto ya está pasando. A sabiendas de que el superátiv comercial es uno de los pilares de la política económica, algunos importadores están proyectando pasar a ser fabricantes nacionales reduciendo a lo imprescindible la componente extranjera. Los créditos del Bicentenario son una buena herramienta para este camino.

Si se completa el ciclo de sustitución de importaciones de la mano de la agregación de valor a las materias primas rurales, el Modelo Agroindustrial del Bicentenario estará funcionando a pleno.

Factoría Fotosintética o Agro con Desarrollo Industrial

Hace un tiempo publicaba en este mismo espacio que “la agregación de valor es lo que define al modelo”. Es hora de retomar la cuestión a la luz del debate eleccionario.

Podríamos imaginar una misma producción granaria, por ejemplo la de las 100  millones de toneladas, bajo dos formatos completamente distintos.

En el primero, el país importa todos los insumos y los bienes de capital que se necesitan para alcanzar esa producción -la genética, los fitosanitarios, los fertilizantes, los tractores, sembradoras, cosechadoras- y exporta esos granos tal cual como salen de los lotes.

En el segundo, también producimos 100 millones de toneladas. Pero todos los insumos y bienes se producen dentro de nuestras fronteras y el grano que se cosecha, se procesa y transforma ahí nomás de donde se producen.

En este segundo caso, en la Argentina hay fábricas de tractores, cosechadoras, sembradoras y fumigadoras, que consume energía y acero, y crean puestos de trabajo. Hay fábricas de fertilizante que demandaron inversiones multimillonarias y mucho conocimiento, generando además más puestos de trabajos. Hay ingenieros agrónomos argentinos con doctorados en mejoramiento genético junto a biotecnológos trabajando en semilleras pequeñas, medianas y grandes que crean germoplasma y eventos para los productores locales y licencian los frutos de su trabajo intelectual a otros países del Mercosur y más allá.

En este segundo caso en cada pueblo se ha montado una aceitera, que vuelca las harinas proteicas a los galpones de cría porcina y avícola que han surgido en torno a los campos de producción. Hay también plantas de bioetanol que producen energía para la región no solo a partir de granos sino también de la celulosa que hasta el presente se desperdiciaba.

Las granjas avícolas y porcinas se han integrado a la industria frigorífica y forman sus propias redes asociativas o se integran al tejido cooperativo rural.

De esta forma, el precio del grano ha ido dejando de arbitrarse por los puertos de exportación para basarse en la competencia de los transformadores por la materia prima. Pero muchos productores ya son socios o parte del negocio de la proteína animal, con lo cual ahora captan una tajada mucho mayor en la renta de la cadena agroalimentaria.

Por otra parte se ha desarrollado una fuerte cultura de marketing de los alimentos y ahora cualidades como el origen son reconocidos en el mercado internacional. Los productores, asociados en las industrias alimentarias, participan de los consejos de denominación de origen y marcas, y se integran a las misiones comerciales al exterior para posicionar sus productos.

Medido en toneladas de granos, el resultado sería el mismo, pero estamos hablando de dos países completamente distintos.

En el primero la Argentina constituye una plataforma fotosintética para que los cultivos capten la energía solar y el agua que cae en las pampas y produzcan el grano que necesitan los compradores internacionales.

En el segundo modelo, aprovechamos esa necesidad y la satisfacemos, pero generamos valor aguas arriba y abajo del eslabón productor de los granos. Podemos decir que así creamos riqueza con equidad.

En principio, ningún político diría que está en contra del segundo modelo. Sin embargo, la realidad nos muestra que el modelo de la factoría fotosintética se encuentra tan internalizado en algunos sectores políticos y sociales, que solamente haciendo explícita la necesidad de agregar valor en origen se puede revertir esa concepción del papel del agro en la economía argentina.

Una buena: duplicamos el consumo de maíz y soja para fabricar balanceados

“Good news, no new” (anónimo)

Las buenas noticias, paradójicamente no suelen ser noticia. A los fines de la comunicación resulta más interesante un asesinato que el hecho de cientos de miles de personas continúen con su vida normalmente.

Son las reglas del juego en el periodismo y el sector agro no iba a ser la excepción. Resulta más atractivo machacar en el cierre de tambos que en la apertura de plantas de balanceado.

(más…)

El caso entrerriano marca el norte para una Política de Estado agroindustrial

Desde este espacio vengo machacando en la necesidad de avanzar en la transformación de las materias primas dentro de las fronteras argentinas, y, de ser posible, lo más próximo al lugar donde se generan.

Unos años atrás, cuando era secretario de la Producción de Entre Ríos, el ingeniero Daniel Welschen ponía en términos muy sencillos cuál sería el ideal de una política favorable a la agroindustria: “Que ni un grano más salga de la provincia tal cual“.

(más…)