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El milagro uruguayo o como perder el 22% de sus productores en estos últimos diez años

Por Javier Preciado Patiño
En el imaginario del establishment rural argentino, el Uruguay gobernado por el progresista Frente Amplio (primero con Tabaré Vázquez y ahora con el “Pepe” Mugica) se ha convertido en una suerte de nueva Tierra Prometida para la producción agropecuaria gracias a las políticas llevadas adelante por esos gobiernos.
Los documentos emitidos por las organizaciones ruralistas vernáculas ponderan la performance del agro uruguayo y lo contrastan con la situación local, definida casi en término de hecatombe a raíz de las políticas del Gobierno Nacional.
Lo curioso es que si la Argentina exhibiera los números que surgen del Censo Agropecuario del Uruguay, tanto el ruralismo como la oposición le saltarían a la yugular del Gobierno NAcional diciendo que tales números son el resultado de las desastrosas políticas implementadas. Veamos.
En el vecino país, desde los años 70 se viene produciendo una caída en el número de explotaciones rurales, que en la actualidad no llegan a las 45.000 y que es aproximadamente la mitad de las existentes hasta mediados de los 60.
Con una superficie agropecuaria constante (unas 16,2 millones de hectáreas), el resultado es que el tamaño promedio de la explotación prácticamente se duplicó en ese lapso.
¿Pero hubo una reversión de esta tendencia a la concentración o al menos un freno durante los gobiernos del Frente Amplio?
En absoluto, aunque a fuerza de ser justos, la coalición toma el gobierno en 2005 con lo cual les cabría la mitad de la responsabilidad. De acuerdo a los datos censales, en el año 2000 había 57.131 explotaciones; hoy hay 44.890, es decir que se perdieron en diez años el 22% de las explotaciones existentes.
Claro que la distribución de esa pérdida no ha sido homogénea, sino que afectó a algunos segmentos en particular. De los 12.241 establecimientos perdidos en esa década, 8.190 (el 67%) correspondió al segmento más pequeño, que va de 1 a 19 hectáreas, mientras que el segmento que va de 20 a 99 hectáreas perdió 2.924 unidades, es decir que aportó otro 36% al total de emigrados del sector rural uruguayo.
Estos datos deberían preocuparle a los representantes de las entidades gremiales, porque en definitiva se trata de ver cómo se achica su supuesta base de sustentación.
Pero no todas son malas noticias cuando se trata de la cantidad de actores de la ruralidad, porque en el segmento de establecimientos que va de 1.000 a 2.499 hectáreas se registra un incremento de las unidades del 2%, mientras que en los de más de 2.500 hectáreas también se registra un aumento, pero del 4%.
O sea, en diez años se perdió el 40% de los establecimientos más pequeños (el número pasó de 20.464 a 12.274) y cerca del 20% en el segmento siguiente. Son números que impresionan, pero para entender mejor la situación veamos ahora cómo es la distribución de la superficie en función de la escala.
Las explotaciones que van desde 1 a 99 hectáreas son el 56% del total, pero tienen solo el 5% de la superficie agropecuaria uruguaya. En la otra punta, el 9% de las explotaciones de más 1.000 hectáreas manejan el 60% de la superficie.
Otro dato más que debiera irritar a la dirigencia ruralista, ya que tiene que ver con la ganadería vacuna. De las 12.241 unidades de explotación que desaparecieron entre 2000 y 2011, casi 7.500 corresponden a la actividad ganadera. En el 2000 había unas 32.350 y ahora quedaron menos de 25.000.
También se han perdido muchos tambos, oh sorpresa. De 6.037 que había en 2000 solo quedan 4.398, es decir que se perdieron 1.639 en diez años o 164 por año, con lo cual se podría afirmar que cada dos días se cerraba un tambo en Uruguay.
¿Cuál es la explicación de este fenómeno? Si bien no está explicado en la presentación de los datos censales, su respuesta puede inferirse a partir de la única actividad que creció en número de actores: la agricultura. La cantidad pasó de 1.482 a 2.481, pero ojo que no creció parejo, porque las pequeñas unidades se redujeron a la tercera parte, mientras que los establecimientos de más de 500 hectáreas se triplicaron y las de entre 100 y 500 se duplicaron.
En síntesis: el proceso de concentración que se está dando del otro lado del Río de la Plata es fenomenal. Se ha perdido el 40% de los establecimientos más pequeños y el 20% en el estrato que le sigue. La actividad ganadera ha sido desplazada por la agricultura, que ganó actores en las escalas más grandes, llegándose a duplicar y triplicar según el caso, pero que también se llevó puestos a los productores más pequeños.
Estos números contradicen la creencia de un mundo feliz del otro lado del charco, si es que realmente interesa la diversidad en la producción.
Por otro lado tratándose de un gobierno de tinte progresista no se puede suponer que sea un efecto deseado, lo cual nos puede llevar a la conclusión que las tendencias globales son tan fuertes que es difícil neutralizarlas con políticas locales.
De todos modos nuestra asignatura pendiente es hacer un censo agropecuario como la gente (el último resultó ser un fiasco) como para ver cómo andan las cosas realmente de este lado del río.

La Mesa de Enlace es al kirchnerismo lo que Ubaldini al alfonsinismo

 

¿Busca la dirigencia rural una solución a la problemática de sus representados o su real objetivo es “desgastar al Gobierno” como alguna vez lo admitiera Eduardo Buzzi?

Hay varios elementos que llevan a pensar que la respuesta es el desgaste, bajo la cobertura de soluciones para el sector. A la natural poco afinidad de la dirigencia rural con el peronismo (a las pruebas me remito: ver por qué partidos han entrado los agrodiputados), se le suma el especial encono con el kirchnerismo, al que consideran heredero de la izquierda peronista de los 70.

La cuestión de fondo es la concepción del rol del Estado en la economía. El kirchnerismoles  representa una irreverente forma de protagonismo de la política en el mercado, lo cual resulta asbolutamente inaceptable para la dirigencia, particularmente la más conservadora, que se inclina por la opción liberal, aun dentro de los partidos tradicionales como el radicalismo (por eso no les gusta el alfonsinismo) o el peronismo.

De manera que más allá de la real y legítima problemática de la producción agropecuaria, el ruralismo transmuta de actor económico social a político.

Hurgando en antecedentes recientes sobre actores económicos o sociales que se convierten en herramientas políticas, podríamos remitirnos a Saúl Ubaldini y su CGT Brasil, en los años del alfonsinismo.

Montado sobre el también legítimo reclamo de los trabajadores, el sindicalismo peronista fue un factor clave para profundizar el desgaste del partido radical gobernante.

El disparador pudo haber sido el afán de Alfonsín para cambiar la ley sindical, en el inicio de su gestión, que tocaba los resortes del poder gremial. Tal vez la Ley Mucci haya sido para Alfonsín lo que la 125 fue para Cristina.

Pero más allá de la Ley Mucci o la 125, las condiciones ya estaban dadas para que el fermento de lucha política se expresara de alguna manera.

Hoy el ruralismo acredita en su activo haberle propinado la primera gran paliza política al kirchnerismo. Esto es admitido por la misma Presidenta. Pero la oposición hasta ahora no ha podido capitalizar el servicio que le prestó el campo.

Este año electoral comienza con un paro agropecuario. Las exigencias de la Mesa de Enlace se parecen más a las condiciones del Tratado de Versalles que a una propuesta de negociación.

Así, de acá hasta las elecciones es probable que veamos una situación de tensión permanente -montada sobre distintos disparadores- en función de una dirigencia rural que busca ser el factor decisivo de la derrota política de su gran enemigo.

Buryaile vs. Buzzi: Una pelea que sintetiza las limitaciones del gremialismo rural

Que los cruces entre el titular de la Federación Agraria y el Presidente de la Comisión de Agricultura y Ganadería de Diputados sea tomado por conductores más relacionados a la farándula y los escándalos que a la economía y el campo habla del marco de sainete en que se ha terminado convirtiendo el accionar del gremialismo rural en su paso por la política.

La ubicuidad no es fácil en estos son tiempos de blanco o negro. O estás con el Gobierno o contra el Gobierno. No hay lugar para tibios o magos escapistas.

El primero que determinó dónde estaba Buzzi fue Clarín. El sábado lo ubicó del lado K de la política, imputándole haber operado a la legisladora cordobesa Estela Garnero para que obre a favor del Gobierno en el tema presupuesto.

No importa lo que haya hecho el federado. La verdadera noticia es que el principal opositor al Gobierno (Clarín) había definido Buzzi ya no era funcional para la gran contienda.

Buzzi lo reconoció entrevistado por Magdalena Ruiz Guiñazú en Continental: “La Federación ya no es herramienta de oposición. Acá a los sectores de oposición, si no sos opositor puro no le servís”, reconoció.

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El rol del Estado, el eje que parte a la política y el gremialismo rural

Adictos como somos los argentinos a las ultra simplificaciones, a partir del conflicto de las retenciones móviles se ha venido instalando que son “los Kirchner o el campo”. Blanco o negro, cero o uno, positivo o negativo.

Esta construcción de la realidad es funcional a la política que busca disputarle el poder al gobierno y a cierto espectro del agro que no pude delimitar bien la barrera entre ideología y defensa de los intereses gremiales.

Lamentablemente, y como lo demuestra la realidad en el Congreso de la Nación, no solamente hay una escala de grises entre el blanco y el negro, sino también colores.

Por ejemplo, cuando se analiza la esencia de los proyectos resulta que hay más distancia política entre el socialista Lisandro Viale y el Pro, que entre este y el kirchnerismo, y lo mismo vale para el espectro alfoninista en el Parlamento.

Claro que esto resulta una verdad incómoda y por otro lado poco práctica en términos de desbancar al oficialismo del poder. Pero los hechos así lo muestran.

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El financiamiento del gremialismo rural, otro emergente del conflicto

El fondo que ha salido a anunciar la Mesa de Enlace, con el objeto de sostener económicamente su actividad, permite una cantidad amplia de lecturas. Veamos.

a) Basa el sostenimiento en el productor, que al momento de vender su grano contribuye con el 0,2% de su valor, que será retenido por el comprador. Para un equipo de soja, valuado grosso modo en $28.000, son unos $56 que van al fideicomiso.

No es este un dato menor. La quita de la Carta de Porte a la Federación Agraria dejó al descubierto que buena parte de sus finanzas se sostenían por la cesión que el Estado le había hecho para la prestación de un servicio administrativo. Que el dinero venga del sujeto representado (el productor) otorga muchísimos más grados de libertad a las entidades.

Significa también dejar de apoyarse en contribuciones de empresas y/o instituciones de la cadena agroindustrial, que en determinadas ocasiones pueden tener un conflicto de interés con las entidades de productores. En los Estados Unidos hay organizaciones de farmers que aceptan dinero del agribusiness y otras que no, y tiene que ver básicamente con esto.

b) El sistema es enteramente privado, sin “facilitación” del Estado. Algunos dirigentes han planteado en algún momento de los últimos años -más o menos abiertamente- la necesidad de que la contribución del productor al gremialismo rural fuera de caracter mandatorio, es decir por ley. Esto hubiera generado un sistema cautivo de sostenimiento que no hubiera tenido la legitimidad de este fondo, donde el productor tiene la potestad en cada operación de decidir si quiere o no contribuir.

De todas formas es necesario hacer una salvedad. Por default, el acopio retendrá la contribución. Solo la expresa oposición al descuento hará que no se efectúe. Recuerda a algunos sistemas de débito. Sin embargo, mantiene el carácter voluntario y pasa a actuar como plesbiscito permanente de la gestión de los líderes ruralistas. Una corriente de opinión contraria a la acción de la Mesa se podría reflejar en el aporte.

c) Implica la lógica de la unidad, no solo para la acción, sino para el soporte técnico. Tratándose de temas comunes a la producción, hace tiempo ya que las cuatro entidades tendrían que haber hecho economía de escala y armado un único centro de estudios o think tank, además de contratar a los mejores especialistas en cada área.

Es también una respuesta a la proliferación de fundaciones o tanques de pensamiento que buscan ocupar ese lugar. Se supone que el fideicomiso debería recaudar una masa de aportes lo suficientemente importante que resulte inalcanzable para otras iniciativas privadas.

c) La última y no menos importante: Implica el reconocimiento que la acción gremial no es gratis. El fondo le pone un costo al servicio de la defensa de los intereses, de manera explícita. Así, completa la ecuación con el beneficio, cuyo ratio será juzgado por los aportantes.

Dónde están los riesgos.

Hasta el presente, la unidad de las entidades se sostuvo gracias a la existencia de un enemigo, que hizo todo lo posible para mantenerlas alineadas en su contra.

Por el contrario, las entidades venían de una década, los 90, donde un Estado liberal les había quitado sus reclamos habituales, esto es la intervención en el mercado y la carga fiscal. Los bolsones de protesta se reducían a la Federación Agraria y neo organizaciones como Mujeres en Lucha (ver el trabajo de Mario Lattuada al respecto).

Conseguido un compromiso de la oposición política en el tema retenciones, eliminado el intervencionismo que encarna Moreno y suponiendo una oscilación de la próxima administración hacia posiciones más liberales, ¿qué rol tendría el gremialismo rural? ¿cómo y para qué se utilizarían los fondos? Seguramente, la dirigencia tendrá que mostrar más habilidad en ese momento que ahora.

Otro tema del que por ahora solo se habla cuando se juntan los productores es si no habrá peleas entre las entidades por los fondos, particularmente si estos resultan importantes. Ya hay gente que plantea si es justo que habiendo una entidad más ganadera y  otra más chacarera, los aportes solo provengan de los agricultores.

En síntesis: la dirigencia ha demostrado creatividad para en medio de una crisis generar una solución que los deja en una posición mejorar que la anterior. Sin embargo, deberán demostrar su calidad de gestión para llevar adelante exitosamente el proceso.