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Cómo es la estrategia de Bayer para meterse en el mercado de la genética de soja

Por Javier Preciado Patiño

La compañía alemana es una de las grandes players del agronegocio global. En su último balance (2014) el área de CropSciences facturó 9.500 millones de euros, mostrando un crecimiento de 7,7%, por encima incluso del crecimiento del grupo, que fue de 5,2 por ciento.

Sin embargo, la composición de sus ingresos se encuentra muy inclinada hacia los productos fitosanitarios. De esos 9.500 millones, 7.700 fueron aportados por herbicidas, fungicidas e insecticidas, mientras que solo 1.100 provinieron del rubro genético (semillas). El resto (700 millones) vino de las soluciones ambientales.

Pero sucede que hoy las soluciones a plagas, enfermedades o malezas, provienen de una combinación entre defensivos, genética y biotecnología. Lograr el equilibrio óptimo es lo que están buscando todas las compañías y de hecho el interés de Monsanto por Syngenta tiene que ver con la complementación de sus portfolios, el primero más genético y el segundo más químico.

Así, hace unos años en Bayer, que tienen posición en la genética de algodón, colza y arroz, decidieron ir por dos mercados genéticos más: el trigo y la soja. Y la soja significa el continente americano y particularmente la región sur, ya que entre Brasil, la Argentina y Paraguay se están produciendo más de 160 millones de toneladas de producción anual.

El desembarco arrancó en 2013, con la adquisición de FN Semillas en la Argentina, Granar (Igra) en Paraguay, y cuatro más en Brasil, la última de ellas Cooperativa Central Gaucha, de Rio Grande do Sul. Al mismo tiempo adquirió la compañía de inoculantes argentina Biagro, con lo cual también entra en la oferta de un insumo esencial para el éxito del cultivo. Hay que tener en cuenta que las compañías también se están moviendo para el lado de los biológicos, como lo hizo Monsanto con Novozymes (Nitragin).

Además ha montado estaciones experimentales (en el norte de Buenos Aires y en Tucumán), que se integran a la red global de mejoramiento del cultivo. Para el breeding buscó lo mejor que había en el mercado, como es María Eva González, formada en Nidera y Monsanto, o Marcela Díaz, ex Relmó, para el desarrollo comercial de la genética.

Con esta plataforma, más lo realizado en los EE.UU. con una estrategia similar, Bayer lanzó Credenz, como marca global para su genética de soja. Con esta marca, en la Argentina enfrentará a dos pesos pesados como son Don Mario y Nidera, los líderes del mercado local. También deberá enfrentar a Asgrow, una de las marcas más fuertes en el mundo que Monsanto está relanzando en la Argentina, a partir de la liberación de la tecnología Intacta.

Pero también están en el juego otros obtentores como Syngenta (con la marca SPS), Sursem, Santa Rosa y ACA, mientras que Dow prepara su desembarco y LDC Semillas apuesta al negocio del licenciamiento.

Es que la genética es la base para montar los traits, y ahí aparece la tercera componente en este aposionante juego. Bayer está llevando adelante un fuerte programa de desarrollo, a y su original evento de resistencia a glufosinato de amonio (Liberty Link), le está agregando uno nuevo a los herbicidas del tipo HPPD, como el isoxaflutole.

En este rubro, el de soluciones combinadas de biotecnología y herbicidas para las malezas resistentes, la competencia se avecina más que fuerte. Ahí están Dow con Enlist (glifosato + 2-4D) y Monsanto con Xtend (glifosato + dicamba), pero también está la tecnología de Basf, Cultivance, de resistencia a las imidazolinonas.

Con el desarrollo comercial de Credenz, Bayer lograría posicionarse en este exclusivo grupo que combina la oferta de las dos tecnologías, más un germoplasma propio.

Claro que un elemento clave, considerando el mercado argentino, va a ser la formalidad que se logre en materia de semilla de soja, ya que el actual 15% que representa la semilla fiscalizada sobre el área sembrada total, es un elemento muy negativo para el desarrollo de un mercado serio y competitivo.

Aportes al debate de la ley de semillas: El silencioso trabajo de los fitomejoradores argentinos

 


Por Javier Preciado Patiño

¿Sabía usted que la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres, un organismo público financiado por la cadena agroindustrial tucumana, está cerca de registrar sus primeras variedades de soja en Sudáfrica? ¿O que Asociados Don Mario es la cuarta semillera global de soja por escala de siembra de sus cultivares? ¿O que uno de los principales obtentores de la oleaginosa es una cooperativa, Santa Rosa para ser más específicos?

Cuando el cultivo de soja arrancó en la Argentina, la genética venía en avión desde los Estados Unidos o Brasil. Uno de los pioneros en el mejoramiento local fue Don Julio Ferrarotti, con su Ofpec Rendidora 627 allá por los años 60. Hoy, su hijo Julio lidera el programa de Horus, una de las semilleras más nuevitas que hay en el mercado.

Tal vez el ciudadano de a pie asocia soja con glifosato y con Monsanto, creyendo que esta compañía es la que tiene la sartén por el mango del germoplasma sojero en la Argentina. Nada que ver.

Me he tomado el trabajo de rastrear los programas de mejoramiento de soja que hay en la Argentina, más allá de la escala que tenga, su tecnología, si son globales o locales, antiguos u nuevos. Veamos el resultado.

1.- Asociados Don Mario. Arrancaron en los 80 en Chacabuco. Es una empresa familiar, que se expandió a la región y más allá también y hoy, con más del 30% del área latinoamericana sembrada con sus cultivares es la cuarta en escala global. Y es argentina. Tienen capacidad para hacer 80.000 escaneos diarios de ADN con sus laboratorios de biotecnología en Londrinas y Buenos Aires y han creado su propio software para procesar los datos de las cientos de miles de líneas que testean cada año.

2.- Nidera. Rodolfo Rossi es un ícono del mejoramiento en el país y está directamente asociado con la introducción de la biotecnología en el cultivo. Si bien como trader, Nidera puede ser considerada una multinacional, en materia del programa genético se la puede considerar una nacional, que se ha expandido al mercado regional y ahora planea integrarse en una red global, desde que Nidera fue comprada por la china Cofco.

3.- Santa Rosa. La cooperativa continuó el programa que fuera de FACA, la quebrada Federación Argentina de Cooperativas Agraria. Es uno de los principales obtentores del país y ha crecido muy fuerte en Paraguay. Hoy están preparados para salir con variedades transformados con los principales eventos biotecnológicos por venir.

4.- Bioceres. Los desarrolladores del gen de resistencia a sequía HB4 montaron su propio programa que lidera la ingeniera Mariana Chiozza. Ya registraron sus primeras variedades y van por más.

5.- Sursem. La compañía radicada en Pergamino mantiene activo su programa de mejoramiento, a cargo de Leonardo Milanesi.

6.- Asoc. de Cooperativas Argentinas. La ACA tiene uno de los programas más antiguos del país (data de 1984) y su programa, liderado por Lucas Sala, cuenta con el acceso a la tecnología de marcadores moleculares en su base de Pergamino.

Entre las nacionales también podemos mencionar a Argenetics, en Colón, donde Eliseo Juncos y Marianela Errasti están al frente del programa. También en esa localidad está Semara, de Diego Maranesi, que ya tiene sus primeros cultivares listos para su lanzamiento comercial. Y desde Junín, se prende Agriseed, con su marca BAUP para el Mercosur.

Pero en los últimos años hubo un reverdecer de las semilleras multinacionales. Syngenta, que compró SPS, reactivó su programa de mejoramiento en Venado Tuerto, integrándolo a su red global. Dow, desarrollador de biotecnología con sus eventos Enlist y Conkesta entre otros, también armó su base local del programa global, con Walter Santone a la cabeza. Monsanto introdujo Intacta, y luego de haber adquirido La Tijereta (que tenía su propio programa) se está metiendo en el negocio de la genética con un programa cuya cabeza es Uri Krieger. Por último, Bayer adquirió FN Semillas, un semillero de Salta (Buenos Aires) con el fin de armar su plataforma global de genética sojera, que se integra con el programa de Igra en Paraguay.

Finalmente, en el sector público también hay programas. Decíamos el de la EEA Obispo Colombres que logró las variedades más exitosas para el NOA, que llegó al mercado de Bolivia con su cultivar Munasqa y que ahora le apunta a Sudáfrica. El INTA tiene su centro de mejoramiento en Marcos Juárez, pero ha resignado protagonismo a manos del sector privado. Y en la FCA de Entre Ríos, Diana Fresoli está al frente de un programa enfocada en cultivares convencionales.

Como vemos, hay un trabajo interesante detrás el mejoramiento de la soja. Marcos Quiroga, de Don Mario, me decía que con sus variedades han logrado aumentarle 23% de rinde entre 1998 y 2013, mucha más de lo que agregaría cualquier trait biotecnológico.

A la hora de discutir una reforma de la ley de semillas, habría que tener en cuenta que la labor de mejoramiento está activa y en manos fundamentalmente nacionales. Que las introducciones desde terceros países son ínfimas y que hay mucho conocimiento argentino involucrado en lo que siembran los productores y que este año significan 61 millones de toneladas. Por otra parte, que apenas el 15% de la superficie se siembre con semilla fiscalizada es una cachetada a semejante esfuerzo.

La genética de soja goza de buena salud: la inscripción de cultivares logra nuevo récord en 2013

Por Javier Preciado Patiño

De acuerdo a los registros del Instituto Nacional de Semillas, durante 2013 los mejoradores  pusieron a disposición de los productores argentinos 59 nuevos cultivares de soja.

La novedad ha sido consignada en el primer informe de 2014 de RIA Consultores, que agrega una serie de datos que ponen en perspectiva el logro de la industria semillera local.

a) Se trata de una cifra récord. Lo máximo registrado hasta el presente fueron 48 cultivares en un mismo año.

b) El 97% de lo registrado fue desarrollado en la Argentina. Solo dos variedades fueron introducidas y el origen fue Brasil

c) Ha sido relevante el impacto de la tecnología BtRR2 (Intacta). Se inscribieron 15 cultivares en la primera campaña luego de la liberación de la tecnología.

d) Es un mercado llevado adelante por empresas locales. El principal obtentor es Asociados Don Mario con 24 cultivares, seguido por Nidera con 10. En tercer lugar se ubica la Cooperativa Santa Rosa, una asociación de semilleros multiplicadores, con 7 nuevos cultivares, la misma cifra que la inscripta por FN Semillas, el semillero de Salto recientemente adquirido por Bayer CropSciences. Monsanto, Agseed, y Sursem/Relmó fueron los obtentores que también anotaron cultivares este año. ACA es otro importante desarrollador de genética, pero que este año no anotó nuevos cultivares, al igual que Syngenta.

Es importante destacar algunas consideraciones del citado informe. En los 90 la inscripción promedio fue de 16,2 cultivares por año. Esa cifra saltó en la década siguiente (2000/09) a 31,4, es decir que prácticamente se duplicó. Mientras, en los primeros cuatro años de esta década la inscripción promedio trepó a 44,3 por año, 41% más que en la década precedente.

En lo cualitativo es destacable la expansión de las empresas argentinas a los mercados regionales, incluso el gran mercado brasileño, que ya es prácticamente el primer productor mundial de la oleaginosa. La experiencia de Don Mario en este sentido es un ejemplo de la transnacionalización de una compañía argentina basada en el conocimiento.

Y el mainstream puede traer más satisfacciones aún, como el desarrollo de Bioceres con las sojas resistentes a sequía, que incorporan el trabajo del equipo de Raquel Chan en la UN del Litoral y el apoyo del MINCyT a la iniciativa, otro ejemplo de positiva articulación público privada.

El tsunami tecnológico de la soja se acerca a las costas argentinas

Por Javier Preciado Patiño

Uniendo la náutica con la agronomía, se podría decir que en materia de tecnología agrícola hace ya un tiempo que el viento ha “borneado” y pasado del cuadrante de los fitosanitarios al de la genética y la biotecnología, es decir la semilla.

Uniendo la náutica con la agronomía, se podría decir que en materia de tecnología agrícola hace ya un tiempo que el viento ha “borneado” y pasado del cuadrante de los fitosanitarios al de la genética y la biotecnología, es decir la semilla.

Hay una serie de hechos y novedades relacionados a las acciones de las empresas que lideran este segmento, que terminan abonando la hipótesis y que tiene una especial significación para la Argentina.

En primer término parece que desembarca una era de biotecnología para la soja.

El Gobierno Nacional aprobó la tecnología de resistencia a insectos y glifosato de Monsanto (llamada Intacta) y dos de los principales semilleros del país en obtención de germoplasma de esta especie, Asociados Don Mario y Nidera, ya están inscribiendo ante el Instituto Nacional de Semillas los primeros cultivares I Pro (así se identifica esta tecnología). Todo indica que la tecnología se viene, nomás.

En forma paralela, Dow, una compañía multinacional estadounidense, que amplió su negocio original de fitosanitarios al del germoplasma, pero focalizado en maíz, acaba de anunciar que empieza a operar en el mercado argentino de soja, con dos cultivares licenciados por una empresa argentina.

También ha trascendido el interés de una gran compañía multinacional de agroquímicos en un semillero local dedicado al mejoramiento de la soja, FN Semillas, radicado en la localidad de Salto (Buenos Aires). De concretarse, la novedad tendrá un impacto muy, muy fuerte en este segmento.

Previamente, Syngenta una global de semillas y fitosanitarios, había adquirido la local SPS, tomando el programa de mejoramiento y ocupando una posición en el mercado con esa marca.

También en los últimos años, el fondo Pampa Agribusiness, del ex Monsanto Miguel Potocnik, adquirió sucesivamente los semilleros Relmó (que fue el primero en inscribir una variedad de soja obtenida localmente) y Sursem. Estas empresas hoy constituyen una tentadora plataforma para las grandes compañías globales que quieran entrar en el mercado del tercer productor mundial de la oleaginosa.

Es que el desarrollo de biotecnologías, su incorporación al germoplasma y la interacción con fitosanitarios está empezando a marcar una senda de negocios.

Frontera de por medio, en Brasil, la alemana Basf y el Embrapa desarrollaron una soja transgénica resistente a las imidazolinonas, la Cultivance, tecnología que también ha aprobado la Argentina. La compañía mudó su cuartel central de biotecnología (Plant Science) de Europa a Carolina del Norte (EE.UU.) para “estar más cerca” del relevante mercado americano (norte y sur) y desarrolló junto a Monsanto una tecnología de tolerancia a sequía con el nombre de Drought Gard.

En el lanzamiento de su operación en genética de soja, los líderes de Dow comentaron que están hablando de la plataforma sobre la cual se montarán futuras tecnologías. De hecho, la compañía tiene desarrollada Enlist, la tecnología que combina resistencia a glifosato con 2-4D, desarrollada para solucionar el problema de malezas resistentes al glifosato.

Recientemente, el Aphis (organismo evaluador de los EE.UU. asimilable al Senasa argentino), le dio luz verde a la soja FG72, de Bayer, que suma resistencia a glifosato e isoxaflutole, con un objetivo similar a la Enlist de Dow, es decir, controlar malezas que se escapan al glifosato.

Desde Bayer también se anunció el desarrollo conjunto con Syngenta de una soja tolerante a tres herbicidas, el glufosinato de amonio, el isoxaflutole y el mesotrione. La tecnología denominada MGI se lanzaría entre 2015 y 2020 y actuaría en pinzas con las marcas de herbicidas Callisto, Balance y Liberty.

Monsanto, por su parte, anuncia en su “pipeline”(la cañería tecnológica), que se vienen nuevos traits para resistencia a insectos y enfermedades, entre ellos la roya de la soja, que afecta fuertemente la producción en Brasil y que implica un considerable costo en materia de aplicación de fungicidas.

Si bien el patógeno tiende a mutar en la medida que se interpone una tecnología de protección (en este caso fruto de la ingeniería genética), en principio un trait de resistencia al hongo significará una menor aplicación de fitosanitarios, y así volvemos al comienzo de esta nota: la atracción del negocio sobre el germoplasma (la semilla) en lugar del fitosanitario.

Lógicamente se trata de una tendencia de la industria y no quiere decir que el segmento de los fitosanitario esté terminado ni mucho menos.

Pero es probable que si comparamos en los últimos cinco o diez años, la aprobación de nuevas biotecnologías supere ampliamente en número al lanzamiento de nuevas moléculas.

Por otra parte, es probable también que haya hoy más resistencias sociales y ambientales a los fitosanitarios que a la biotecnología, aunque en esto Europa parece avanzar en los dos frentes en forma paralela.

Pero América del Sur, que es el gigantesco reservorio para la producción de alimentos en las décadas por venir, está dando señales positivas a la incorporación de tecnología a sus agriculturas, en tanto y en cuanto demuestren ser ambiental y sanitariamente inocuas, evaluación que queda a cargo de los Estados.

Ambientalismo extremo, la nueva máscara del colonialismo

Por Javier Preciado Patiño

Definitivamente, escribir en clave políticamente incorrecta es un lujo que muy pocos nos podemos dar.

En esta ocasión (después de criticar al ruralismo y “La Expo”) es el turno del ambientalismo, pero en tanto una herramienta que el europeísmo utiliza para frenar el desarrollo de los pueblos de América, pero ya no desde un estrategia de derecha sino de la infinitamente peor cobertura que otorga el progresismo, donde la supuesta defensa de lo campesino, lo originario o lo biodiverso es la anestesia utilizada para que la amputación de la soberanía no duela.

La sociedad argentina necesita que produzcamos más y que agreguemos más valor de punta a punta de la cadena, porque ahí se genera más riqueza y tenemos más repartir. Y tener más para repartir es soberanía económica.

Si en vez de cosechar 100 millones de toneladas de granos cosechamos 160, aumentamos en esa proporción la Facturación País de la agricultura. Y si producimos localmente todos los insumos y bienes de capital que necesita el agro, y si transformamos todos los granos que cosechamos en proteína animal y energía, de seguro que cuadruplicamos esa cifra.

Pero el lobby ambientalista parece querer ir en dirección contraria. El disparate más grande se está viendo por estos días en el barrio Malvinas Argentinas de Córdoba, con una movida infernal contra la construcción de una planta de producción de semillas de maíz a cargo de la firma Monsanto.

Plantas como estas ya existen en Salto (Buenos Aires), Gahan, Venado Tuerto, Pergamino y otras localidades. Son sencillamente plantas donde se recibe la espiga de maíz en chala, proveniente de los campos de producción, en un extremo y por la otra boca del ducto salen semillas con 70 u 80.000 semillas, listas para ser sembradas.

De hecho Monsanto ya tiene una planta así en Rojas, y tras una reunión con la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner se anunció la inversión de unos $1.500 millones en esta segunda planta más dos estaciones experimentales.

Pero el ambientalismo extremo rápidamente agita cual fantasma las palabras “transgénico” y “Monsanto”, para instalar vía los medios de comunicación un plan siniestro, que en verdad lo único que hace es generar empleo director e indirecto para los cordobeses.

Posiblemente, si la semilla de maíz que utilizaran los chacareros argentinos viniera importada de los Estados Unidos o Europa, estos ambientalistas no dirían absolutamente nada. ¿Para quien juegan, entonces? ¿Prefieren acaso que ese insumo, cuyo costo ronda los 200 dólares por hectárea, contenga trabajo extranjero? ¿Es que no quieren que trabajadores argentinos construyan la planta, que profesionales argentinos trabajen en la planta, que la comunidad participe con trabajo digno en las tareas de recolección y selección de espigas, y/o brindando servicios a los mismos trabajadores?

El segundo disparate consiste en que aunque el Consejo Deliberante de Malvinas Argentinas dio el visto bueno a la inversión (Art. 22 de la Constitución Argentina: el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes), bastó que una asociación de vecinos se arrogue la representatividad de toda la comunidad (que fue la que eligió el Consejo Deliberante que autoriza la obra) para que un juez quiera detenerla bajo el argumento “políticamente correcto” del principio precautorio.

Este es apenas uno de los embates que bajo el supuesto de defender la salud y el ambiente, organizaciones civiles están llevando adelante para frenar el desarrollo de la agroindustria en la Argentina, que es la principal generadora de divisas de nuestra economía. ¿Es que prefieren ver un agro exhausto, incapaz de generar recursos y al gobierno (este o el que sea) golpeando las puertas de los organismos internacionales de financiamiento para tomar deuda?

Por otra parte, es falso que la agricultura argentina sea un peligro para la salud y el ambiente. Los nuevos productos que salen al mercado son de la menor toxicidad posible (banda verde) y los productores ya buscan comprar aquellos identificados como menos peligrosos. Los organismos genéticamente modificados, además de que reducen el empleo de agroquímicos, son sometidos a extensas evaluaciones para asegurar que no tendrán un impacto negativo. Las nuevas tecnologías de siembra directa, manejo por ambientes, agricultura de precisión, etcétera, han mejorado la sustentabilidad de los sistemas agroecológicos como nunca antes. ¿Dónde está el problema entonces?

Pero la clave está en la educación. Una opinión pública que sepa realmente la realidad de nuestra producción agroindustrial, políticos y jueces también conscientes de esta situación, y medios de comunicación actuando con responsabilidad, serían la manera más efectiva de frenar esta escalada que va en contra de los argentinos.

Los tres errores en los que cae el ambientalismo cuando habla contra la soja

Es posible que de acá a un tiempo la cruzada antisoja (con la batalla antiglifosato) forme parte del arcón de los recuerdos, porque la dinámica demográfica mundial es un tsunami que arrasa con todo lo que se le ponga enfrente.

Mientras tanto vale la pena que nos detengamos en tres errores importantes que cometen los nuevos cruzados antisoja cuando hablan en contra del cultivo.

1) Sostienen que la soja es “monsantiana”.

En nuestro país eso no así. La producción de semilla de soja estuvo históricamente (desde los 60) ligadas a empresas locales. La pionera fue Relmó, que recién hace un par de años fue vendida a un fondo de capitales de inversión. Y quienes hoy dominan el mercado son Nidera, que hace todo el proceso de mejoramiento íntegramente en la Argentina, y Asociados Don Mario, un emprendimiento de ingenieros agrónomos en Chacabuco. Es más, en tercer o cuarto lugar se ubica el Criadero Santa Rosa, ¡que es una cooperativa! Por el contrario, en la Argentina, las multis como Monsanto, Pioneer, Syngenta, Dow, etc, prefieren concentrarse en los híbridos que les dejan un mejor margen.

2) Sostienen que la soja RR es el cerrojo de las patentes

Nuevamente aquí no es así. Monsanto, desarrolladora de la tecnología de resistencia a glifosato (RR) no patentó el gen. Durante un tiempo cobró regalías a los semilleros obtentores, a quienes les licenciaba el gen. Pero el de las autógamas no es un mercado fácil en términos de cobrar la propiedad intelectual. Finalmente dejó de cobrarles regalías y buscó la compensación por la vía judicial mediante juicios en Europa sin éxito, como es de público conocimiento. Lógicamente las biotecnológicas (Monsanto, DuPont, Syngenta, etc.) presionan para que cambie el marco jurídico y les asegure el retorno de la tecnología. Pero en lo que respecta a la soja RR, se puede decir que el gen es casi como de dominio público.

3) Sostienen que la sojización es el negocio del Roundup

Nuevamente se confunden, cuando consideran que todo el glifosato que se utiliza en nuestro país corresponde a la marca Roundup, de Monsanto. La patente del glifo en la Argentina expiró hacia fines de los 80, con lo que el herbicida pasó a convertirse en un genérico, lo que quiere decir que cualquiera que cumpla con las normas puede sintetizarlo o formularlo sin pagarle patentes al inventor. Así, cuando en 1996 se liberó la soja RR y fue el boom del cultivo gracias a la combinación de la siembra directa, los chacareros argentinos tuvieron acceso a un glifosato mucho más barato que los farmers estadounidenses, porque acá el principio activo que le ponía un precio al mercado era el de origen chino. Hoy la marca Roundup puede tener entre un 30 o 40% del mercado, en el mejor de los casos. El resto son otras marcas de empresas como Atanor, ACA (las cooperativas), FG Rural, etcétera.

Epílogo

Si a las ONG ligados al movimiento ambientalista y antiglobalización les interesa sacar de circulación más pequeños y medianos productores, lo mejor que pueden hacer es continuar con su cruzada anti soja y anti glifosato.

La razón es que la oleaginosa es el cultivo más barato de hacer en nuestro país, donde lo que no abunda es justamente el crédito, con seguridad de cosecha y una renta interesante. La soja democratiza el acceso a la agricultura.

Pero si lo que quieren es menos productores, entonces adelante con la campaña.

La Persecución Ideológica del Glifosato y Otras Disquisiciones sobre el Ambientalismo

Días atrás ojeaba un proyecto de declaración de dos diputados provinciales en Buenos Aires, expresando su preocupación por las consecuencias que sobre la salud humana pueden tener las aplicaciones de glifosato que las empresas de ferrocarriles realizan en torno a las vías de tren.

En los fundamentos, los bienintencionados legisladores señalaban la movida que venían haciendo varias ONGs del partido de Vicente López para impedir la aplicación del herbicida.

Este hecho, si se quiere minúsculo, es la punta de un iceberg de un frente que, parado en la vereda del ambientalismo y la salud, pide a gritos el fin de los agroquímicos.

Pero antes de entrar en el tema, quiero señalar dos o tres cosas que me llaman profundamente la atención:

1) Si el glifosato es tan peligroso para la gente, que la sola fumigación de los yuyos en las vías del tren representa un riesgo para los vecinos, ¿como es que los contratistas rurales, que manejan los tractores y las fumigadoras, o los mismos ingenieros agrónomos no están ya todos muertos?

2) ¿No deberíamos entonces parar la fumigación contra el mosquito del dengue? Seguramente hay algún estudio científico que dice que el principio activo del insecticida genera mutaciones en el tracto intestinal del embrión de los batracios.

3) ¿Por qué los presuntos efectos nocivos del glifosato sobre la salud ocurren en proporciones escandalosas en determinados lugares, y en otros, donde las condiciones son exactamente iguales, parece que nunca hubo problemas?

4) ¿Por qué la única voz que se escucha es la del ambientalismo, y las cámaras empresarias de la industria de los agroquímicos guarda un extraño silencio, así como las asociaciones profesionales (salvo honrosa excepción) o las mismas entidades de productores? (corrección post publicación: el viernes Ciafa y Casafe salieron a cruzar las denuncias con un comunicado).

5) ¿Quién gana y quién pierde si se prohiben agroquímicos genéricos como el endosulfán o el glifosato?

Vayamos desgranando estas cuestiones.

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