Si tomamos como punto de partida del conflicto agropecuario el momento en que se implementa el peso mínimo de faena, allá por agosto de 2005 (Resolución SAGPyA 645), la conclusión es que este Gobierno quedó atrapado en el laberinto de la carne vacuna, del cual nunca pudo salir, y que se fue propagando sucesivamente al trigo y el maíz, sumando en la carrera el problema de las retenciones.
Por qué la carne resultó ser un callejón sin salida donde se estrelló la política oficial.
Desde siempre, para los gobiernos la carne vacuna es un elemento sensible, por su valoración cultural en la dieta de los argentinos y por ende, por su impacto en el costo de la vida.
Como sociedad, constituimos una rareza global, ya que la mayoría de los pueblos que han accedido a las proteínas animales lo hacen a partir del cerdo y de las aves.
La carne vacuna en esos países es prácticamente una excentricidad o un lujo permitido solo en ocasiones especiales.
Pero por determinadas circunstancias históricas y tecnológicas, los argentinos hemos disfrutado a mansalva de este manjar y lo convertimos en un producto básico de nuestra dieta. Somos capaces de comernos 100 kilos por año, si el precio y la disponibilidad lo permiten.
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