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La industria del trigo ya podría volver a exportar un millón de toneladas de harina

Por Javier Preciado Patiño

Tras la salida de la devaluación, la industria de la molienda de trigo inició un fuerte camino hacia el mercado exterior; así pasó de exportar menos de 400.000 toneladas por año en 2001, a más de un millón a partir de 2008. Con esos números, la Argentina se convirtió en el tercer exportador mundial, un podio rara vez o nunca mencionado en los foros sectoriales.

El trigo, pasado por los bancos de molienda, gana no menos de 50% en valor gracias a este proceso de industrialización, generando más divisas por tonelada exportada y más puestos de trabajo para los argentinos. Se trata, sin duda, de un ejemplo del agregado de valor en origen.

Sin embargo, en 2013, la escasa producción de trigo en la Argentina, llevó al cierre del mercado exportador (tampoco se habla tanto en la prensa de este cepo a la exportación como cuando se trata de la carne vacuna), y del millón de toneladas se cayó a la décima parte.

Esto implicó un traumático proceso para la actividad, que llegó hasta el cierre de plantas, más la pérdida de mercados que había costado años empezar a consolidar, como son los extra Mercosur.

De acuerdo a los datos oficiales del Ministerio de Agricultura, en 2011 se procesó un récord de 6,4 millones de toneladas del cereal, mientras que en 2013, debido al cierre de la exportación, ese volumen cayó a 5 millones. En definitiva, de un extremo a otro en las exportaciones, la diferencia es 1,3 millón de toneladas.

Entrando al tercer mes de 2014, las autoridades nacionales han liberado apenas 50.000 toneladas de harina de trigo. Sobre una producción inicialmente estimada en 9,2 millones de toneladas, pero que podrían ser un poco más, ¿no sería hora de brindarle a la industria molinera ese 1,3 millón de toneladas más, para que pueda recuperar los mercados externos y generar más divisas que con ese mismo volumen exportado como trigo?

La industria molinera tiene un plan estratégico que va de la mano del aumento de la producción nacional, que implicaría pasar a moler 10 millones de toneladas y posicionar a la Argentina como el primer exportador mundial de harina de trigo. La producción nacional podría ser tranquilamente de 20 millones de toneladas, volumen suficiente como para garantizar la mesa de los argentinos, las exportaciones del cereal y las de aquellas con valor agregado.

En once años pasamos de importar alimentos para mascotas a exportar 120.000 toneladas

Por Javier Preciado Patiño

Evidentemente ha habido transformaciones en la agroindustria argentina en los últimos doce años. Y si no, miremos estos números.

En 2001, último año de vigencia de la convertibilidad, se importaron más de 24.000 toneladas de alimentos para mascotas por valor de 15 millones de dólares, en tanto que se exportaron menos de 19.000 toneladas por valor de 10 millones de dólares.
Nuestro país ya producía unas 60 millones de toneladas de grano para ese entonces, a partir de los avances tecnológicos logrados por la agricultura, vale decir siembra directa, nutrición, genética, biotecnología, rotación y protección. Pero a la hora de darles de comer a los perros y gatos de los argentinos y argentinas era necesario recurrir a los alimentos que importaban las grandes compañías globales.
Once años después, las importaciones se habían desplomado a apenas 382 toneladas por poco más de un millón de dólares. En el ínterin, las exportaciones habían trepado -de acuerdo con el informe de RIA Consultores- a 118.000 toneladas por valor de 125 millones de dólares. De esta forma, en algo más de una década, la economía argentina pasó de tener un saldo desfavorable en materia de alimentos para mascotas de u$s5 millones, a uno favorable por u$s124 millones.
En total, 22 países fueron el destino de los alimentos elaborados en plantas argentinas, versus los 6 existentes en 2001.
El principal cliente externo hoy sigue siendo Chile, que acapara el 58% de las ventas. Pero en la lista aparece el prometedor mercado de China, que con compras por 3.600 toneladas ya representa el 3% del total. Uruguay, Paraguay, Perú, Colombia, Brasil, Ecuador y Bolivia suman el 38% de las colocaciones, destacando el rol del mercado latinoamericano para los productos de valor agregado de nuestro país.
Asimismo es relevante cómo progresó -al igual que con los granos- el valor promedio de la tonelada exportada, que pasó de 564 dólares por tonelada en 2001 a 1.056 en 2012.
Un dato por demás interesante surge del listado de plantas autorizadas para exportar a China. Ahí están por un lado las globales Nestlé y Procter & Gamble, con sus plantas en Santo Tomé (Santa Fe)  y Pilar (Buenos Aires), respectivamente. Es importante que de importar hayan pasado a exportar, con las plantas emplazadas en territorio argentino y contratando nuestra mano de obra.
Pero a la par aparecen empresas nacionales que han invertido en agregar valor a la luz de la expansión de la economía. En la lista aparecen Agroindustria Baires, con su planta en Gral. Las Heras, reconocida por su marca Kongo; Molinos Tassara, radicada en Junín, también reconocida por su marca Keiko, y la joven Alican SA, radicada en Alcira Gigena, en el sur de Córdoba.
En todos los casos se trata de inversiones millonarias, que además implicaron la certificación de procesos de calidad con los que se elaboran los productos.
El desarrollo de esta industria significa no sólo la aparición de nuevos jugadores, sino también el emprendedurismo de compañías tradicionales con más de 100 años de existencia, como es Molinos Tassara, que abrió su original negocio de la harina a los alimentos balanceados para animales de producción, primero, y para mascotas, después.
Un informe de la Cámara Argentina de Empresas de Nutrición Animal señala que hay alrededor de 800 empresas registradas para la elaboración de alimentos para animales y que “ha crecido en los últimos 10 años en forma exponencial” con un aumento de 260% en el volumen de consumo de estos alimentos, tanto para la producción comercial como para la hogareña.
Se estima que el mercado interno representa una facturación de más de $1.200 millones, donde compiten las grandes multis con compañías nacionales de primera línea como Molinos Chacabuco (con su marca Raza), Metrive (Sabrositos) y Alimentos Pilar (Tiernitos), entre otros.
En concreto, se trata de un segmento que ha movilizado la inversión, incorporado tecnología y puestos de trabajo, agregado valor a las materias primas rurales y contribuido a mejorar la balanza comercial del país.

La avicultura no detiene su marcha de crecimiento y le sigue agregando valor a la cosecha

Por Javier Preciado Patiño

Hablar de la avicultura argentina no es solo hacer referencia a los pollos que comemos o que exportamos, sino hablar de una actividad que saca los granos de la ruta a los puertos para meterlos en un proceso de transformación que agrega valor y genera empleo.

El año pasado, la faena de pollos trepó a la cifra absolutamente récord de 735 millones de cabezas, con las cuales se produjeron casi 2 millones de tonelada de carne. En los 90, se llegaron a procesar, en el mejor momento (1999) 343 millones de cabezas, que no llega a ser ni la mitad de lo que se produce ahora.

Es más, la debacle que significó la salida de la convertibilidad implicó que esta industria entrara en crisis y que la faena cayera a 261 millones de cabezas. De ahí en adelante, nunca paró de crecer, ni siquiera en los años de crisis externa, gracias a un plan de expansión de la exportación y de un creciente consumo interno.

De hecho, las 735 millones de cabezas faenadas en 2012 significaron un aumento de 8% respecto de 2011.

Y en lo que va del año, las exportaciones siguen firmes hacia arriba. En el primer trimestre enero a marzo, las ventas externas de pollo entero congelado (que es el grueso de las exportaciones cárnicas) treparon a casi 54.000 toneladas, contra 38.440 de igual periodo de 2012, lo que marca un incremento de 40%.

Pero como también hubo una mejora en el precio promedio dela tonelada, que pasó de 1.792 a 1.974 dólares, el total de divisas que le generó la avicultura a la Argentina se disparó de 69 millones de dólares en 2012 a 107 millones en 2013, es decir un 55% más.

Si consideramos que en el primer trimestre de este año la tonelada de maíz en promedio se exportó a 276 dólares y la soja a 500 dólares (datos reales de la Aduana), tenemos que el costo de hacer una tonelada de pollo, en forma grosera es de 1.052 dólares, contra casi el doble que vale el pollo eviscerado, sin contar lo que aporta el valor de los subproductos (garras, plumas, sangre, etc.).

Esta agregación de valor de no menos de 2 a 1 es un activo estratégico que los argentinos tenemos que defender porque significa más trabajo y más generación de riqueza.

¿Cuánto valor agrega la industria del crushing de soja?

Por Javier Preciado Patiño

En los 90 hubo un interesante contrapunto entre el especialista en comercio exterior, Elvio Baldinelli, y el ex titular de la Cámara de la Industria Aceitera, Raúl Padilla, en torno de cuánto valor agrega la gran industria de la molienda (crushing) de soja. Decía Baldinelli: “Desde comienzos del presente siglo (XX) en la Argentina se dice que es necesario incorporar valor agregado a las exportaciones de productos primarios. El punto es válido, pero el ejemplo que con más frecuencia se cita, el del complejo oleaginoso, no presenta ventajas“.

La cuenta que hacía Baldinelli es, en base a los valores FOB de las exportaciones, que el consolidado del aceite y la harina de soja que salen de la moltura del poroto de soja, era como mucho 14% superior al del valor FOB del poroto (como sucedió en 1995) y en algunos años (1996) llegaba a caer al 3% o al 6% (1997).

Pero, ¿qué pasa con esta cuenta hoy?

Si tomamos los datos del pasado mes de setiembre de 2012, tomados de la Aduana, el poroto de soja tuvo un valor FOB declarado ante la Aduana de 581 dólares la tonelada, en promedio. En tanto, la harina de soja tuvo un valor de 541 u$s/t y el del aceite en bruto a granel de 1.151 u$s/tonelada.

Asumiendo que la industria de extracción por solvente logra 19,2% de aceite por tonelada de soja y 80,5% de harina (se asume un 0,3% de mermas), ese mix da un valor promedio de 656 u$s/tonelada. En proporción, el valor agregado de la molienda de soja, si se exporta la harina y el aceite fue de 13% para setiembre de 2012, un valor muy en línea con el que daba Baldinelli en los 90.

Se puede asumir, incluso, que dentro de ese diferencia hay 3 puntos que corresponden al diferencial de derechos de exportación que tributa el poroto de soja (35%) respecto de sus subproductos (32%).

¿Y qué pasa con el biodiésel, producto de la transformación del aceite de soja?

Los datos de la Aduana indican que durante setiembre del presente año el valor FOB promedio declarado por los exportadores fue de 1.163 u$s/tonelada, o sea 12 dólares más que el aceite bruto, lo cual implica un diferencial relativo del 1%.

Elvio Baldinelli señalaba que en los 80 el margen de la molienda llegó a ser negativo, debido a la guerra de subsidios entre los EE.UU. y la Unión Europea. Luego pasó a un leve valor agregado, pero positivo. Hoy, se estaría manteniendo en estos niveles. El experto en comercio exterior señalaba que la gran industria aceitera es intensiva en capital pero baja en mano de obra, es decir que realiza procesos de gran escala con relativamente pocos puestos de trabajo.

¿Por qué una tonelada de galletitas cuesta 5.300 dólares en la góndola y 1.700 para exportación?

Por Javier Preciado Patiño

Hace cosa de un mes publiqué en el blog datos muy contundentes respecto a cómo la industrialización le agrega valor al trigo y así, mientras la tonelada de trigo pan FOB se exportaba en promedio a 250 dólares, la harina 000 lo hacía a 371, el pan rallado a 900 y las galletitas sin sal a 1.687 dólares. Ahí se resumía el efecto de la agregación de valor sobre las materias primas.

Sentí la curiosidad por conocer cómo esos mismos productos llegaban a las góndolas en la ciudad de Buenos Aires. Lo siguiente no constituye un muestreo estadístico pero sí veraz, dado que es lo que cualquier porteño puede pagar cuando va al chino de la esquina o al supermercado a comprar esos productos básicos.

Por ejemplo, la harina 000 en paquete de 1 kg ronda los $3,75 o 3.750 la tonelada. A un tipo de cambio oficial de $4,40 son 852 dólares o el 230% del valor FOB.

Las cosas empeoran con el pan rallado, cuyo paquete de medio kilo puede valer de $5 a 7 según la marca, pongámosle $12 el kilo, lo que haciendo la misma cuenta nos da u$s2.727 la tonelada, el 303% del valor FOB.

La galletita sin sal, básica, puede costar $7 el paquete de 300 gramos, o sea $23.000 la tonelada o su equivalente de 5.300 dólares, valor 314% superior al del FOB.

Poniendo estos precios vis a vis entre exportación y mercado doméstico, tenemos lo siguiente:



Si tomamos como una referencia el valor de los productos de la molinería y la industria alimenticia puestos en el puerto para su exportación, vemos que en el mercado interno está validando precios muy superiores. El kilo de pan rallado, que listo para embarcarse tiene un precio de 90 centavos de dólar, pasa a 2,70 en el mercado interno.  Las galletitas pasan de u$s1,70 a 5,30 entre el puerto y la góndola del supermercado.

¿Se trata de una brecha razonable basada en el costo argentino, o la cadena está “castigando” a nuestros consumidores con márgenes exorbitantes? Difícil de responder, pero es lo mismo que está pasando con la yerba mate donde la brecha entre lo que recibe el productor y lo que paga el consumidor es abismal. Si bien hay una tendencia general a que la participación de la materia prima se licúa cada vez más en el gasto del consumidor, los números del mercado interno argentino parecen un poco exagerados, ¿no?

Sí, la industria de la sidra le agrega valor a la manzana

Por Javier Preciado Patiño

Hay argentinos que parecen anclados en 1910 y llevan en sus entrañas una fobia inexplicable para todo aquello que suene a industrialización. Y para avalar ese rechazo visceral a la transformación de las materias primas del campo con trabajo argentino crean y difunden falacias para tratar de demostrar la superioridad de los productos que la Argentina exportaba en el Centenario por sobre aquellos fruto de la actividad industrial.

La última de ellas es que una manzana fresca tiene más valor que la sidra, que es una derivación de la mejor de todas estas falacias que es la que proclama que un kilo de lomo vale más que un kilo de Audi como máxima metáfora de la superioridad de la Argentina ganadera sobre la Argentina automotriz, como si nuestra sociedad debiera optar por una u otra y no fuera capaz de integrar industria y campo, consumo interno y exportación. En fin…

Pero tratemos de discernir en dónde se genera esta falacia. Efectivamente, un kilo de manzana seleccionada puesta en la mesa de los argentinos puede costar más que una botella sidra, de la misma manera que un kilo de trigo en una dietética cuesta más que un kilo de harina en el supermercado. ¿Deberíamos entonces demoler los molinos e importar harina?

Lo falaz del argumento radica en comparar un producto (la manzana fresca) que no es la materia prima industrial con el producto manufacturado, porque en verdad la industria de la sidra lo que hace es aprovechar el descarte de la cosecha de manzanas que no entra en el circuito del fresco.

Y acá la cosa cambia radicalmente, porque esa manzana de descarte o industrial puede tener un valor de 50 o 70 centavos el kilo, que una vez procesada, agregada el azúcar, agregado el gas carbónico y envasada se transforma en un producto que llega a la mesa de los argentinos a $4 o un poco más también. Y en el ínterin dan trabajo a otros argentinos, que se tendría que buscar otro modo de vida si esta agroindustria no existiera.

Pongamos el caso de la bodega Sidra Cortesía, ubicada en el Valle de Uco (Tunuyán, Mendoza), que muele 2 millones de kilos de manzanas, con los que produce 1,5 millón de litros de sidra y que para ello le da empleo directo a 40 personas, que sostienen a sus familias gracias a la agregación de valor de un producto que no tendría otra aplicación excepto la producción de jugos.

Es decir, la industria, sea la elaboradora de jugo concentrado como la de sidra, lo que hace es valorizar la ecuación del productor, que sufriría un quebranto si no pudiera colocar el 20% de la producción que suele descartarse. O si se lo quiere ver desde otro punto de vista, abarata el valor que paga el consumidor por el producto fresco.

Por eso la sidra, como el jugo concentrado, como la lata de conserva vacuna (a la que se la acaba de bajar los derechos de exportación) son clarísimos ejemplos de un producto de mayor valor agregado que su materia prima. Los abanderados de la primarización de la economía buscan confundir a la opinión pública mezclando la lata de conserva con el lomo o la sidra con la manzana fresca.

Igualmente no son tontos y jamás dirían que una botella de vino Malbec con denominación de origen y una marca reconocida tiene menos valor agregado que la uva que se vende en una frutería. Pero sí se atreven con un producto mucho menos glamuroso como es la sidra y con un sector que por su menor peso económico no les genera ninguna contrariedad, sin importar el efecto que tiene sobre economías regionales como las del Alto Valle del Río Negro, el oasis de Tunuyán o la región de Calingasta en San Juan.

De todos modos ya hay grandes capitales metiéndose en el negocio de la sidra, muy pequeño en la actualidad, con la idea de inyectarle un envión similar al de la cerveza hace 30 años, salvando todas las distancias. Incluso con un segmento de sidras premiun elaboradas con un sistema similar al de la champaña. Capaz que en ese momento sí resulte que la sidra pase a ser mágicamente un producto “de valor agregado”.

Sí se puede: el corte obligatorio con biodiésel empieza a transitar su tercer año y goza de buena salud

Vamos a la cuestión de fondo. Estamos entrando en el tercer año del corte obligatorio con biodiésel y, de acuerdo a las fuentes que operan dentro del negocio, todo marcha dentro de los carriles adecuados.

En 2011 el corte se ubicó por encima del 6% (recordemos que por ley el piso era 5%), en su segundo año de implementación. Para este 2012, la secretaría de Energía fijó un piso de 7%, lo cual involucra más de 1,3 millón de toneladas de biocombustible destinado a la mezcla, sobre una capacidad instalada de 3,2 millones.

Segundo tema importante: Fueron 27 las empresas productoras de biodiésel que firmaron el convenio para abastecimiento del cupo. De ese total, 17 entrarían el perfil de mediana empresa, con menos de 100.000 toneladas de capacidad anual.

Hay algunos ejemplos interesantes dentro de ese grupo. Uno es del la firma entrerriana Héctor Bolzán y Cía., que opera en la siembra de cultivos, el acopio, la molienda de soja, la fabricación de biodiésel y la ovoavicultura. Es un ejemplo clarísimo de agregación de valor en origen, de “industrializar la ruralidad o ruralizar la industria”, como dijo Gustavo Grobocopatel cuando le tocó inaugurar la fábrica de fideos que levantaron en Chivilcoy. 

O está el caso de Aripar Cereales, de Daireaux, que en 2006 se lanzó a construir su planta de biodiésel a partir de aceite de soja, integrando con fierros y mano de obra, la unidad de negocio del acopio.

O Pitey SA, que tiene la planta en Mercedes (San Luis) y está colocando el expeller en el mercado chileno para las industrias avícolas y porcinas. Ojalá pronto seamos los argentinos los que estemos criando estos monogástricos con destino a la exportación en estas regiones extrapampeanas.

En la otra punta están los grandes players globales, como LDC (Dreyfus) o Cargill, o los joint ventures con compañías locales, o los grandes emprendimientos de las aceiteras argentinas líderes, como AGD y Vicentín, o grupos económicos como Eurnekian (Unitec Bio) o  Lucci (Viluco).

El dato es que las 10 grandes tienen el 83% de la capacidad de producción, pero el 53% del cupo para el corte interno. De acuerdo a lo que dicen los mismos empresarios locales, el precio que establece la Secretaría de Energía deja una utilidad razonable y otorga previsiblidad porque se arbitra en valores de mercado.

En síntesis, un negocio generado a partir de una herramienta de política activa, que nació en 2006 y que hoy está dando oportunidades al pequeño y mediano empresariado nacional. Que va por su tercer año consecutivo de ejecución y que puede ser un ejemplo de que cuando los argentinos queremos, podemos.

Signo de los tiempos: Los Grobo ya no aumentan el área en la Argentina e invierten en industrializar el trigo

El lunes 19 Los Grobo estarán inaugurando en la localidad de Chivilcoy una planta de fabricación de pasta seca, que les demandó una inversión de 20 millones de dólares.

Hace once años, esta empresa familiar originaria de Carlos Casares desembarcaba en el negocio de la molienda adquieriendo una planta en la localidad de Bahía Blanca. Los Grobo encontraron que agregarle valor al cereal que producían por medio de la industrialización era también un buen negocio.

Poco después expandieron su operación comprando la tradicional firma Molinos Cánepa en Chivilcoy, alquilando otros dos, y llevando los negocios a Brasil, con la comercialización de harina de trigo argentino.

Hoy, Los Grobo que son el cuarto grupo molinero argentino en volumen y en exportación, anuncian que tras haber invertido 20 millones de dólares están listos para encarar la fabricación comercial de pasta, es decir fideos secos del tipo spaghettis o tallarines, productos conocidos como “pasta larga” y maccarrone entre la pasta corta.

La inversión está preparada para producir unas 1.800 toneladas de pasta por mes, que requerirá aproximadamente un 15% de la producción de harina de trigo del molino Cánepa.

Así la empresa de Casares sigue avanzando en la cadena de valor. Están en la genética de trigo por medio de su participación en Bioceres; siembran, comercializan y exportan el cereal; industrializan el cereal para obtener distintas harinas y subproductos que también vuelcan al mercado interno y externo. Y a partir de ahora utilizan la harina que fabrican para hacer pasta seca, también con destino a ambos mercados.

Son ya tres eslabones en la cadena del cereal donde están operado, pero van por más. Está en carpeta el armado de un molino de trigo candeal (que ya está comprado), para hacer fideos de esta especie de trigo, que logran en el mercado un valor superiores a los elaborados con trigo pan.

El efecto de la industrialización sobre el valor del producto es notable.

Mientras la tonelada de trigo hoy ronda los $700 (debería ser más si se pagara el FAS teórico), la tonelada de harina común se acerca a los 1.000  y el equivalente en pasta arranca  en un piso de 2.500 y puede llegar tranquilamente a $7.000 según tipo de producto, marca, etcétera.

En este sentido, la compañía de Casares marca un rumbo en cuanto a la visión del negocio.

Y acá podemos trazar una separación entre los 90 y la actualidad. Cuando los casarienses comenzaron a ser noticia en los medios especializados, lo eran por la superficie que sembraban. Su “instalación” pasó porque esta gente del sur hacía más de 70.000 hectáreas y porque habían sido innovadores en el negocio de la agricultura en campos alquilado. En los años subsiguientes esa tendencia a vincularlos noticiosamente con el área sembrad continuó.

Hoy, son noticia por el área sembrada en Brasil, no en la Argentina. Aquí lo son porque están invirtiendo en avanzar en la cadena de valor agroindustrial. Y no es casualidad.

Con esta inversión, Los Grobo están creando puestos de trabajo para la comunidad de Chivilcoy. Están moviendo prestadores de servicios, de bienes de capital y de insumos, que no se mueven con la materia prima. Mario Bragachini, del INTA Manfredi, cita el ejemplo de los italianos, que importan trigo y exportan pasta y menciona que producir 10.000 toneladas de trigo genera 14 puestos de trabajo, pero procesar el trigo para hacer fideos genera 315 puestos.

Comunicacionalmente, para algunos sectores, puede resultar muy vistoso que una empresa que el año pasado sembró 100.000 hectáreas este año aumente el 20%, pero en definitivas son hectáreas que otro está dejando de sembrar. Es vestir a un santo para desvestir otro.

Pero levantar una planta industrial, ahí donde no había nada, ¡eso sí es crear riqueza en forma genuina!

Anticipan que habrá una teleconferencia con la Presidenta de la Nación durante la puesta en marcha de la fábrica. 

Posiblemente no faltará el trasnochado al que no le guste esto. Lo que no se dan cuenta es que la agregación de valor debe ser una Política de Estado que trascienda cualquier gobierno y Los Grobo van en esta línea. En los 90 -cuando la Argentina importaba más pollo del que exportaba- la empresa era básicamente una agropecuaria y cerealera. Hoy, cuando el volumen de pollos exportado se ha multiplicado por 11 respecto de 2000, Los Grobo son una compañía agroindustrial que muele y procesa con productos cada vez más sofisticados.

Efecto agroindustrial: La tonelada de galletita exportada vale siete veces más que la de trigo



Les propongo repasar estos números correspondientes a las exportaciones de febrero de 2012. Mientras que el valor FOB de la tonelada de trigo pan se ubicó en 250 dólares, la de harina lo hizo en 371 u$s, la de pan rallado en 900 y la de galletitas sin sal en 1.687 dólares, es decir casi siete veces más que la del grano.

Esto es agregar valor. Y pensar que hay quienes siguen reclamando la vuelta al Granero del Mundo, metáfora del Modelo Agroexportador del Centenario, soñando con que el grano saliendo de la tranquera en dirección a los puertos será suficiente para generar riqueza para los actuales 40 millones de argentinos.

Por el contrario, el Modelo Agroindustrial del Bicentenario debería apuntalar el direccionamiento de los granos hacia las actividades de transformación de primer y segundo escalón emplazadas en nuestro territorio, porque como dice el economista Gabriel Delgado, es la diferencia entre exportar desempleo o trabajo argentino.

Porque cuando vemos los volúmenes, van en exacto orden inverso al del valor. En febrero exportamos 1,25 millón de toneladas de trigo, contra 84.000 de harina, 22 de pan rallado y 19 de galletitas. El mundo no es tonto y prefiere comprarnos la materia prima para darle empleo a sus trabajadores en vez de productos de alto valor agregado con trabajo argentino.

Entonces, ¿por qué hay compatriotas que se empeñan en levantar la bandera de la exportación de materias primas, aduciendo que llevan “agregado de valor global” o “agregado de valor hacia atrás”? ¿O denostan a la agroindustria por “parasitaria” o “subsidiaria”?

En el mejor de los casos podemos incrementar la producción física y mejorar los saldos exportables (en trigo podríamos estar perfectamente en 22 o 24 millones de toneladas), pero en simultáneo también podemos consolidar los mercados para los productos agroindustirales, las Manufacturas de Origen Agropecuario, que involucran dos, tres o siete veces más de valor por tonelada exportada.

Lo complejo de la situación es que nadie se presenta abiertamente como un primarizador de las exportaciones, sino que son sus argumentos o propuestas lo que llevaría al modelo de la Factoría Fotosintética http://blog.infocampo.com.ar/Con-valor-agregado/factoria-fotosintetica-o-agro-con-desarrollo-industrial.html, es decir la de una cadena agroalimentaria local que privilegia la salida de sus granos hacia los puertos, dándole la espalda a los sectores lácteo, porcino, avícola, de los biocombustibles, de la molienda húmeda y seca, de la molienería, etcétera, etcétera.

La agroindustria transformadora de materias primas muestra signos de evolución

La Argentina se encuentra en una de las pocas regiones del mundo con capacidad para aumentar significativamente su producción agraria, lo cual nos convierte en actores necesarios de las décadas por venir.

Desde siempre, pero más ahora, los caminos a seguir son dos: o proveerle al mundo las materias primas para que le agreguen valor y las transformen en los lugares del destino, o apostar a la industrialización interna, con creación de empleo argentino, forzando a los importadores a comprar productos manufacturados, lo cual además mejora la balanza comercial.

El siglo XX nos muestra que el primer camino fue el que primó y que la inercia de la desindustrialización rural se prolongó hasta la crisis de 2001. La mayor paradoja de la convertibilidad fue al mismo tiempo que la Argentina era el segundo exportador mundial de maíz importaba carne aviar desde Brasil. Y la industria avícola local padecía la carencia de un mercado exportador.

Diez años después, algunas cosas van cambiando, aunque tal vez más lento de lo que esperaríamos, posponiendo la explosión de las exportaciones agroindustriales. Veamos.

1) El año pasado culminó con una industrialización récord de soja. Fueron más de 37 millones de toneladas que pasaron por la poderosa industria del crushing.

Pero al mismo tiempo crece la industria pyme de la molienda por extrusión, menos sofisticada, pero que distribuida en el interior productivo se integra a la red de transformación de granos en carnes. Ahí también se están alcanzando sucesivos records.La estadística oficial informa que el volumen fiscalizado de soja molida para alimento balanceado, que podría asociarse a esta categoría agroindustrial, pasó de menos de 260.000 toneladas en 2005 a casi 500.000 en 2011. Si bien es factible que la estadística oficial subestime largamente el procesamiento real, lo relevado es indicativo de una evolución.

2) Otra actividad que batió sus marcas fue la molienda de trigo, con 6,40 millones de toneladas del cereal. En 2005 se fiscalizaban menos de 5 Mt, es decir que se verifica un aumento de 28% en este lapso.

Con un consumo interno de harina estabilizado, el crecimiento de esta agroindustria viene dado por sus exportaciones, que en 2011 volvieron a superar el millón de toneladas de producto, lo que coloca a nuestro país en tercer o cuarto lugar como exportadores mundiales, cabeza a cabeza con el total de la Unión Europea.

De a poco, esta industria va consolidando la presencia del producto argentino en mercados extra Mercosur, como el Caribe y África.

3) También la cadena arrocera avanza colocando productos de alto valor en mercados como Venezuela, Senegal e Irak, y cada vez en mayor cantidad. El cultivo de arroz en la Argentina se está expandiendo más allá de la Mesopotamia y se amplía en Santa Fe y el NEA. Además, el sector cooperativo, con la de Villa Elisa a la cabeza, está liderando este proceso de agregación de valor y conquista de mercados.

4) Otro dato no menor es que la molienda fiscalizada de maíz se ha duplicado desde 2003 y ya supera las 4 millones de toneladas. Si bien el consumo interno de maíz es aún mayor, el dato oficial proveniente de la fiscalización es indicativo de la tendencia.

5) Por otra parte, los estudios sectoriales realizados por consultoras privadas avalan el fenómeno que se está produciendo. Hoy el sector vinculado a la nutrición animal cuenta con unas 700 empresas que emplean a 17.400 trabajadores. El sector ya está exportando por encima del millón de toneladas, por valor de unos u$s380 millones. El sector privado estima una producción cercana a las 15 Mt de alimento balanceado en 2011.

6) La industria avícola ya marca un rumbo, colocando carne fresca por más de 300 millones de dólares, a un valor de la tonelada que triplica el de la soja y quintuplica la de maíz. Dos datos nomás: en 2001 la faena fue de 343 millones de cabeza.En 2011 pasamos los 700 millones. En 2001 se exportaron 41.000 toneladas de productos, algo más de lo que se importaba. En 2011 se pasaron largamente las 300.000 toneladas. Ahí está la clave de la industrialización del agro.

Todo esto no es un tema menor, sino que tiene un fuerte carácter político. La diferencia esencial entre el modelo del siglo XX y el que el país necesita pasa por la integración de producción e industria.

Por eso llama la atención que desde algunos sectores insistan con solicitar medidas que perjudican la exportación de productos de valor agregado, privilegiando la exportación directa del grano tal cual. Si bien hay un reclamo justo en la merma que recibe el productor por su grano, respecto del FAS teórico, no es la solución reclamar que se anule el diferencial de derechos de exportación entre la materia prima y el producto industrializado. De hecho, en la cadena de la soja, la existencia de un diferencial a favor del biodiésel hace que en algunos momentos el productor llegue a recibir un valor por encima del FAS teórico.

La clave, entonces, es profundizar y acelerar el desarrollo agroindustrial, combinando la visión estratégica con medidas de apoyo, tanto en lo financiero, como en el comercio internacional. Esta es la vía incluso para que el productor rural pueda participar de la parte del león de la cadena, integrándose en escala por medio de esquemas asociativos.